La memoria del cine

La Hora del Lobo. A Rosina Conde, poeta.
Hora Lobo
Hora Lobo

Ciudad de México

Nos queda de manera muy vaga en la memoria la película que vimos en el Roxy de Huatabampo, al aire libre, en 1952: Río Rojo, Pistoleros al amanecer, Nido de ratas. O Rebelde sin causa y Palabras al viento en el Bujazán de Tijuana. Apenas logramos sintetizar su trama y lo que nos queda es una emoción. Sin embargo, la percepción de la memoria y de su funcionamiento que han tenido algunos cineastas resulta más interesante y sutil que la de nosotros, simples espectadores.

Luis Buñuel y Andrei Tarkovski son de los directores que hablan de la memoria como Marcel Proust en su novela magistral o Jorge Luis Borges, quien previó y predijo lo que le neurobiología moderna nos revela ahora sobre los equívocos y el desvanecimiento paulatino de la memoria.

A Buñuel lo impulsó a dictar sus memorias el hecho de que su madre estaba perdiendo la memoria. Ya no lo reconocía. Y así lo cuenta —o lo recuerda— en Mi último suspiro, que dictó a su guionista Jean-Claude Carrière. Poco a poco se van escapando algunos nombres, hay palabras que no vuelven para nombrar ideas u objetos. Lo más terrible es cuando uno no alcanza a recordar quién es uno mismo: estar vivo y no reconocerte, haber olvidado quién eres. Luis Buñuel no quería perder la memoria como su madre y se puso a fijar, y a dejarnos, sus recuerdos en las páginas de un libro:

“Hay que haber empezado a perder la memoria, aunque sea solo a retazos, para darse cuenta de que esta memoria es lo que constituye toda nuestra vida. Una vida sin memoria no sería vida, como una inteligencia sin posibilidad de expresarse no sería inteligencia. Nuestra memoria es nuestra coherencia, nuestra razón, nuestra acción, nuestro sentimiento. Sin ella no somos nada”.

Dice también Buñuel que a veces a la memoria la invaden la imaginación y el ensueño y acabamos por hacer una verdad de nuestra mentira. Pero sin esa ficción de la memoria no hubieran sido posibles obras narrativas como Los olvidados o Bella de día. A la postre, Mi último suspiro viene a cumplir con lo que se proponen todos los libros: conjurar la despiadada ola del olvido y preservar la memoria.

Otro gran director de cine, el ruso Andrei Tarkovski, razona como un poeta lo que para él es la memoria. Su libro se titula Esculpir el tiempo porque “el tiempo y la memoria se fusionan entre sí”. Son como las dos caras de una misma moneda. No podría existir la memoria sin el tiempo. La memoria, según el cineasta, es un concepto espiritual. Basta que un niño nos haga el recuento de sus recuerdos para que tengamos el completo retrato de su persona.

“Privada de la memoria, una persona queda prisionera en una existencia ilusoria, fuera del tiempo, queda impotente para vincularse con el mundo exterior. En otras palabras, queda condenada a la locura”. En el caso de la demencia senil poco a poco va desapareciendo la persona (que es su memoria) y, más adelante, el organismo biológico.

Esa memoria siembra en el hombre, como ser moral que es, según Tarkovski, la insatisfacción.

“La memoria nos hace vulnerables y nos deja expuestos al dolor”.