El misterioso Señor X

[EL SANTO OFICIO]
Carl Sagan
Carl Sagan

Ciudad de México

El cartujo recuerda: en su infancia, a veces acompañaba a su padre por barrios de mala fama, ciudades perdidas en las inmediaciones del Palacio de Lecumberri, en donde se vendía, compraba y fumaba mariguana con absoluta libertad. En esas calles, proscritas para la policía, supo de la letal combinación de la mariguana con el alcohol.

"Se cruzó", comentaban los vecinos cuando alguien enloquecía sin motivo aparente. Pero en general, quienes solo fumaban no causaban ningún problema, eran tranquilos y hablaban con lentitud, en ocasiones desesperante, de la manera como la yerba afinaba sus sentidos. Él los escuchaba con curiosidad, mientras su padre lo observaba con desgano desde el changarro donde se reunía a beber tardes enteras con sus amigos.

En tercero de secundaria varios de sus compañeros más queridos fumaban mariguana, mientras él se aficionaba cada vez más al tabaco y al alcohol. No le fue bien con ninguna de esas sustancias, pero no se arrepiente de nada ni pregona las bondades de su redención en una edad donde la vida saludable no es mérito sino necesidad.

Con aquellos muchachos de principios de los setenta, con el pretexto de hacer la tarea, pasó noches enteras en alguna casa con padres ausentes, escuchando rock a todo volumen, hablando de libros, de deportes, de mujeres imposibles; ellos fumaban y él bebía —nunca, después de lo visto en su niñez, se atrevió a cruzarse, aunque ganas no le faltaron—.

Muchos de ellos llegaron a la Universidad, otros aprendieron algún oficio, casi ninguno se volvió adicto. Todos vivieron la incertidumbre de comprar sus carrujos en la clandestinidad, la rabia de ser extorsionados por la policía.

Al comienzo de su peregrinaje en el periodismo, la realización de un reportaje —titulado Los paraísos artificiales en un alarde de originalidad— lo llevó a platicar con estudiantes, profesionistas, artistas, escritores e intelectuales sobre sus experiencias con las drogas, así como a buscar documentación en archivos y bibliotecas.

Encontró una joya firmada por un tal Mr. X, quien luego de hablar de su relación con la mariguana, de elogiar sus efectos y la manera como lo hacía percibir el mundo, concluía: "La ilegalidad del cannabis es indignante, un impedimento para su uso total como una droga auxiliar pues produce serenidad e introspección, la sensibilidad y camaradería que necesitamos desesperadamente en este cada vez más furioso y peligroso mundo".

El misterioso Mr. X era un genio llamado Carl Sagan, y fumaba mariguana. No hace falta haber experimentado con ella para estar a favor de su despenalización, sin debates eternos y sin rasgarse las vestiduras.

Cada quien es responsable de su cuerpo y sus placeres, como bien lo ha admitido la Suprema Corte en su histórico veredicto, tan cercano a la idea de Stephen King, otro célebre fumador del psicotrópico: "La mariguana no solo debería ser legal, sino incluso parte de una industria casera".

Queridos cinco lectores, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.El