• Regístrate
Estás leyendo: Carnaval de Venecia: la transgresión de lo cotidiano
Comparte esta noticia
Viernes , 25.05.2018 / 03:05 Hoy

Carnaval de Venecia: la transgresión de lo cotidiano

Un recorrido por el festejo de la ciudad italiana, donde visitamos maestros de las máscaras, diseñadores fastuosos y museos que registran los orígenes de la magnífica celebración

1 / 2
Publicidad
Publicidad

Julio I. Godínez Hernández

Una pareja me mira atónita al pasar. Son casi las tres de la mañana y la fiesta terminó. Sin embargo, aún llevo el rostro cubierto por una máscara blanca, de nariz y barbilla pronunciadas, que sobresale intimidante entre mis ropas oscuras. Así me deslizo como un fantasma entre las angostas y húmedas calles de una Venecia que a esta hora ha quedado vacía a pesar de celebrar su famoso carnaval.

Es una noche fría de febrero en la que vuelvo de uno de los bailes más suntuosos del carnaval, oculto entre las sombras bajo mi disfraz de Casanova. Desde hace siglos, las fiestas de esta ciudad de laberínticos canales son una celebración que borra cualquier diferencia entre ricos y pobres gracias a las máscaras y los vestidos que en ellas se portan. Entre los pomposos disfraces de Luis XVI y de María Antonieta nada importa; el anonimato trae libertad y la libertad da pie a la transgresión de lo cotidiano, y, por ende, a la seducción.

Son casi las tres de la mañana y las calles del Rialto, el barrio por el que camino, apenas se iluminan por alguna farola que guía a lo que parecen callejones sin salida, pero que conducen a breves plazuelas venecianas que derivan en una encrucijada.

He venido a esta ciudad, principio y fin de la antigua ruta de la seda, a vivir el que es conocido como el carnaval “más hermoso del mundo”.

Aquí, durante algunos días, me he mezclado entre miles de turistas, he podido conocer a maestros mascherari que aún conservan la tradición de confeccionar máscaras, diseñadores que recrean antiguos atuendos para este momento del año, artistas que siguen dando vida a espectáculos callejeros hilarantes y a muchos que vienen cada año a formar parte de las fiestas procedentes no solo de todos los rincones de Italia sino de diferentes lugares del mundo.

VENTANA AL PASADO

El primer sitio que quise visitar, antes de pretender convertirme en un veneciano más, fue la casa que por siglos perteneció a la familia Querini Stampalia. Ésta es una hermosa residencia en el centro de Venecia, que desde 1869 alberga a la fundación del mismo nombre. Aquí se guarda una de las colecciones más completas de escenas de la vida pública de la ciudad, una con la que es posible entender los orígenes del carnaval.

Hace muchos años la familia Querini Stampalia adquirió una residencia de campo a las afueras de Venecia, según me cuenta Dora de Diana, encargada de la curaduría de la fundación mientras recorremos algunos de los salones que alojan muebles, porcelanas y tapices, entre muchos otros objetos dieciochescos. Para su sorpresa, continúa, en su interior se encontraron con una serie de obras de un artista italiano prácticamente desconocido llamado Gabriel Bella.

En el conjunto de casi 100 obras, De Diana dice que los Querini hallaron paisajes cotidianos como funerales de la nobleza, peleas en barrios pobres, consejos de ministros, visitas papales, procesiones, inauguraciones de recintos teatrales, regatas o días de mercado. Sin embargo, en el salón que se encuentra tapizado por los oleos del pintor veneciano se pueden mirar otros dos tipos de obras particularmente interesantes.

Las primeras, son las escenas de carnaval que recrean disparatados eventos en plazas públicas, como matar con la cabeza un gato amarrado a la pared, la pelea de perros contra osos o la carrera de toros; otros son los bailes llevados a cabo en el interior de salones fastuosos como el del hotel Gritti, que aún se conserva y realiza una de las fiestas más exclusivas de la ciudad. Las segundas, son la representación de fiestas en casinos de teatros y palacios fuera de carnaval, como el del exquisito salón del Ridotto que sigue alojando aún hoy el hotel Mónaco.

Curiosamente, en todas las ocasiones Gabriel Bella retrató a venecianos con máscaras intrigantes de narices y barbillas pronunciadas, sombreros de tres picos y enfundados en ropas y capas negras, la famosa vestimenta Bauta —que yo mismo usaría—, así como a mujeres portando sugestivos vestidos de escotes pronunciados y una pequeña máscara negra e inexpresiva conocida como Moretta —la cual apenas cubre el rostro y se sujeta en la boca gracias a un botón.

La obra de Bella parece una ventana al pasado, le digo a Dora. “Es una de las únicas formas en que los venecianos han podido descubrir cómo fue visualmente el carnaval hace dos siglos y el único método para recrearlo en el presente”, responde mientras observamos la que parece la obra de Bella más representativa: el Volo dell’Aquila, en la que una persona desciende temeraria desde la torre del campanario a la plaza de San Marcos el segundo domingo de carnaval, espectáculo que hoy todavía se representa.

MAESTRO MASCARERAO

“Todos los hombres mienten, pero si le das una máscara serán sinceros”, escribió Oscar Wilde.

Mario Belloni es uno de los maestros mascherari más reconocidos de Venecia. Este hombre de mediana estatura, pelo cano alborotado y lentes anaranjados de pasta, que ahora atiende al canal de televisión pública francesa en su tienda, en el barrio de Dorsoduro, es quien diseñó y realizó las máscaras para la cinta Eyes wide shut de Stanley Kubrick y es también una de las personas que más conoce sobre la historia de las máscaras venecianas.

