La memoria perdida

Por vergüenza, casi nadie en Francia ni España quiere recordar los campos de concentración cercanos a la frontera donde fueron a parar más de medio millón de soldados y de republicanos españoles.

México

Hace unos días el Primer ministro francés, Manuel Valls, inauguró el Memorial de Rivesaltes, un modesto centro cultural que sirve para fijar geográficamente el sitio donde estuvo uno de los campos de concentración que implementó el gobierno francés en 1939. El acto pasó desapercibido en la prensa internacional, aun cuando se trata de un gesto importante que saca a la luz por primera vez en 75 años, y de manera oficial, la existencia de uno de los capítulos más oscuros de la historia europea del siglo XX: el capítulo de los campos de concentración franceses.

El célebre publicista Eulalio Ferrer escribió sobre su paso por ese terrible lugar en su diario "Entre Alambradas".

El gesto del Primer Ministro francés, que por cierto es un catalán nacido en Barcelona, consuena con la oleada de inmigrantes sirios que se agolpa hoy en las fronteras de Europa, parece una advertencia para que los gobiernos europeos no apliquen la misma fórmula que aplicaron los franceses a los refugiados españoles después de la Guerra Civil.

El Memorial de Rivesaltes, la intención de fijar geográficamente el sitio donde estuvo aquel campo de concentración, sirve sobre todo para combatir la desmemoria, para fijar ese capítulo oscuro e introducirlo en la historia oficial de Francia, España y Europa.

Cerca de Rivesaltes estaba otro campo de concentración, Argelès-sur-Mer, el más grande y emblemático de todos; probablemente el que más necesita un Memorial que impida que se desvanezca todo lo que ahí pasó.

Cuando llegó al campo de concentración de Argelès-sur-Mer, el 17 de abril de 1939, Eulalio Ferrer comenzó a escribir un diario sobre su confinamiento, sobre la cotidianidad que compartía con su padre, que era también prisionero. Aquel campo de concentración estaba en una playa enorme del sur de Francia y no tenía más infraestructura que una alambrada para contener a los más 100 mil soldados republicanos españoles que estaban ahí encerrados. Al terminar la Guerra Civil española medio millón de soldados republicanos, del ejército que había sido derrotado, cruzó la frontera hacía Francia para salvarse de la brutal represión que ya empezaba a ejecutar el General Franco. Como si perder la guerra no hubiera sido castigo suficiente, medio millón de republicanos tuvo que dejar su país, y como los franceses no sabían qué hacer con aquella avalancha de refugiados, los encerraron en una serie de campos de concentración improvisados, pero rigurosamente vigilados, repartidos en el sureste de Francia. Decía que Argelès-sur-Mer es el más emblemático de aquellos campos por su tamaño pero, sobre todo, por las condiciones deplorables en las que vivían los prisioneros. Eulalio Ferrer, que años más tarde, durante su exilio en México, se convertiría en un célebre publicista, nos cuenta en su diario de un "Barrio chino" que los prisioneros se inventaron en esa playa, y que era en realidad "un centro abigarrado de chabolas y barracones, en la parte norte de este largo 'paseo', que se conoce por 'Las ramblas'. Como si estuviéramos en el corazón de Barcelona". O de esta otra ficción que en otro contexto sería puro delirio, pero que ahí era una maniobra para no desmoronarse: "Un hombre larguirucho, escaso de carnes, entrado en años, se puso de pie sobre un miserable taburete de madera y pidió silencio. Con voz tonante nos anunció que iba a dirigir una de las obras más difíciles de la música alemana, el Parsifal, de Wagner. Y sin más, accionó sus brazos, dio ritmo a su cuerpo y puso ante nuestros ojos una orquesta invisible".

Eulalio Ferrer y su padre llegaron en abril, en primavera, evitaron el invierno que en febrero de ese año, cuando llegó la primera multitud de republicanos, tuvo noches de menos 16 grados centígrados, según el registro meteorológico de esa zona del sur de Francia. Los desgraciados que llegaron en febrero durmieron durante varias semanas a la intemperie, en esa playa que el gobierno francés había demarcado, donde no había ni un techo, ni un cobertizo, ni una palmera, no había más que arena que desembocaba en el mar Mediterráneo. Tampoco había mantas para taparse, ni madera para hacer fuego y la comida que les daban era insuficiente, a veces un pan, otras un potaje helado, otras un remedo de café. Los soldados pasaban esas noches de frío intenso tapados con sus capotes de guerra y algunos escarbaban agujeros en la arena, una especie de madriguera que no los protegía del frío ambiental pero si de la Tramontana, el viento helado que no paraba de soplar. Para poder dormir unos minutos con cierta tranquilidad, los grupos de soldados designaban un guardia que tenía la encomienda de despertarlos cada siete o 10 minutos para no correr el riesgo de morir congelados mientras dormían. Algunos, desesperados por ese frío insoportable, hacían fuego con lo que tenían a mano, con sus gorras, con un par extra de botas, con sus macutos y con sus cinturones.

