El caballo de Belisario Domínguez

El temblor me ha dejado regalos estupendos, este departamento que rento por nada, nadie quiere vivir aquí, está en ruinas. Todos lo que me aconsejaron comprar un sillón se sintieron muy felices de ...
El caballo de Belisario Domínguez.
(Moisés Butze)

México

Quizás el único gesto honesto que tuvo Nietzsche fue llorar y abrazar al caballo de Turín mientras le pedía perdón por aquél acto humano de crueldad contra él. Soy el tipo de hombre del que Hemingway se apartaría con asco pensando en lo débil y sentimental que puedo ser ante una escena como la del Das Turiner Pferd. Salvajes caballos corriendo dentro de mi cabeza, estampida, muerte.

En el refrigerador no hay nada, cuando visito a alguna otra persona veo que siempre tienen algo ahí dentro, piensan que tienen algo que perder en el mundo, desayunan, comen y cenan. Trabajan, comen y cenan. Tienen familias comen y cenan. Aman, comen y cenan. Hace mucho que no tengo nada que perder. Nunca soñé con tener dinero, abracé con desesperación la idea de no hacer nada, encerrarme en mi casa, no hacer nada. Desear ser alguien me enferma. Escribo, sí, pero la idea de convertirme en escritor me repugna, creo que los mejores escritores se acuestan siendo unos pobres diablos y se despiertan escribiendo como los pobres diablos hambrientos que en realidad son. Soy lo más parecido a un caballo, no veo bien de cerca, mis ojos están muy separados, tirando hacia mis sienes, uso lentes con cinco dioptrías del ojo derecho y tres punto cinco del lado izquierdo. Si alguien se acerca de forma brusca me dan ganas de patearle o morderle. Salgo a dar la vuelta, llegó a Las Pecosas, una cantina en República de Cuba y callejón del 57, el dueño o su hijo siempre me regalan tres cervezas. Me ofrecen un plato de sopa o frijoles charros.

Mónica, la amable mesera, me tiene cariño, es una buena mujer con una vida dura, sus hermosas piernas deben soportar más de diez horas trayendo cerveza o licor a sedientos, no hay nada peor en el mundo que estar sediento. Esta vez solo están el Tachidito y Flavio. Nunca los he visto sobrios. Son parte de este sitio, no podría imaginarlo sin ellos, acodados en la barra todo el día. Tomo despacio mi cerveza deseando que no se acabe, la bondad del inge me proveerá de otra cerveza, también la generosidad del dueño de la mueblería de Allende, su esposa pasa por él a las tres, su horario de cantina es de 12 a tres, después se despide amablemente, comerá como siempre con ella en el Centro Castellano que está en República de Uruguay. Alguna vez quizás por verme tan pálido y hambriento me ofrecieron ir, no dudé, allá me atasqué el cubierto completo, la esposa nos dejó pedir jarras y jarras de clericot hasta que cerraron.

Bebo despacio las cervezas, al terminar voy al baño. Me despido, Tachidito está interrogando a un hombre que está en la barra, le gusta saber quiénes beben en su cantina. Subo por el callejón del 57 después cruzo Belisario Domínguez, la plaza de La Conchita está desierta, las remodelaciones han acabado con todos los que vivían aquí, llego hasta Perú, vuelvo a cruzar por el callejón hasta Garibaldi. Cruzo la plaza, a esa hora no hay nadie, ni siquiera aquellos que presumen ser temerarios bebedores que aseguran que constantemente se juegan la vida en los bares del Centro, en mis piqueras jamás les he visto y no les veré a menos que vayan conmigo, es casi es la una de la tarde. El esposo de doña Rosita  está sentado frente a su café con ron leyendo un periódico de nota roja. Pasa la mañana contando las monedas mientras el de la cerveza acomoda los cartones. Tiene tres montones, en uno acomoda el dinero para la rockola, en otro está el cambio de la cerveza y uno más para el cambio de las comidas corridas. Busco en mi pantalón, tan solo 30 pesos, pido una media, ya llegará mi suerte. Y no tarda, es Ivonne, está cruda. Me pone una caguama fría enfrente, imposible negarse. Ella quiere una birria de San Camilito, me ofrezco a traérsela. De camino me encuentro a Linda, me reclama que la tenga tan abandonada así que le prometo que más tarde la visitaré. Ya en el mercado me ponen la birria en un envase de unicel con tortillas hechas a mano, “les diré lo que es la vida cuando llegas al final, es un recuerdo en el tiempo, es terminar y empezar, por eso el amor es cualquier razón, eres tú, soy yo, es cualquier razón, soy de cualquier lugar, no es que a nadie odie, pero no me gusta tener de patrón a cualquier señor que aprendió a gritar”, canta el trío a una pareja de enamorados mafiosos con facha de varias noches de parranda, ella le canta, él está escondido tras sus lentes oscuros. Los muertos no llegan a ningún sitio, la realidad es tan cierta como puedas explicarla, un caballo de tiro de más de 700 kilogramos podría caer sobre ti y matarte, un pensamiento no, así que ¿de qué sirven? Los míos no sirven de nada, solo sirven para atormentarme. No pienso mucho las cosas,  soy más parecido a un caballo que a un perro. Los caballos no son para las ciudades, así que un día de estos me iré para siempre.

