El abismo del presente

Magris ha retomado la idea de la inutilidad de vivir la vida siempre postergándola hacia un futuro que nunca llega.
Claudio Magris reinterpreta el mito de Orfeo y Eurídice para reflexionar sobre la vida.
Claudio Magris reinterpreta el mito de Orfeo y Eurídice para reflexionar sobre la vida. (Thomas Lohnes/AFP)

México

Para Arnoldo, Gabriel y César, con gratitud eterna


Uno de los temas centrales de la obra de Claudio Magris, por su propia admisión, lo constituye la obra del filósofo Carlo Michelstaedter, autor del tratado La persuasión y la retórica, tras cuya escritura se suicidó de un disparo en la cabeza, con tan solo 23 años. En concreto, Magris ha retomado la idea de la inutilidad de vivir la vida siempre postergándola hacia un futuro que nunca llega, cuando ya hayamos tenido un buen trabajo, procreado una hermosa familia, comprado una buena casa o cualquiera de los objetivos con los cuales negamos la vida actual en pos de alguna meta postergada, con la esperanza secreta de ya haber vivido lo antes posible.

En primera instancia, su hermoso libro Así que usted comprenderá (Anagrama) parecería tratarse de un tema un tanto opuesto: el recuerdo de un pasado amoroso y el intento desesperado por recuperarlo a como dé lugar. Magris reinterpreta el mito de Orfeo y Eurídice, con ella como narradora, rememorando frente al Presidente de una Casa de Retiro (trasunto del inframundo del cual Orfeo, ahora convertido en escritor en vez de músico, debe rescatarla) el amor tan extraordinario que han vivido, principal argumento para que se le haya concedido la imposible oportunidad de salir de ahí para reunirse nuevamente con su amado, la que pierden cuando él transgrede la orden de no voltear a verla hasta que se encontraran de nuevo en el mundo de los vivos.

A diferencia del mito griego, en donde es la desesperación de contemplarla lo que conduce a Orfeo a perderla para siempre, la Eurídice de Magris se echa la culpa de haberlo llamado a sabiendas de que él no resistiría, con lo que es ella quien sella el destino trágico. ¿Por qué? Porque en última instancia ni siquiera en el inframundo (como alegoría de la pérdida o de la memoria de la pérdida) hay nada por lo cual merezca que sacrifiquemos lo único que sí tenemos, que es la vida presente, incluso con todas sus insuficiencias. Así como ese futuro michelstaedteriano en donde ya conseguimos haber vivido una existencia plena no es sino una quimera que simboliza nuestros miedos al instante actual, la flagelación por la pérdida de un pasado siempre más glorioso, así como el secreto anhelo de poder recuperarlo, reproducen el mecanismo de colocar la vida en otro lado, y es esa idea con la cual no puede Eurídice, pues una vez que se desciende al abismo se constata que, muy en el fondo, en realidad no difiere tanto del absurdo y el sinsentido irremediable que definen la vida en la superficie: “Supongamos, como suponíamos antes, que haya alguien que dirige todo el cotarro, pero ¿quién es y cómo es y cómo está hecho…, por qué tendríamos que saberlo? Las dolencias y los percances que nos han mandado a estos pasillos y a estos valles oscuros, los pequeños incidentes en el corazón o el cerebro, el morbo venenoso de una serpiente o de un tubo del gas no ayudan a comprender mejor este inmenso laberinto del antes y el después, del nunca y el siempre y del yo y el tú y el…”.