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Miércoles , 26.09.2018 / 01:34 Hoy

Cinco ridículas mentiras del español que no debemos creer

Durante muchos años nos han dicho que hay cosas incorrectas al hablar, o que decimos mal ciertas frases, pero en algunos casos es completamente falso.

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Durante mucho tiempo, los exquisitos de la lengua han extendido mitos que se nos han colado en el ADN, pero aún estamos a tiempo de defender la forma en que hablamos español.

Aquí algunas razones para responder a los policías del lenguaje.

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1. Si no está en el diccionario, no existe o es incorrecto usarlo

Empecemos por decir que ningún diccionario reúne todas las palabras de una lengua. Aunque comúnmente tomamos el de la Real Academia Española como referencia incondicional —les recomiendo consultar el Diccionario del Español en México (DEM) de vez en cuando—, muchas palabras usadas, por ejemplo, en Latinoamérica no aparecen en él. Esto no significa que sea incorrecto usarlas, pues cada comunidad de hablantes emplea las palabras que necesita para facilitar su comunicación cotidiana.

Por ejemplo, la palabra guajolota no está en el DRAE, pero eso no significa que nos privaremos de llamarle así a esa delicia, mucho menos que dejaremos de comerla. Así la conocemos, así nos entendemos los mexicanos. Por esa simple razón ya es correcto usarla.


2. Está mal pedir un vaso de agua

Una vez, un petulante que no quiero evidenciar me dijo con desdén burlón que debería avergonzarme de pedir un vaso de agua. "¿A poco el vaso está hecho de agua? —me dijo— Lo que tú quieres es un vaso con agua". Después de voltearle los ojos, le expliqué que en español ese de no alude al material del que está hecho el vaso, sino la medida que pedí, la cantidad específica, una parte del total de agua disponible. Lo que este policía de la lengua me estaba proponiendo era una ultracorrección.


3. La hache siempre es muda

Aunque su maestra de segundo de primaria los haya puesto a hacer planas como las de Meade sobre esta falsa aseveración, sabemos que nuestro español incorpora palabras en las que la hache es muy sonora. En algunas zonas de España y América incluso se conserva la h aspirada (que tiende a sonar como una jota, aunque no llega a serlo). Por supuesto, también tenemos préstamos lingüísticos en los que la h debe sonar sí o sí: Hawái, hámster, Hulk.

También podemos citar a Eduardo Casar y su "cura" a la mudez de la h: "Ahora que soy doctor, descubrí una forma para curarle lo mudo a la h. Le pones un c adelante y suena chido".

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4.Las mayúsculas no se acentúan

Ésta es, quizá, una de las malas costumbres más extendidas, sobre todo entre las generaciones previas al auge de las computadoras. El mito creció endemoniadamente porque en las antiguas imprentas resultaba complicado acentuar las mayúsculas por cuestiones de espacio, pero se trataba de una dificultad técnica, relativa a la mecánica de los artefactos. Sin embargo, hubo quien se atrevió a decir que se trataba de un designio de la RAE. Es falso, las reglas de acentuación se aplican a mayúsculas y minúsculas de igual manera, que nadie se atreva a decir lo contrario.


5. Pedir y dar disculpas

Si aplicamos el mismo criterio del punto 1, a estas alturas ambas son correctas. Pero no siempre fue así y la historia de cómo llegamos a este momento es interesante.

Disculpa es un sustantivo que significa "la razón que se da para exculparse de algo". Como verbo, disculpar tiene dos acepciones: "dar pruebas que descarguen de una culpa o delito" y "perdonar las faltas que otro comete", según anota José G. Moreno de Alba en sus Minucias del lenguaje.

Por eso podría parecer ilógico que el culpable pida disculpas, pues él no debe darlas, sino recibirlas. Sin embargo, un fenómeno lingüístico conocido como "cruce de palabras" ha hecho que la expresión cobre un nuevo sentido.

Una frase común es "pedir perdón"; y es recurrente que perdón y disculpa se consideren sinónimos, puesto que aluden a acciones similares. Aunque originalmente el perdón es una acción ejecutada por el ofendido y las disculpas son proporcionadas por el ofensor, el uso actual de la expresión nos permite pedir o dar disculpas, sin sentirnos pecadores de la lengua.


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