Los cisnes salvajes de Paola Celada

Casta diva
Paola Celada
Paola Celada (Milenio / Juan Carlos Bautista)

Ciudad de México

Cada adulto es un damnificado o un sobreviviente de su propia infancia. Los recuerdos de la infancia son sueños que emigran a la pesadilla, visiones pasajeras.

Es imposible asimilar todo lo que hemos vivido en ese lapso, y vislumbrar si esos hechos fueron reales o los inventamos.

Los niños son mentirosos innatos, a la fantasía de una edad fugaz se suma la invención del que no conoce el mundo, que intenta codificar y comprender la realidad y lo hace con ficciones.

En los siniestros cuentos infantiles decimonónicos las aventuras son dolorosas: a Karen, la niña que baila, le cortan los pies en los Zapatos Rojos de Hans Christian Andersen.

Los padres dejan a sus hijos en el bosque para que las bestias los devoren y se encuentran con una casa de dulces habitada por antropófagos y hornos para cocinarlos.

Estas metáforas desacralizaban a la infancia, describían la vulnerabilidad a la que está expuesto un ser que es ignorante, inocente y débil.

La infancia es así, y los niños, para defenderse, se hacen tan crueles como les sea posible, o aprenden a soportar el paso lento del tiempo hasta que puedan ser otra persona.

Henry James en Otra vuelta de tuerca inventa dos niños hermosos, huérfanos y malvados, establece que son frágiles, pero que están aprendiendo a ser peores que el mundo, y que la belleza está en esa tragedia.

La obra de Paola Celada recrea con barroquismo la infancia, está presente esa vuelta de tuerca y la nostalgia fetichista de algo que se fue. Regresar puede ser doloroso y Paola, para ubicar este estado en una narración visual, usa el recurso de Henry James, lo hace espectral y ambiguo.

Lleva a un bosque a una niña que no vemos, porque tal vez sea ella misma, y pinta su vestido con detalle en un vidrio, en el fondo están los árboles, el vestido flota, se va, la inocencia se quedó entre esas ramas, en la oscuridad de la maleza.

Densos ensambles encapsulados en cajas, saturan el espacio pictórico con talismanes: conchas, encajes, piezas de metal; un espacio casi rococó, un altar para que la inocencia pueda ser ofrendada.

En pequeño o gran formato, estos ensambles tienen como base el dibujo y la pintura, son un proceso de creación minucioso y obsesivo, casi maniaco.

Las niñas en fiestas con joyas, vidrios, cadenas, perlas, o se coronan con auras brillantes, juegos inocentes que estallan en un grito: una niña azul llora, pregunta si es verdad que la vida cambia, una jaula le cuelga del cuello y unos pájaros clavados con agujas posan en su cabeza.

La vida no cambia, nosotros aprendemos a morir poco a poco. A los niños también se les rompe el corazón. Un niño puede morir de desolación y conocer el desamor.

El sobrevalorado amor adulto, el romance de película impide que entendamos las emociones infantiles.

Es dramático vislumbrar las consecuencias de que alguien que sabe tan poco de la vida pueda sentir grandes pasiones y sumergirse en ellas pero así sucede, por eso en la edad adulta mutilamos a los sentimientos, para no regresar a ese tormento.

Las pinturas de Paola Celada toman ese riesgo, son Los cisnes salvajes que regresan a esas emociones y es tal su honestidad que conmueve que se exponga de esa manera, que no tema mostrar su mundo, que se descubra sin pudor.

Cuelga ropones de bautizo que les crecen ramas, espinas y flores, que flotan en un limbo, si el bautismo es purificación, este quedó suspendido, sin un lugar en dónde asirse, como los niños de Henry James que pierden la inocencia sin abandonar su cuerpo infantil.

En un dibujo de gran formato una niña montada sobre un bisonte, los dos comparten esa condición indefensa, en peligro de extinguirse, son cómplices y se cuidan, se defienden.

El dibujo es una de las obstinaciones de Paola, una de tantas, llena cuadernos, como si escribiera un diario de su vida reinventando su propia infancia, buscando eso que perdió en cada página en blanco que violenta con su trazo.

Esta exposición es la casita de dulces de Hansel y Gretel, tiene la belleza terrible de esos cuentos, tiene el horno en el que incineramos los recuerdos y con las cenizas Paola va a crear una nueva pintura, un ensamble más complicado, un dibujo de una niña que grita con los ojos vendados: “¡Acabala!”.

FICHA

Catarsis de Paola Celada

Casa Lamm, hasta el 3 de noviembre del 2013