En busca de las musas

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(EDITORIAL Alfred a Knopf)

Ciudad de México

Siempre tengo presente a Niko Pirosmani, el pintor naif georgiano. Dueño de un talento inmenso y con una larga lista de admiradores dispuestos a pagar cualquier cantidad por sus cuadros, caía a menudo en la tentación de la pereza y, sobre todo, en los delirios del alcohol. Su mujer lo ataba entonces a una silla, con los lienzos, pinceles y pinturas al alcance, y lo obligaba a trabajar entre gritos y llantos desesperados.

Muchos escritores trabajan así, evitando las tentaciones con recursos extremos. Alguien me contó alguna vez que Víctor Hugo escribió Los miserables en cueros. En su casa le escondían la ropa para evitar que saliera a la calle a perder el tiempo.

Otros creadores se enredan en manías asociadas con su labor. Steinbeck, por ejemplo, solo era capaz de escribir con lápices. No pocos autores en nuestro tiempo siguen escribiendo con pluma y en papeles de textura y costo particular. Conocí a alguien que en sus obsesiones literarias se valía de un rollo de papel; ensartaba un extremo en el carrete de la vieja Olivetti y tiraba luego al piso la kilométrica hoja de papel. Atrapaba así a los fantasmas de su inspiración y evitaba las distracciones, la perdida del tiempo.

En realidad, lo que siempre buscan afanosamente los creadores es la concentración. De su ausencia deriva el terror ante la página, la partitura o el lienzo en blanco. Si las musas bajan de las nubes y se sientan en sus piernas y acarician sus cabellos alborotados, el estímulo creativo estará ahí.

La concentración, que en realidad es bastante escurridiza, y las maneras que tiene cada quien para conseguirla debieran pertenecer siempre al ámbito privado. Sin embargo, hace poco Mason Currey, un editor y escritor estadunidense, metió sin pudor alguno las narices en la intimidad de un montón de talentos y los sacó al balcón mientras se enfrentaban al momento creativo. El resultado es su volumen Rituales cotidianos: cómo trabajan los artistas, recibido con cierta algarabía en los círculos periodísticos, pero sin duda repudiado por muchos intelectuales. El tono que emplea para describir los apuros de los creadores es por lo menos grosero y parece una suerte de burlona acometida contra el talento ya reconocido de muchos.

Solo así se entiende el interés que manifiesta Currey por la manera como trabajaba Thomas Wolfe, toqueteando sus genitales, o Gabriela Mistral, oliendo manzanas podridas, en caso de apegarse a la verdad. Por las páginas de su volumen desfilan Simenon alternando la escritura con las aventuras eróticas y Joyce tocando el piano y cantando antes de entregarse a la creación, entre muchos otros talentos artísticos muy maltratados.

La moraleja del asunto podría aconsejarnos cerrar puertas y ventanas al momento de trabajar, pero sobre todo no dejar en el olvido que lo importante no es cómo se obtienen las ideas, sino el resultado de los procesos creativos, así transcurran en un inodoro.

 

*Profesor-investigador de la UAM-Iztapalapa