El futuro de Chespirito

Archivo hache.
El chavo del 8.
El chavo del 8. (Especial)

Ciudad de México

¿Qué leyes regían al mundo imaginario de Chespirito?

Los personajes de Chespirito tienen en común un desajuste entre lo que quieren y lo que consiguen. Su comedia reside en ser equívocos. Son sin–querer–queriendo, chispoteo, chanfle o chiripiorca.

Todos ahí siempre la están “regando”. Desde el Chavo hasta Chómpiras cada uno es un Chin… permanente. Su menesterosidad los hace entrañables.

Estos seres existen al borde de la precariedad. Es un universo de pobreza y subdesarrollo justo en el límite de volverse humillante. El humor salva a este mundo de la indignidad. Esa salvación es el alimento imaginario de Chespirito.

Chespirito trata de cómo sobrevivir infantilmente en un mundo de miseria. Por eso su humor no es hilarante; es un alivio, sostenido por frases mil veces repetidas, que ya agotaron su efecto cómico pero que siguen consolando.

Con la muerte de Chespirito miles mostraron rabia contra su función política dentro de la dictadura perfecta.

A Chespirito se le ama todavía pero cada vez se le desprecia más.

Primero Chespirito es un recuerdo infantil, un amigo mediático —un cuate como Chabelo— y luego puede ser la experiencia del desengaño de que ese amigo no solo ayudaba a sonreír dentro de la disfuncionalidad social sino que también era cómplice de conseguir que los niños se integraran a Los Jodidos. Amarán ser Chavos del Ocho.

Es comprensible que en 2014 la despedida popular hacia Chespirito haya sido agridulce. Chespirito significa manipulación e ignominia para millones. Y (callado) coraje de haberlo tenido en su vida y escuchar que deben agradecerle ser de lo mejor de su infancia.

Amar u odiar a Chespirito depende de qué sintamos ahora de aquella sobrevivencia.

Chespirito ayudó a sobrevivir una época, a mantener una vida jodida que amenazaba volverse más jodida todavía. Chespirito era la risa balsámica y sumisa dentro de la Crisis.

Paulatinamente esa sobrevivencia retransmitida, ese límite, esa torta de jamón, ese corazón de Chapulín Colorado, se desgastaron. Chespirito fue perdiendo su función de alivio. A “Síganme los buenos” ya no todos respondieron. En el mejor de los casos, Chespirito devino humor anacrónico y tercermundista; en el peor, humor para atontar prole.

Quien comprenda por qué ese humor elemental fue tan popular, comprenderá también por qué al morir Chespirito había perdido tantos amigos.

El futuro de Chespirito es gris. Intentarán su envejecimiento las empresas del entretenimiento que lucran con su repetición. Pero nadie puede negar que Chespirito ya es masivamente identificado como un comediante coludido con el gobierno.

Chespirito hoy es un símbolo de inocencia infantil y desengaño político, de sobrevivencia y rechazo, de vieja amistad y ruptura por deslealtad.

De aquí hasta su olvido, el Chavo no cesará de mirarnos (escondido) en su barril.