En el campo de concentración de Argelès-sur-Mer no había letrinas y los soldados, los más aguerridos, se lavaban en el agua helada del mar y después se secaban tiritando al sol.

Con el tiempo los soldados republicanos fueron haciendo letrinas y organizaron la superficie de la playa en calles y manzanas, dentro de las cuales construían techumbres con el material, siempre insuficiente, que les facilitaba la autoridad del campo. De ahí vienen las imágenes del "Barrio Chino", de "Las Ramblas", del director de orquesta larguirucho y escaso de carnes que nos cuenta Ferrer.

Nadie podía salir porque el perímetro del campo estaba vigilado por soldados coloniales argelinos, que tenían la orden de disparar si veían a algún soldado español tratando de huir. Durante las primeras semanas el frío era muy intenso y había soldados republicanos viejos, o débiles, o enfermos que se quedaban muertos en la playa y que enterraban sus compañeros en zanjas que cavaban ellos mismos. No había servicio médico, ni medicinas, ni nadie que ayudara a aquellos soldados cuyo único delito había sido perder la guerra. En Argelès-sur-Mer había hombres, mujeres y niños, pero unas semanas más tarde comenzaron a llevarse a las mujeres y a los niños a otros campos de concentración menos inhóspitos, con un poco de infraestructura y, más que nada, alejados del mar y de la arena que, después de varias semanas de convivencia íntima, producía una dolencia que fue bautizada como arenitis: el hartazgo de la arena, la desesperación de estar continuamente atacado por ese elemento y el picor, y la resequedad y las yagas monstruosas que a la larga producía en la piel. A lo largo de ese año, 1939, el campo de concentración fue experimentando cambios, había prisioneros que quedaban libres porque eran reclamados por una familia francesa, o porque eran contratados como peones por los campesinos de la zona y, más adelante, cuando empezó la Segunda Guerra Mundial, porque se enrolaban en el ejército francés para ir a pelar en otra guerra.

En uno de los extremos del campo de concentración desembocaba el río Tech, que en la época de lluvias se desbordaba y arrasaba con todas las techumbres y los cobertizos y las letrinas que habían construido los soldados republicanos y después, cuando aquello comenzaba a secarse, brotaba entre la madera y la pajilla que usaban para construir los techos una legión de chinches que no los dejaba en paz hasta la siguiente inundación, o cuando empezaba otra vez el invierno.

Cuando empezó la Segunda Guerra comenzaron a llegar nuevos prisioneros al campo de concentración, judíos, gitanos, delincuentes comunes, todos los que eran considerados indeseables por el gobierno del Mariscal Pétain y, a partir de la ocupación alemana de Francia, aquellos campos de concentración quedaron integrados al sistema de los campos de exterminio nazis, así que un día, de manera inopinada, los soldados republicanos que habían logrado sobrevivir a los rigores de Argelès-sur-Mer, fueron llevados en tren, junto con los judíos, los gitanos y los delincuentes comunes, a Alemania y a Polonia, a los campos de exterminio. Pero antes de aquel viaje en tren, y de que llegaran los judíos y los gitanos a Argelès-sur-Mer, ya habían muerto en esa playa miles de soldados republicanos, de pulmonía, tuberculosis, difteria, desnutrición, de enfermedades mal curadas, de frío y desesperanza. Todo esto que voy contando, aunque sucedió hace apenas 75 años, y se trata de un episodio masivo y muy difícil de ocultar, fue extirpado de la historia oficial de Francia y también de la de España, porque los dos países sienten vergüenza: Francia por la vileza con la que recibió a aquel medio millón de españoles que necesitaban asilo, y España por la crueldad de haber expulsado del país al ejército que perdió la guerra. Casi nadie en Francia sabe, ni tampoco en España, que en 1939 había campos de concentración cerca de la frontera, y desde luego la mayoría ignora las condiciones en las que trataban de sobrevivir los soldados republicanos. Hay algunos documentos, fotografías, metraje cinematográfico, dibujos y testimonios escritos de aquellos campos de concentración, entre ellos el sobrecogedor Diario de Eulalio Ferrer, Entre Alambradas, que publicó la editorial Grijalbo cinco décadas después, en 1988.

Ese capítulo oscuro fue extirpado con tal convicción que, esa misma playa de Argelès-sur-Mer donde estuvo el campo de concentración, esa misma arena donde murieron miles de soldados republicanos en 1939, es hoy uno de los destinos turísticos favoritos de los franceses. Ahí donde los soldados levantaron sus techos, y construyeron sus letrinas y cavaron las zanjas para enterrar a sus muertos, encontramos hoy hoteles, bares, clubes de playa y centenares de camastros en los que los turistas exponen, cada verano, sus cuerpos al sol.