Bioy Casares: centenario de un escritor en la sombra

El argentino fallecido en 1999 mantuvo una estrecha amistad, reflejada en su correspondencia, con Alfonso Reyes y Elena Garro.
En 1990 obtuvo el Premio Cervantes y, poco después, el Alfonso Reyes.
En 1990 obtuvo el Premio Cervantes y, poco después, el Alfonso Reyes. (Marcel Mochet/AFP)

México

Nada sencillo fue para Adolfo Bioy Casares ser él mismo: en vida a la sombra de Jorge Luis Borges, con quien compartió alrededor de cuatro décadas de amistad; en 2014 se conmemora el centenario de su nacimiento, el mismo año de personajes como Octavio Paz y su compatriota Julio Cortázar.

En el diario La Nación, Silvia Hopenhayn, autora del libro ¿Lo leíste?, recuerda un cuento de Bioy que pareció convertirse en su destino: “El lado de la sombra”. Y quizás eso se remarque con el hecho de que quizás el que sea su libro más vendido haya sido Borges, que recupera las décadas de amistad con Jorge Luis Borges.

Y hoy se conmemora el centenario del nacimiento del escritor argentino, fallecido en marzo de 1999, aun cuando las actividades no fueron tan numerosas como con la evocación de Cortázar, si bien la Biblioteca Nacional de Argentina albergó cuatro días de reflexiones en torno a quien se considera “el gran memorialista de la literatura argentina”. Un hombre nacido en el seno de una familia acomodada, sobre quien suele pensarse solo como autor de literatura fantástica o como el amigo de Borges, si bien su obra va más allá de eso.

De la vida de Bioy Casares se puede recuperar que cuando contaba con alrededor de 18 años conoció a Jorge Luis Borges, con quien escribió distintas obras en colaboración, aunque firmados con varios seudónimos adoptados entre los dos: C. I. Lynch, B. Suárez Lynch y, el más conocido de todos, H. Bustos Domecq.

El mismo director de la Biblioteca Nacional de Argentina, Horacio González, está convencido de que hemos leído a Bioy siempre en su relación con Borges, lo que no deja de ser comprensible por todo lo realizado en colaboración, de ahí la importancia de lograr nuevas lecturas sobre el autor de La invención de Morel.

Relación con México

Autor de títulos como La trama celeste, El sueño de los héroes, Historias fantásticas o participante con compilaciones como Antología de Literatura Fantástica o Las mejores historias policiacas, Adolfo Bioy Casares sostuvo con México una relación un tanto fuera de lo estrictamente literario: sostuvo una estrecha amistad, reflejada en su correspondencia, con Alfonso Reyes, pero también con Elena Garro, según se desprende de las cartas que reguarda la Universidad de Princeton.

Javier de Navascues, catedrático de la Universidad de Navarra, recuerda en un estudio que ambos se conocieron en París, hacia 1949; casi dos décadas duró la cercanía entre ambos, si bien fue más epistolar en su duración.

“Las relaciones, al principio amistosas y después apasionadas, entre Bioy Casares y Elena Garro habían comenzado en 1949, cuando ambos estaban ya casados con Silvina Ocampo y Octavio Paz, respectivamente . Se conocieron en París, desde donde los Paz ayudaron a que La invención de Morel se tradujera al francés. A partir de entonces, los amantes tuvieron ocasión de verse en Europa (1949-1951), y en Nueva York (1956). Su trato epistolar fue más largo, duró hasta 1969”, escribe en el texto “Elena Garro y Adolfo Bioy Casares: dos islas en fuga”.

De acuerdo con Bernardo Ruiz, autor de la investigación “Los mitos y los dioses. Adolfo Bioy Casares y sus temas fundamentales”,  la obra del escritor argentino “parte fundamentalmente, del sueño, la ciencia y las angustias del hombre y la mujer contemporáneos”.

“Le interesa asombrarse y desconcentrarnos con el espacio; dilucidar el problema de la identidad, unicidad e individualidad de la persona; la invención de maquinarias fantásticas; espectacular con la muerte o la transustanciación del alma así como con el amor o la vida sensorial de los humanos.”

Un personaje perseguido por sombras que él mismo contribuyó a definir, pero con una obra que también trasciende a quien en 1990 obtuviera el Premio Cervantes y, al año siguiente, el Alfonso Reyes.