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Jueves , 20.09.2018 / 19:38 Hoy

Ciudad invisible

Si bien el uso responsable de la información es algo recomendable para cualquier ciudadano, en el caso de los arquitectos y urbanistas debe ser obligatorio.

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Desde que los habitantes de las metrópolis tenemos acceso ilimitado a las imágenes aéreas de las ciudades gracias a internet, estas fotografías han penetrado profundamente en nuestra conciencia. La realidad de la ciudad no se comprende totalmente desde un plano, solo se vive al nivel de la calle. En un mapa podemos ver las avenidas largas y rectas con sus remates, tal como los diseñadores urbanos las concibieron. Del mismo modo podemos ver los esquemas antiguos, que más se parecen a un plato roto que a la regularidad cartesiana de las ciudades modernas.

Pero ningún plano o fotografía puede reproducir nuestra experiencia física de la ciudad y nuestras vivencias como pobladores. En un mapa no se siente la temperatura, ni se perciben los olores de la ciudad; tampoco es posible percibir en él la sensación de recorrer una calle en bicicleta y ver a los vecinos paseando o hablando entre ellos. Del mismo modo, tampoco la imagen aérea muestra el ruido del tránsito vehicular ni las sombras y colores de los árboles, ni mucho menos su floración primaveral.

La información a nuestra disposición debe ser clasificada y seleccionada cada vez más por nosotros mismos. Es fantástico que tengamos acceso a tantos datos y materiales para evaluar y aproximarnos a la realidad, pero nunca debemos olvidar que la información no puede sustituir a la experiencia.

Si bien el uso responsable de la información es algo recomendable para cualquier ciudadano, en el caso de los arquitectos y urbanistas debe ser obligatorio. Hay demasiados arquitectos que trabajan desde lugares remotos y que no han visitado los sitios donde serán construidos sus proyectos. Seguramente sus colaboradores cuentan con la información suficiente para generar las soluciones adecuadas a los problemas que se les plantean y, en la mayoría de los casos, cuentan con oficinas en el sitio donde se llevan a cabo los proyectos. Pero existe un nivel de implicación que requiere ser mucho más profundo que lo que muestran los estudios y los datos disponibles: el arquitecto y urbanista debe sensibilizarse ante la naturaleza del lugar donde trabaja, y entender los mecanismos derivados del emplazamiento fijo donde realizará su obra, su topografía, su clima, su relación con el ecosistema donde se localiza.

De otro modo es casi imposible que los proyectos arquitectónicos y urbanos tengan éxito y penetren en la identidad de la ciudad. Es lógico que se pida la colaboración de expertos de todo el mundo para proyectos en las grandes ciudades; sin embargo, los profesionales relacionados con dichos proyectos deben adquirir los conocimientos necesarios para que sus obras se integren al tejido urbano y a la historia del lugar, del mismo modo en que lo hacen quienes habitan la ciudad.

Durante los últimos 50 años hemos visto un auge inédito de las grandes firmas internacionales de arquitectos que construyen en casi todos los países del mundo, lo que, sin duda, enriquece el intercambio de ideas y soluciones entre expertos de distintos países, pero también tiene una cara amarga: muchos proyectos que se hacen, por ejemplo, en México, son casi iguales a los que se llevan a cabo en Hong Kong, Dubái o Buenos Aires. Se requiere una actitud crítica frente a todo nuevo proyecto, sin importar el origen y la fama de su autor; de otro modo nos arriesgamos a disminuir significativamente el valor de nuestro patrimonio artístico inmueble.

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