El ciudadano cúbico

Semáforo.
Semáforo
Semáforo (Shutter Stock)

Ciudad de México

La tecnología no es un recurso inerte: cambia al sujeto y a la historia. Durante muchos siglos, el ánimo de los pueblos requería un conductor, o un responsable de la vox populi. De esa necesidad fueron surgiendo los bandos, luego los partidos; la figura del intelectual surgió para contrarrestarlos. Se supuso responsable de hablar por quienes carecen de voz, y hoy las tecnologías lo han vuelto superfluo: blogs, Twitter, Facebook y demás. Cualquier persona es dueña de su propia voz, su propia opinión, su propio espacio público virtual, o real. Forman redes que salvan vidas y hunden regímenes. Se congregan y son okupas, occupy, las primaveras árabes (y abril es un mes cruel), o movimientos espontáneos, grupos que simplemente se forman en la calle y se aglutinan por indignación, enojo, hartazgo.

No tienen nada que decir, pero tienen razón. Quieren el bien y quieren justicia y libertad, pero desconfían de la naturaleza humana. Están contra el establishment, pero quieren más Estado: nuevas leyes, nuevas instituciones. Han dejado de ser súbditos porque conciben al estado como la maquinaria que debiera generar beneficio, ya no como la organización que debe ser servida. Pero, o no pueden, o no saben concebir la ciudadanía como algo independiente, aparte, del Estado. Pareciera su único interlocutor y el lugar desde el cual se puede actuar.

Estas rebeliones coinciden en un punto con la suposición que tiene todo ciudadano moderno: quien gobierna es corrupto y está movido por intenciones egoístas; busca incrementar su poder. De aquí quedan dos puntos. Uno, muy interesante (del que nos ocuparemos otro día) indica que, como sucede hoy en gran parte del mundo, no importa que los gobiernos sean elegidos, ya no hay modo de reparar la confianza en los gobernantes; la representación está rota, o se rompe en cuanto se accede al cargo de gobierno. La paradoja: queremos gente honesta en el poder, pero el poder no puede sino corromper.

Dos, que esta mentalidad necesariamente produce un juicio de valor: yo, ciudadano común y de a pie, soy moralmente superior a mis corruptos gobernantes. Cosa nueva en la historia: la presuposición de que el ciudadano simple es, de suyo, moralmente superior a su gobernante.

Pero este ciudadano cúbico ha adquirido otra intuición, que cunde cada vez más: el ser humano es culpable ante la naturaleza y está en deuda moral. Es culpable de herir a la Madre Tierra. El ecologismo no es un movimiento solamente político sino la nueva temperatura moral de la especie (y por eso puede ser santo y estúpido, al mismo tiempo).

De modo que, por un lado, tenemos una ciudadanía que se supone moralmente superior a sus gobernantes; por el otro, personas en situación culpígena respecto de la naturaleza. En suma: el sujeto contemporáneo invierte el lugar moral de 20 siglos en Occidente. Para Cicerón, Santo Tomás, o Kant, la persona común debía obediencia al gobernante pero era señor respecto de la naturaleza. Nuestros nuevos indignados no tienen nada qué decir, pero son el signo de un enorme cambio histórico.