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Jueves , 16.08.2018 / 14:08 Hoy

Casandra y Emilia

Historia de una madre y una hija que viven juntas en la Ciudad de México, aunque su distancia parece que no tiene remedio.
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Casandra García de Castillo y Emilia Castillo García. Entre ellas, un hombre muerto: Javier Castillo Herrera. Esposo y padre. Se casó con Casandra en Querétaro (5 de octubre de 1995) y en Querétaro nació su hija (19 de octubre de 1997). La bautizaron Emilia porque un nombre de seis letras en donde cuatro fueran vocales les daba la idea de una niña fresca.

Emilia tenía 11 años cuando murió su padre. Murió de un derrame en el cerebro. Era ingeniero. Había trabajado en la construcción de escuelas e iglesias en el Bajío. Tenía dinero. Le dejó todo a Casandra, quien se hizo cargo de su hija como madre soltera, término que desprecia porque, dice, es un eufemismo de “familia mutilada”. Emilia nunca estuvo de acuerdo con su madre en eso; para ella significa emancipación y valentía. Y ahí, en las distintas interpretaciones sobre las posibilidades de ser mujer, comenzaron sus problemas.

Emilia, a los 18, decidió estudiar derecho en la capital. En el deseo de su hija de hacer una carrera, Casandra leyó una necesidad enfermiza de compensar la ausencia de una figura masculina en su vida. Y de eso Casandra está convencida: si Emilia quiere ser penalista es porque creció sin padre; es porque, en el fondo de su corazón enfermo de tristeza, quiere ser hombre. Estas ideas llenan los nervios de Emilia con una crueldad iracunda que a veces la descontrola al grado de sorprenderse a sí misma de pronto gritando: “No puedo creer, mamá, que seas tan estúpida”.

A pesar de ser radicales enemigas ideológicas, Casandra cedió y financió que su hija viviera en la Ciudad de México y estudiara en la Ibero. En enero le rentó un departamento en Cuajimalpa y se instaló con ella, “en lo que te acoplas”. Pasaron las semanas y Casandra no se iba. Primero se enfermó de gripa y luego de la panza. Después pretextó estar deprimida y cuando Emilia le dijo “mamá, solo estás mintiendo para poder controlarme; eres una viuda histérica”, Casandra se encerró en su cuarto y no le habló a su hija durante 10 días. Pero ahí seguía —inmóvil, agria, inútil—, encerrada en el departamento, espiando los movimientos de su hija, monitoreando sus horas de llegada y salida.

Que su madre le hubiera mentido, que su aparente apoyo se hubiera desembozado en obsesiva vigilancia, ha sumido a Emilia en una decepción lenta y pesada, tan definitiva que no tiene espacios libres por donde puedan filtrarse reclamos o enojos. Que la ha dejado tensa, hostil y sin palabras.

Los últimos días entre ellas han sido silenciosos y tristes. Casandra y Emilia. La historia de una madre y una hija que viven juntas en la Ciudad de México y su distancia parece que no tiene remedio.

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