Mientras caminamos hacia su taller, ubicado a unas cuadras, Belloni me dice que cuando se piensa en el carnaval de la ciudad natal de Marco Polo la imagen que se tiene es la de antifaces multicolores con plumas, sombreros barrocos y patrones extravagantes. Sin embargo, es mucho más complejo. Tal como lo pude ver en los cuadros de Gabriel Bella, el artesano con más de 30 años de experiencia asegura que los antiguos venecianos las utilizaron no solo en carnaval, sino también en otras ocasiones durante el año. “Era muy normal que una persona vistiera una máscara si iba a jugar a un casino, por ejemplo”.

La evidencia de esto se puede encontrar en el trabajo de otro pintor veneciano, Pietro Longhi, quien fue también pintor de la familia Querini. Longhi y logró plasmar magistralmente la intimidad de algunos salones venecianos del siglo XVIII, donde se corrían apuestas y donde enmascarados seducían a mujeres que también cubrían su rostro.

Belloni dice que “gracias al uso de las máscaras los hombres nobles podían transformarse en quien quisieran y convertir su vida en una aventura para escapar así de la monotonía de, por ejemplo, su vida como mercaderes”. Esa idea, y la de una Venecia liberal que me describió el mascherari, me pareció por completo sugestiva.

Tras una larga conversación, Mario me explica finalmente cómo debo portar una de sus máscaras Bauta, la cual utilizaré en uno de los bailes. Me dice que debo vestir de negro, “un esmoquin sería adecuado”. Después, me enseña cómo colocar una especie de velo que cubre la cabeza y cuello para posteriormente colocarme la Bauta, que al final deberá quedar sujeta por el sombrero negro de tres picos.

VIDA AL DISFRAZ

“Quiero que me transformes. Transfórmame”, le pide Lord Papprizzio a Casanova en la cinta del mismo nombre.

Estoy rodeado de vestuarios de películas, óperas, teatro, cabaret y, por supuesto, de carnaval en el taller más grande y famoso de Venecia. En sus largos pasillos se guardan más de 10 mil prendas de diferentes producciones que van de zapatos a sombreros, de corsés a armaduras del medievo y hasta indumentarias de diferentes periodos del siglo XX.

Este taller pertenece a Stefano Nicolao, quizá el diseñador de vestuario más famoso de esta ciudad. Desde hace 36 años, este hombre delgado y de modales exquisitos ha vestido filmes de época tan famosos como Farinelli, Elizabeth, Casanova o Marco Polo.

Frente al detallado vestido que utilizará el famoso Ángel del Carnaval —una especie de reina que también descenderá de la torre del campanario en la plaza de San Marcos—, Stefano me dice que todo buen atuendo de época debe expresar la historia por sí mismo, el periodo en el que fue hecho, pero para que sea excelente “es la persona la que tiene que darle vida”.

Durante los últimos años, toda la producción del vestuario del carnaval ha estado a cargo de Nicolao. Los participantes como el águila, el ángel y el maestro de ceremonia portan con orgullo sus creaciones en cada una de las celebraciones.

Luego de contarme anécdotas, historias y cómo conoció a personajes como la actriz Cate Blanchett, Stefano me deja probarme una de las capas parecida a la que utilizaron para el personaje de Casanova, interpretado por el fallecido actor Heath Ledger. Mi transformación está casi lista.

PARTICIPANTES

Jordi jala duro las medias que se ajustan a la perfección a sus piernas velludas. Junto a él, Gina acomoda a “Martha y Susie”, como llama a sus pechos, en el corsé morado que utilizará esta tarde durante un recorrido en góndola, al que han sido invitados por la organización internacional de amigos del carnaval a la cual pertenecen.

Este año es la vigésima segunda ocasión que esta pareja de catalanes asisten ininterrumpidamente a Venecia para recrear la belleza del carnaval. Afuera de este departamento que comparten por unos días con un italiano, ubicado a unos cuantos metros del centro neurálgico de las fiestas, la plaza San Marcos, la calle bulle, cientos de personas se desplazan de un lugar a otro buscando la mejor postal de la ciudad.

Gina y Jordi han llegado hace algunos días después de manejar más de mil 200 kilómetros desde Barcelona. Para disfrutar de las fiestas y encuentros en los que participarán han traído en total 15 atuendos distintos que combinan con accesorios como pelucas, sombreros, zapatos que Gina misma confecciona y otros que compran con artesanos locales.

Ambos, de 65 años y ex empleados de bancos, me dicen que no hay mejor forma de vivir las fiestas previas a la Cuaresma que vistiendo trajes de la época y asistiendo a las celebraciones que tienen lugar durante los 10 días de carnaval, y que van de las reuniones del chocolate, cenas y bailes, hasta recorridos especiales como el de hoy.

Son casi las tres de la tarde y la pareja ha terminado de dar los últimos retoques a su vestimenta. Salen a la calle y los turistas los reciben pidiéndoles una fotografía.

Antes de despedirnos, Gina y Jordi me recomiendan visitar el famoso café Florin, un famoso local que mira a la plaza de San Marcos y que ha sido punto de reunión de quienes participan en el carnaval. De ahí, en el anonimato y vestido de Casanova, iré en busca de la transgresión de lo cotidiano, de la libertad que da el carnaval de Venecia.

Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.