El cerebro de Pérez Gay

Entre sus obras destacan Nos acompañan los muertos (2009), El corazón es un gitano (2010), El cerebro de mi hermano (Seix Barral, México, 2013), entre otros.
El cerebro de mi hermano
El cerebro de mi hermano (Especial)

Ciudad de México

Dirán muchos lectores, y dirán bien, que hace pocos años Rafael Pérez Gay, un narrador que ya tenía una muy encomiable  trayectoria, encontró una veta literaria de esas que le dan un vuelco positivo a una obra, que marcan, valga el lugarazo común, un punto y aparte. Es la veta llamémosla familiar, la que da sus primeros frutos en Nos acompañan los muertos (2009), una novela sobre los padres y su ausencia que se deja caer con una fuerza terrible y conmovedora sobre el espíritu del lector más curtido; encuentra un tono ideal, adictivo, en El corazón es un gitano(2010), un libro no suficientemente atendido de crónicas cotidianas que son cuentos, que son memorias, que son por momentos casi ensayos, teñido de humor, en especial de voluntad autoirónica; y sale del horno con El cerebro de mi hermano (Seix Barral, México, 2013) un desafío mayor para cualquier escritor que Pérez Gay, la verdad, supera con bordado fino.

Y es que la veta está ahí, pero no cualquiera puede explotarla como es debido. El recuento personal, sobre todo ese que se sitúa en la dura zona de encuentro entre la familia y la muerte, exige una capacidad extraordinaria para mantener el equilibrio entre la emotividad y la contención, entre la tristeza y el humor, a riesgo de despeñarse en la frivolidad, la sensiblería o un mar de lugares comunes. Pérez Gay consiguió ese difícil equilibrio en los dos primeros libros, con diferentes proporciones de ironía y sustancia melancólica —El corazón es un gitano pisa francamente territorios ibargüengoitianos—, pero en este último se superó. El cerebro de mi hermano apareció al final de 2013, lo que significa que fue escrito con la muerte de José María Pérez Gay, el hermano del título, muy reciente. Se diría que un libro de esta naturaleza requiere de un tiempo de maduración, que conviene dejar que las heridas cierren. La evidencia de que no es así está a la mano. Dejar atrás los sentimientos en carne viva puede y suele ser una buena estrategia, pero alimentarse de ellos, procesarlos, sacarles provecho, es una apuesta de alto riesgo y que en esa medida puede acarrear ganancias importantes.

Las ganancias radican en el balance del libro, ese juego de contrapuntos entre lo dulce y lo ácido, pero también en la riqueza de temas y acercamientos que lo distingue. El cerebro de mi hermano es una semblanza de José María Pérez Gay, un diplomático, profesor, traductor y, al final de su vida, un hombre político, pero sobre todo un escritor de abundante producción y variados intereses que van del genocidio, particularmente del camboyano, que revisó en El príncipe y los guerrilleros, a Goethe, a Elias Canetti, a Hermann Broch, a Stefan Zweig, a Freud, a Wittgenstein y en general a la Viena del primer tercio del siglo XX, que abordó en El imperio perdido tiempo antes de que leer esas literaturas se volviera de nuevo un hábito para los lectores de lengua española. Pero es, incluso en mayor medida, una reflexión sobre la enfermedad, la muerte y sobre todo el abandono de la conciencia, el borramiento del yo, es decir, un libro más próximo a la literatura médica y tanatológica, tan escasa en México y tan bien explorada, por ejemplo, por William Styron en los Estados Unidos y Héctor Abad Faciolince en Colombia.

El cerebro de mi hermano es entonces algo francamente atípico. Lo es también porque, frente a la abundante literatura sobre el padre y la madre, la literatura sobre hermanos es poca. Pérez Gay aporta a la lista un título irreprochable que probablemente se recordará, también, por su carga crítica, otro rasgo inusual en testimonios de esta naturaleza. Estamos, sin duda, ante una obra impregnada de admiración y cariño. Pero las virtudes suelen brillar más por contraste, y el autor lo entiende bien. El José María que protagoniza este libro es el que incurrió alguna vez en el plagio y sobre todo el que se abandonó a la militancia obradorista. Su hermano optó por no obviar estos deslices, y acertó de nuevo.

El libro habla del cerebro de José María, pero, en la medida en que escribimos con el cerebro, sobre todo habla del de Rafael, y habla muy bien.