Diariamente se mudan personas al Centro deslumbrados porque aquí encuentran todo, ¿a qué se refieren? Impresionados por su mugre y sus contrastes, lo encuentran interesante, no los culpo: son nuevos en la ciudad o están ávidos de “cosas nuevas”. Así que esas personas que se sienten orgullosas de ver desde sus lofts o vecindades las luces del centro ya pueden quedarse con sus limpias ventanas, esos sitios los habitaron antes personas que podían pagar las rentas, debido al proceso inmundo de la gentrificación se han ido. Mi departamento es un cuchitril que no interesa a nadie, la ventana interior me ofrece un paisaje destruido, un edificio en ruinas que el temblor del 85 hirió de muerte. El temblor me ha dejado regalos estupendos, este departamento que rento por nada, nadie quiere vivir aquí, está en ruinas, la huída de los vecinos de al lado, el silencio invaluable. De los departamentos abandonados en Tlatelolco el Chino y yo robamos dos sillones, el refrigerador, mesas, sillas. Todos los que me aconsejaron comprar un sillón se sintieron muy felices de no tener que sentarse en el piso mientras bebemos. Regreso con la birria, Ivonne come con prisa, bebe son desesperación. Cinco caguamas, es tiempo de regresar a casa. Cruzo Garibaldi hasta Belisario Domínguez, subo las escaleras, el perro huesudo ya no está, “se me murió”, me explica la portera llorando, cada animal moribundo que entra en la vecindad se le muere, ella asegura que son los fantasmas del temblor que chupan el alma de los animales enfermos que ella cuida y recoge, aquí se murieron varios en el temblor.

Esperanza es una mujer flaca que tiene cuatro perros, dos no pueden caminar, a uno le cortaron las patas con un cuchillo cuando era bebé, lo tiraron en una esquina de República de Chile en una cajita, a otro le sacaron un ojo y lo golpearon hasta cansarse, ella lo rescató cerca del mercado, su cadera quedó rota, al no poder pagar la operación soldó sola, le armamos un carrito con una carriola vieja que encontramos en la basura. Mientras busco hojas blancas en el mundo de papeles que es el escritorio pienso en esa mujer que no tiene nada y da todo por esos perros. De tiro, ligeros, miniaturas. Majestuosos percherones, graciosos ponys, equus ferus, pensamientos como caballos nos recorren. Si aquél famélico caballo azotado por su amo venció al Übermensch, seguro un día acaba con todos los pendejos y pendejas que me atormentan con sus consejos acerca de la vida, el amor, mi salud, el mundo, la escritura. Apenas pasan de las tres de la tarde, abro la ventana, pongo una hoja en la máquina de escribir “fierro viejo que vendaaaa”. He deseado tantas veces apagar la vida de ese malparido que golpea al caballo, su lomo tiene impresionantes cicatrices, ya que hay ley seca en la ciudad en días santos. ¿No podrían empezar por  prohibir estos carros tirados por caballos maltratados hasta el hartazgo por humanos de sexta? Su destino final es el rastro o San Bernabé, “fierro viejo, colchones o ropaaaaa”. No me atrevo a salir y reventarlo con su propio látigo ¿qué pensaría de mi Hemingway si matara a ese hombre?

* Escritora. Autora de la novela “Señorita vodka” (Tusquets).