“Lo único que busco es no ser encasillada”, afirma Ana Clavel

En su novela recupera historias originales de cuentos de hadas, porque allí encuentra las zonas oscuras y cerradas de la sociedad.
“Me alimento en las lecturas que asimilo a mi manera”.
“Me alimento en las lecturas que asimilo a mi manera”. (Jesús Quintanar)

México

Hay temas que acompañan a Ana Clavel en su labor literaria, como la exploración del deseo y la transgresión, pero no de manera deliberada sino con el sustento en la tradición literaria: “Me alimento en las lecturas que asimilo a mi manera, pero es cierto que se me han impuesto como latidos del lenguaje”.

“A la gente le llama peculiarmente la atención porque le dan un gran peso a la parte sensual y erótica de mis escritos. Lo único que busco es que no se me encasille, lo que no quiere decir que no le dé valor a esas miradas que, de pronto, reconocen de manera particular el peso del cuerpo y de la sensualidad en mis escritos. Algo debo de tener como para que la gente insista en ellos”, asegura la escritora sobre su novela El amor es hambre (Alfaguara, 2015).

En ella Clavel describe el espacio íntimo de los personajes de sus historias: una niña de grandes y perspicaces ojos, que crece en una familia amorosa y liberal, pero tras la muerte de sus padres queda bajo la tutela de un amigo, con quien establece una relación como de caperucita y el lobo.

“Estoy hablando de los seres humanos, y no nada más en la parte que te lleva a salir y a transgredir sino también a esos límites donde los cuentos de hadas nos ayudan a integrar las zonas oscuras, cerradas, sobre todo aquellas políticamente incorrectas, porque deseos terribles los tenemos todos”.

En la historia está el deseo de devorar, pero también de dejarse devorar, deseos de afirmación y de transgresión, dice Clavel, quien buscó las historias originales de  cuentos de hadas, convencida de que en ellos se encuentra un reflejo de lo que somos como sociedades.

“El ser humano tiene contradicciones, y no porque nos queramos poner las apariencias de ángeles o de políticamente pulcros dejamos de tener esos mundos internos, y ese es el verdadero papel de los cuentos de hadas. La Artemisa que recreo tiene que ver con una versión previa a la que consigna Perrault, y que venía muy a cuento de lo que luego me he propuesto trabajar con la idea de subvertir los papeles tradicionales”.

La escritora pone en evidencia cómo más allá de lo que podemos adjudicar de manera maniquea y superficial, es indispensable hablar de las pulsiones que hay en adultos y en niños, “sin que esto signifique que, si reconocemos las pulsiones infantiles, entonces estemos hablando de perversidad y manipulación”.

“Lo que hay ahí son deseos, pero también un espíritu de juego, donde efectivamente, como un ser inocente, no sabe de las consecuencias que pueda tener. Esto es importante porque en nuestra lectura actual se nos hace pensar que los niños son absolutamente puros o absolutamente perversos y eso es atribuirle un deseo desde fuera que no forzosamente es el que podría manifestarse”, termina la escritora.