La otra cara de la Luna

La hora del lobo. Este texto forma parte del libro inédito Zurcido invisible. Lo publicamos con autorización de su esposa, Carmen Gaitán.
Hora Lobo
Hora Lobo (Archivo)

Ciudad de México

Tiene muchas resonancias bíblicas el desierto. Es un tema demasiado literario: es el lugar de la reflexión, la soledad y la introspección, el asiento ideal para estar solo con el universo… La caminata se vuelve en el desierto una meditación, porque está acompañada del silencio. Y la calidad de la concentración de los primeros días es distinta en los días subsiguientes: al noveno día, al decimoquinto día, la mente se va por otros derroteros, y más hacia adentro que hacia afuera. Hay paisajes que son en sí mismos literarios, uno de ellos es el mar y, otro, el desierto, más que la montaña. Así como hay palabras que en sí mismas son literarias, que basta escribirlas para que ya tengan una connotación literaria, como la palabra memoria, también hay terrenos evocadores de muchos significados históricos, simbólicos, de estados de ánimo: el desierto, por ejemplo.

Hay mucha referencia a las montañas, a las playas, al desierto, por eso me decía un amigo mío que hay más thopos que pathos.

Cuando se habla del periodista Fernando Jordán, se recoge su palabra escrita pero también el desierto bajacaliforniano y las pinturas rupestres, las que pintamos al soñar. Imagino que las pintaron unos gigantes. No me importa violentar el dato científico; me interesa rescatar la fantasía de los indígenas que le contaron al padre Rothea que había esos esqueletos descomunales. Cierto o no, en la imaginación de los indígenas cochimíes está la sospecha de que las pinturas rupestres las hicieron unos gigantes. Lo fantástico implica una verdad mucho más interesante que la verdad histórica o antropológica. Me interesa hablar de gigantes, del misterio de las pinturas rupestres, porque es lo que más me atrae de la Baja California, las maravillas que se han delineado sobre esta península desde hace décadas. Muy al principio, la Baja California era un desencadenante de mitologías, cuando los marineros de Cortés fantaseaban que era una isla poblada de mujeres, que usaban a los hombres solo para perpetuar la especie, se apareaban con ellos y después los arrojaban al mar, y si parían mujeres las guardaban, si por el contario parían hombres, los echaban de su compañía. Era el reino de la mujer que imaginaban estos navegantes españoles recién llegados a la Nueva España. Imaginaban también que había minas de oro y luego algo que resultó cierto: sus costas estaban cuajadas de perlas, que duraron hasta los años treinta. Hubo la versión de que los japoneses las extinguieron con productos químicos, por razones de mercado, porque ellos vendían una perla artificial.

Juan Rulfo era muy convincente. Tenía una manera de contar las cosas que había que creerle si te decía que oyó cantar a las serpientes en el desierto. Por eso cuando me contó que Fernando Jordán se había suicidado echándose al mar cerca de la Paz, yo le quise creer. En realidad Jordán se dio un tiro en el corazón, o se lo dieron. Hubo otros detalles que hicieron muy sospechosa su muerte. Siempre quedó la duda. En mi novela sobre Jordán no traté de resolver este enigma criminológico. No soy policía, ni mi personaje es detective, ni es el sentido de la novela dilucidar si se hizo justicia penal o no. El interés de mi novela, al acumular las diferentes versiones sobre el aparente suicidio de Jordán, es revelar cómo lo seres humanos construimos fábulas respecto de un mismo hecho y también asentar que en los tiempos de Jordán, Baja California es como la “otra cara de la Luna” de México, un desierto que no termina nunca.

*Este texto forma parte del libro inédito Zurcido invisible. Lo publicamos con autorización de su esposa, Carmen Gaitán.