Cavernícolas de nuevo

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(SHUTTERSTOCK)

Ciudad de México

Tal vez usted ni siquiera se ha enterado pero vive ya en el antropoceno. Se lo digo para que no se sorprenda cuando alguien le suelte que respira sin saberlo en una de las horas peores de la humanidad desde que andamos por aquí destruyendo todo lo que encontramos al paso. Aunque a fin de cuentas se trata solo de una definición, al modo de las orejas de burro que portan los alumnos desmadrosos, casi podría decirse que eso es lo que implica realmente la definición del antropoceno.

La palabreja comenzó a rondar en los medios desde hace unos meses, cuando la revista Science publicó los resultados de una investigación emprendida por científicos de la universidad de Stanford, en Estados Unidos. A pesar de que nadie se preocupó particularmente, se supo entonces que nuestro planeta estaría comenzando una nueva fase de extinción masiva, la primera en 65 millones de años, cuando desaparecieron los dinosaurios. Y todo porque los estudiosos pudieron comprobar que las especies de nuestro planeta han disminuido en 25 por ciento en los últimos 500 años. Alertaron sobre la amenaza de desaparición que se cierne sobre 45 por ciento de los animales invertebrados que conocemos y prácticamente la totalidad de los pequeños bichos que tratamos con poco respeto, como los grillos, que suman poco menos de 20 mil especies.

Esta peculiar capacidad del hombre de nuestro tiempo para arremeter contra su entorno le ha concedido el derecho de pertenecer a su propio estadio geológico, el antropoceno, cuyo inicio dataría de la mitad del siglo XX, cuando comenzó la era nuclear. Hasta entonces vivíamos con cierta inocencia infantil las bondades del holoceno, iniciado unos 12 mil años antes, luego de la última glaciación, y que marcaría prácticamente los años maravillosos de la humanidad. Hasta que nos dio por destruir todo.

Los científicos, que buscan aún vestigios específicos de las fechorías del hombre contra la naturaleza claramente identificables a partir de ese momento, se preparan para dilucidar entre especialistas de todo el mundo en el plazo de un año si merecemos las orejas de burro que habrán de poner en evidencia nuestra vida en el antropoceno. Lo que se trata de establecer a fin de cuentas es qué tanto es capaz el ser humano de incidir en el destino del planeta. Es decir, hasta qué punto sus acciones depredadoras pueden determinar su existencia y la del planeta a lo largo de miles, millones de años por delante.

Por lo pronto, muchos científicos tienen muy en claro que la capacidad destructiva del hombre puede ser tan devastadora como el asteroide que determinó las horas finales no solo de los dinosaurios, sino de buena parte de las especies que poblaban el planeta al término del cretácico.

Aun con todo, tramposillos como somos, podremos alegar dentro de algunos millones de años que los muchos escombros que se verán entonces fueron dejados por el paso devastador de un asteroide.


*Profesor-investigador de la UAM-Iztapalapa