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Martes , 16.10.2018 / 05:51 Hoy

Casa vinícola

La crítica/Espacios

Un complejo vinícola se compone principalmente de instalaciones fabriles, espacios para la compresión de las uvas, la fermentación, el filtrado y el embotellado de los caldos.
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Los recintos dedicados a la producción del vino se han sofisticado en gran medida gracias al turismo. En Europa y Estados Unidos, particularmente en Burdeos, La Rioja y el Valle de Napa, se comenzó a explotar hace algunas décadas como un reclamo turístico, lo cual se reflejó inmediatamente en el diseño arquitectónico. Poco tiempo después se comenzaron a ver nuevas instalaciones muy interesantes en las casas vinícolas del Valle de Guadalupe, en México, que cuentan con hospedaje y salas para degustación, las cuales han crecido notablemente en la calidad de sus productos y, por consiguientes, de los proyectos arquitectónicos experimentales.

Un complejo vinícola se compone principalmente de instalaciones fabriles, espacios para la compresión de las uvas, la fermentación, el filtrado y el embotellado de los caldos. Otro elemento distintivo es la bodega, donde se almacena y añeja el vino, normalmente en barriles de madera.

Las instalaciones deben tener una temperatura menor a la del exterior y una humedad controlada, por lo cual conviene que estén bajo tierra —de ahí proviene la palabra “cava”, con la que se denomina a estos espacios—. Las vinaterías que ofrecen servicios turísticos tienen todas una o varias salas para degustación de sus productos, y algunas cuentan con restaurantes, áreas para eventos sociales e incluso hoteles.

En los 12 años recientes han sido inauguradas tres casas vinícolas diseñadas por el arquitecto Alejandro D`Acosta que merecen mención destacada dentro de su tipología. La primera de ellas es la Casa Paralelo, abierta en 2006, que es muy interesante por su carácter fabril y por su buen funcionamiento desde el punto de vista climático.

Pero hay otros dos proyectos que hacen mayor justicia al lema del estudio de D’Acosta en cuanto a la parte emocional de sus espacios como experiencias arquitectónicas: Casa Bruma (2011) y Clos de Tres Cantos (2014). Ambos complejos son de tamaño medio y cuentan con todos los servicios, lo que ha permitido a su autor un extensa experimentación en cuanto al uso de materiales reciclados, de las condiciones físicas de los lugares y a la exploración de elementos que enriquecen la experiencia fenomenológica de los espacios.

En ambos casos se trata de proyectos derivados de excavaciones en los terrenos, lo cual provoca en el visitante una sensación especial al penetrar en las entrañas de la tierra. En ambos casos hay un interesante manejo de la luz y la penumbra por medio de pequeñas aberturas y tragaluces hechos con lentes y botellas de vino recicladas. Las estructuras en ambos casos son espectaculares: en Bruma se usaron troncos de árboles muertos para soportar las techumbres, y en Tres Cantos bóvedas piramidales construidas con piedras colocadas en saledizo, similares a las estructuras usadas por los mayas.

La proliferación de proyectos arquitectónicos interesantes ha dado al Valle de Guadalupe una importancia cultural considerable hasta adquirir relevancia desde el punto vista del diseño arquitectónico por los proyectos antes mencionados y por algunos otros más que siguen tendencias vanguardistas dentro del espectro conceptual de la arquitectura contemporánea. Esperamos que esta tendencia continúe en aumento, ya que es muy benéfica para la discusión general acerca de importancia del desarrollo de la arquitectura nacional de calidad.

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