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Martes , 25.09.2018 / 08:24 Hoy

Chávez y De la Hoya a tres caídas

“Sólo los grandes tienen el privilegio de dejar de serlo”, escribe el experto Eduardo Lamazón en el epílogo de La gloria también golpea: De la Hoya-Chávez (1), libro del escritor Alejandro Toledo, que en estos días pondrá en circulación

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EN ESTA ESQUINA…

“Me siento bien, estoy contento. Esta pelea llega en el momento preciso de mi carrera. Estoy tranquilo. Mucha gente piensa que voy a perder, que ya no soy el mismo. Voy a demostrar que todavía estoy muy bien”.

En la ventanilla se observa, abajo, una alfombra blanca de nubes, paisaje que acompañará a Julio César los 50 minutos de vuelo de San Antonio a Dallas. Al frente un monitor va siguiendo el itinerario: en un mapa aparece un avioncito que avanza entre montañas. [OBJECT]

—¿Has pensado en la posibilidad de la derrota?

—Claro. Se gana y se pierde. Uno se prepara para ganar, pero...

A partir de este día, Lino y Molleda se alternan como fotógrafo y camarógrafo con cámaras adquiridas en algún mall de San Antonio. Es a pedido de Julio César: aunque se le vea malhumorado quiere guardar en el recuerdo este viaje. En el fondo, parece que disfruta la caravana promocional de la que es el eje. A ratos Lino y Molleda sacan sus cámaras y dirigen los objetivos hacia el jefe.

—¿Sigues teniendo deudas con Don King?

—Le debo porque él me adelantaba de las peleas, no por otra cosa. Y me adelantaba para que no rompiera con él...

—Alguna vez te referiste a Don King como tu papá...

—Le tengo un gran aprecio. Duramos juntos muchos años, pero el rompimiento se dio... Él tuvo la culpa, por el fraude que hizo. Yo tuve que decir la verdad.

—Y él se sintió traicionado.

—Pero si yo no sabía nada de esa chingadera... Ya no quiero hablar de eso, no quiero hablar de Don King.

—¿Cómo es el trato con Bob Arum? ¿Es distinto?

—Don King y Bob Arum son diferentes. Estoy contento con Arum porque me ha tratado muy bien. Aquí me siento más liberado, más a gusto.

—Al parecer esta pelea fue propuesta por De la Hoya...

—No sé si la idea vino de ellos, el caso es que la pelea se dio.

—Él quiso pelear contigo, lo asume como un reto...

—Pues sí, y además del reto hay mucho dinero.

—Dinero que sólo obtendría peleando con una figura...

—Se lo merece. De otras formas, él también ha sobresalido. Es buen muchacho, me cae muy bien.

—¿Por qué la gente cree que va a ganar De la Hoya?

—Yo no sé qué gente, mano. Serán los apostadores. Va a ser duro para él: si me gana, muchos no lo van a querer.

—¿Por qué?

—Yo nomás digo.

Y EN ESTA OTRA…

Sin pregunta previa, me dice de pronto Óscar de la Hoya:

—Todavía recuerdo mi primera pelea.

Estamos en el restaurante Nola, en la calle St. Louis de Nueva Orleans. De la Hoya se despacha un buen corte de carne, ante la aprobación de su preparador físico y dietista Andy Shumway. Es la novena ciudad que se visita, y el cuarto día del viaje mágico y misterioso hacia la gloria máxima, el Súper Tazón del boxeo (las frases son de Bob Arum).

La conversación fluye naturalmente. Para que el Chico de Oro del Este de Los Ángeles siga el cuento, sólo hay que mostrar un poco de interés.

—Fue en el Pico Rivera Sports Club, en 1980. Yo tenía siete años de edad. Pelee contra alguien del lugar, no recuerdo el nombre, y lo paré en el primer round. Sí, esa fue la primera. Me acuerdo que no tenía botas para pelear, ni calzoncillos ni nada. Entonces también boxeaba mi hermano Joel, que es dos años más grande que yo, y me prestó sus botas: me quedaban muy grandes, me sobraban en las puntas como diez centímetros. Los calzoncillos me llegaban abajo de las rodillas. Los guantes cubrían todo el brazo. Pero al otro niño lo paré en el primer round, comenzó a llorar, se rindió...

De la Hoya entrenaba entonces en el Ayúdate, en el cruce de Olympic y Atlantic, gimnasio al que después cambiaron el nombre por Eddie Herrera, en memoria de un niño boxeador que murió de leucemia. Acudían al Ayúdate más de cuarenta pequeños, vigilados por Joe Mijares. De ahí saldría Paul González, medallista olímpico en Los Ángeles 1984, que fue héroe del Este de Los Ángeles, el Óscar de la Hoya de esos años.

—¿Se vivía fuerte la pobreza en tu casa?

—Sí, batallábamos para tener comida en la mesa. Es que mi papá trabajaba mucho y tenía su vicio de los caballitos, apostaba en el hipódromo.

La infancia de Óscar tuvo el contraste de una figura materna positiva, y una presencia paterna negativa (“Mi padre era muy viejero”). Su mamá lo impulsó para que se aventurara en el boxeo. “A ella le encantaba verme en el ring. Cualquier otra madre estaría preocupada porque su hijo se metiera al boxeo, a ella le gustó”, dice.

El gimnasio era además un refugio, una protección hacia otras influencias: los cholos, las gangas, las drogas, el alcohol...

—¿Cómo evitaste ese ambiente de violencia?

