ENTREVISTA | POR JESÚS ALEJO SANTIAGO

Ricardo Piglia Novelista

En charla con MILENIO el autor argentino habla de su compromiso con la literatura y de su reciente novela El camino de Ida.

La claridad es la primera responsabilidad del escritor

“Defiendo mucho el espacio de la ficción”.
“Defiendo mucho el espacio de la ficción”. (Especial)

México

Ricardo Piglia (Buenos Aires, 1940) se dice escritor privilegiado, porque logró un reconocimiento entre los lectores que muchos otros autores de gran calidad no han alcanzado. Son palabras que llevan más humildad de lo que se piensa, sobre todo en un autor considerado como una de las cabezas más lúcidas de la literatura hispanoamericana.

Con esos antecedentes llegó a la Feria Internacional del Libro de Oaxaca para presentar su más reciente novela, El camino de Ida (Anagrama, 2013).

¿Cómo vive con el reconocimiento?

Estoy muy agradecido de haber recibido noticias de los lectores. Eso siempre nos ayuda. El momento de trabajo siempre es particular, donde uno intenta encontrar eso que quiere decir y no siempre lo logra, porque estamos en un momento en que la literatura está en cuestión, la novela, la ficción básicamente; hay una suerte de fascinación por los hechos reales que viene por diversas vías, desde el periodismo o una cultura de masas en internet. Yo defiendo mucho el espacio de ficción como muy particular, porque no es ni verdadera ni falsa, pero nos hace pensar en esa relación.

En la vida real tratamos de saber qué cosa es la verdad, pero es importante la lectura de las novelas porque nos crean esa necesidad de decidir, nos da la voluntad de jugar. Lo que trato de hacer en mis novelas es estar a la altura de esa responsabilidad de los escritores de complejizar la relación entre la verdad y la falsedad.

De alguna manera, es una reflexión sobre el significado de la literatura…

Lo primero que percibo es que la figura del escritor no tiene el lugar central que tuvo cuando empecé a escribir, la cual ha sido sustituida por la figura del formador de opinión. Ese lugar más retirado nos ayuda a los escritores a intervenir de una manera más inmediata, a partir de definiciones basadas en lo que uno conoce.

El compromiso del escritor debe surgir del campo propio, de la experiencia que tiene y no puede ser un espacio de generalizaciones; por lo tanto, la figura de los escritores se ha ido modificando a lo largo de los últimos años, y debemos tratar de que estos hechos nos ayuden a todos a pensar de otra manera a la sociedad.

¿Cómo definiría su compromiso con la literatura?

En principio es un compromiso con el lenguaje, con tratar de hallar uno que sirva para desentrañar las oscuridades de los lenguajes sociales que suelen borrar los sentidos. Me parece que estamos obligados a una exigencia de claridad, no en el sentido de la simplificación, sino en decir aquello que intentamos decir de la manera más clara posible, lo cual supone un trabajo estilístico mucho más complejo, porque me parece que nos rodean unos lenguajes sociales donde todo está oscurecido por los clichés, los lenguajes comunes y las falsas simplificaciones. Esa es la primera responsabilidad del escritor.

El género policial es una forma de hurgar en el alma humana…

Captó algo del imaginario colectivo, desde los primeros cuentos de Poe hasta el crecimiento monstruoso del género en el presente, por lo que ha dejado de ser escrito solo en inglés. Se trata de un género que se ha instalado en diversos países, porque ha captado un núcleo del imaginario colectivo; para percibir el funcionamiento de la sociedad hay que mirarla desde el crimen, lo que no es un buen consejo, pero sí una realidad.

¿El camino de Ida recuerda mucho a Donde van a morir los elefantes, de José Donoso?

Claro; incluso, cuando Renzi llega al campus, Ida le dice que las universidades son un refugio y un cementerio; a la vez, éstas se han convertido en un espacio donde la literatura tiene también lugares que antes no tenía. Es cierto que miramos con cierta distancia al mundo académico, no escribimos para este, pero cada vez más los escritores se forman en la universidad y los lectores también viene de ese ámbito. Traté de ironizar sobre esa situación.

Ironiza a partir de que en el ámbito del conocimiento hay también muchos monstruos…

Es como una sociedad cerrada, en la que uno encuentra, como en un laboratorio, muchos elementos que en la sociedad en general están más dispersos:
la competitividad, la venganza, la violencia, los sistemas de justicia legitimados. Esa es una sorpresa, porque uno imagina un mundo de gran cortesía, pero debajo de esa cortesía que muchas veces existe, hay ondas muy turbulentas.

La metáfora fue la idea del profesor muy admirable, experto en Melville, que en el sótano de su casa tiene un tiburón; siempre recuerdo una frase de Norman Mailer: “No se puede ser liberal y freudiano”. Hay que tener en cuenta que esas pasiones oscuras forman parte de la sociedad y no solo esa superficie de buenas maneras.