—Con el soporte de la familia. Mi mamá siempre me decía: haz esto, o no hagas esto, eso está bien, eso está mal... Ella me ayudó mucho.

Con ese triunfo en el Pico Rivera Sports Club consiguió su primer trofeo. “Estaba yo muy contento. Y seguí entrenando, todos los días. Peleábamos cada fin de semana en diferentes clubes”.

Los triunfos de Óscar de la Hoya continuaron. A la vez, en silencio, su madre sufría un cáncer que la llevaría a la muerte. “Nunca nos dijo que estaba enferma. Al menos yo, lo supe unas semanas antes de que falleciera. Fue después de unos Juegos de la Amistad, que gané. Esto en 1991, en Seattle. Ella me acompañó”.

Dos semanas después de ese torneo, Óscar entrenaba cuando le avisaron que su madre estaba en el hospital y quería reunir a sus hijos.

—No quise decirte de mi enfermedad para que siguieras boxeando —fueron sus palabras.

Ella tenía el sueño de que su hijo fuera a las Olimpiadas y ganara una medalla.

—La muerte de ella te deprimió...

—Sí, me afectó. Dejé de boxear quizá una semana. Luego pensé que eso no era lo que ella querría. Volví a entrenar, fui seleccionado...

Tuvo 235 peleas como amateur. Cuatro veces fue derrotado. La pelea que más recuerda ocurrió un año antes de la Olimpiada de Barcelona en 1992, cuando perdió con el alemán Marco Rudolph. “Me ganó en un campeonato mundial. Era mi primera derrota como en seis años. No lo puedo olvidar porque en España volví a enfrentarme con él, para definir la medalla de oro. Y gané”.

—¿Fue todo tan sencillo?

—No, fue difícil. Mi mayor motivación era pensar en mi madre: tenía que ganar. Yo subí al ring preocupado, con miedo de que me fuera a quitar mi sueño. Y no: lo tumbé en el segundo round, le gané bien. Fue la única medalla de Estados Unidos en boxeo, pues arrasaron los cubanos.

El regreso a Los Ángeles fue espectacular. “La gente quería estar conmigo, los periodistas me buscaban. Bloquearon las calles alrededor de mi casa. Se hizo fiesta grande. Esperé a que todo se calmara. Fui a la tumba de mi madre, recé un poco, estuve con ella. En su tumba está la medalla”.

Su madre se llamaba Cecilia González. Nació en Sonora. Llegó a los diez años de edad a Los Ángeles. Ella cantaba.

Con la visita a la tumba terminará, quizá, la película Óscar de la Hoya.

—¿Y no vas a contar tu historia como peleador profesional?

—Esa va a ser la segunda parte, es como Rocky.

—¿El final será la pelea con Julio César?

—Tal vez.

PERO NO REVUELTOS

“¿Por qué un piso para los dos? Si viajamos juntos pero no somos novios”.

El reclamo de Julio César Chávez parecía en broma, pero no... Asignaron a Chávez y Óscar de la Hoya el piso 12 del Caesars Palace, en Atlantic City: dos recámaras y una sala común, con mesa de billar. La estancia en esa ciudad duraría sólo tres horas.

—El espacio es para los dos, pero Óscar va a descansar en su cuarto. Aquí pueden estar ustedes —explicaba Debbie, asistente de Bob Arum, para tranquilizar al superligero.

—Why? —preguntaba Julio César, medio en serio y medio en serio.

—Son sólo tres horas.

—Tres horas o diez minutos, ¿por qué?

En su recámara De la Hoya se daba cuenta del enojo de su rival. Y a los pocos minutos salió con todo su grupo hacia el elevador.

—Óscar ya no va a estar aquí —aclaró Debbie.

—Vamos a los dados —dijo Roberto Alcázar, en paso acelerado.

Chávez, taco en mano, tomó posesión del piso y quedó contento por haberse impuesto al Chico de Oro.

Para tranquilizar todavía más a Chávez, entró a los diez o quince minutos Lee Samuels, también colaborador de Bob Arum:

—Óscar está ya en otro piso —y entregó las llaves de cada uno de los cuartos.

Es lugar de apostadores, aún en pisos compartidos cada cual se encierra, y guarda bien su dinero en cajas de seguridad personales. La llegada a la zona hotelera de la ciudad del Atlántico fue espectacular por la atención que despertaron las limusinas, los numerosos guardias asignados para los boxeadores y el recibimiento con Julio César y Cleopatra.

—¡Ave, César! —dijo al paso Chávez a su homónimo en disfraz romano.

Luego, César y Cleopatra siguieron al grupo por el recibidor, los cajeros automáticos para surtir a los perdedizos de más cash, las maquinitas de cuartos de dólar, y el elevador: el primer viaje fue para Chávez y su grupo; el segundo para Óscar y su grupo. Viajan juntos, pero viven separados. El conflicto inició cuando se encontraron Chávez y De la Hoya en el mismo piso, y los mismos cuartos. Vecinos distantes. Se pueden tener respeto, pero no por eso se van a querer.

Julio César y Cleopatra presintieron guerra, y corrieron hacia Roma.

Dos veces pelearon Chávez y De la Hoya y dos veces ganó este último. Del primer enfrentamiento dice Lamazón:

“La noche de Las Vegas fue el fin de una época, y tal vez, el comienzo de otra. La dramática y breve historia de una pelea que no fue pelea. El ensangrentado ocaso del reinado de Julio César Chávez que no logró perder peleando ni pelear perdiendo. El desafortunado adiós de un gigante que no pudo, como los árboles de Casona, morir de pie”.

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