En busca de la novela perfecta con voz propia

Obra escrita con la perspectiva que mejor le ajusta al también columnista de MILENIO: “el tuteo salvaje con el elenco que desfila por la historia” que está contando.
“Los grandes autores lo son, precisamente, porque son inimitables”.
“Los grandes autores lo son, precisamente, porque son inimitables”. (Gattoni Leemage)

México

En la búsqueda de “la novela perfecta” y el empeño de conservar siempre una voz propia, Jordi Soler (La Portuguesa, 1963) presenta su nueva obra, Ese príncipe que fui (Alfaguara 2015), escrita con la perspectiva que mejor le ajusta, “el tuteo salvaje con el elenco que desfila por la historia” que está contando.

Otrora locutor y miembro del Servicio Exterior Mexicano, Soler comparte en esta charla con MILENIO, diario en el que publica de forma cotidiana, el misterio con que se articulan las novelas, la trama de la nueva entrega (décima en su hoja curricular), la soledad del oficio mal pagado y su antídoto contra la vanidad: “Ser un provinciano de Veracruz”.

Admirador de Onetti, Nabokov y Joyce (es caballero de la irlandesa Orden del Finnegans), autor de dos volúmenes de poesía, el escritor admite que es tuitero porque el medio le divierte mucho, “es un breve espacio de libertad donde las reflexiones sesudas conviven con el chacoteo”.

Jordi, llegas al medio siglo de edad y a tu décima novela, “Ese príncipe que fui”. ¿Estos números cerrados, si nos atenemos al sistema decimal, qué te dicen?

Más que decirme algo, me producen vértigo; es verdad que, así como lo planteas, tienen mucha contundencia pero, en realidad, en el caso del 10, no es más que el resultado de muchos años de empecinamiento, de estar escribiendo, contra viento y marea, con la ilusión de llegar a la novela perfecta. La verdad es que no se cómo llega uno a escribir 10 novelas, pero lo que me parece un milagro es escribir la primera, invertir esa cantidad enorme de tiempo, y de concentración, que requiere la escritura de una novela, sin la más mínima garantía, sin saber si eres capaz de hacerlo, ni si la historia que estás contando va a ser mínimamente potable. Para serte franco, la forma en que se escriben y articulan las novelas me sigue pareciendo un misterio, cada una tiene su propia lógica, su propio juego de contrapesos y resortes que se va imponiendo mientras la escribes. Del otro número, el 50, tengo que decirte que acabo de rebasarlo hace unas semanas, cuando cumplí 51, y que es un número que ha llegado solo, sin necesidad de ningún mérito, no es más que pura y dura resistencia.   

Vuelve en esta novela una sociedad, una filiación, una ideología, presente en otras de tus obras: el franquismo. ¿Cuáles son las motivaciones del tema?

Bueno, el franquismo echó a la familia de mi madre de su país y, de manera involuntaria, me concedió el privilegio de nacer en México. Supongo que al ser un parteaguas en mi genealogía tiende a aparecer en mis novelas; aunque en Ese príncipe que fui, debo matizar, el franquismo aparece exclusivamente como comparsa de las chapuzas de Federico de Grau Moctezuma, el último descendiente español del emperador que, durante la década de los años sesenta, se encumbró socialmente como el noble mexicano de la aristocracia española; mientras los Rolling Stones tocaban “Ruby Tuesday” por toda la Europa civilizada, el príncipe Grau Moctezuma aparecía en los bares de Barcelona y de Madrid como un David Bowie de gafas oscuras y una capa de plumas de aves exóticas, como la que usaba su ancestro Moctezuma II.

Cuentas en “Los rojos de ultramar” un episodio con estudiantes españoles que ignoraban que miles de sus paisanos habían tenido que irse después de la Guerra Civil a una tierra que tuvo en su pasado el imperio azteca. ¿Eso generó de algún modo este nuevo cruce literario de civilizaciones?

Fue en la Universidad Complutense de Madrid, después de una charla que di a estudiantes de un master de periodismo; a la hora de las preguntas un joven quiso saber por qué me llamaba Jordi Soler, un nombre catalán, y hablaba con acento mexicano. Le expliqué que venía de una familia que había perdido la guerra y se había tenido que ir de España, y mientras lo explicaba me di cuenta de que la mayoría ignoraba esa historia que, por cierto, compartieron medio millón de españoles. Aquello me produjo un enorme desconcierto, me ofendió que España ignorara olímpicamente a toda esa gente que había tenido que irse al exilio, gente a la que perder la guerra le había destruido la vida. Y en efecto, ahí descubrí un territorio literario que me acompaña desde entonces y que vendría a ser, digamos, la mirada atlántica, esa que está entre México y España, y que en esta novela he llevado más allá, hasta el imperio de Moctezuma, hasta el momento mismo del encuentro entre los dos imperios. Lo de “encuentro” es, desde luego, un decir.

Como narrador te conviertes en esta novela en el cronista, entre otros, del cronista. ¿Hay de alguna manera alguna influencia para el uso de esta fórmula? Y a propósito, ¿fuiste alguna vez “ghost writer”?

No, qué va, con tantos libros y artículos de periódico que he escrito me ha dado tiempo de ser, si acaso, el fantasma de mí mismo. El narrador de mi novela, que es, por momentos, el cronista de un cronista prehispánico, responde a la voz que necesitaba para contar esta novela: un narrador que está tan dentro de la historia que acaba siendo un personaje. La mayoría de mis novelas están escritas desde esa perspectiva, es donde mejor me encuentro, en el tuteo salvaje con el elenco que desfila por la historia que estoy contando.

Muchos te conocieron primero como locutor, como conductor radiofónico en una célebre estación ya desaparecida, Rock 101, pero la literatura te dio una dimensión internacional, con traducciones a varias lenguas. ¿Cómo fue ese tránsito?

En realidad no hubo ningún tránsito, yo ya escribía novelas cuando se me atravesó la radio, y en los 10 años en que estuve sentado frente a un micrófono nunca dejé de escribir, cada día, la página que me tocaba. La radio fue una aventura feliz, pero siempre tuve claro que la prioridad era la literatura. Sobre la dimensión internacional de mis novelas he de decir que se trata de una abstracción, son libros que se leen y se comentan en países donde no vivo, y algunos de ellos están en lenguas que ni siquiera puedo leer, como el alemán o el árabe.  

Y llega la fama internacional como miembro de una élite, que es la literaria, la de escritor. ¿Qué haces con ella hoy en día? ¿Crees haber perdido en algún momento el piso, ya sea veracruzano o catalán?

Para nada, la literatura es un oficio solitario, muy arduo y muy mal pagado, en el que se fracasa continuamente; trabajas dos años, muchas horas al día, en una novela y, cuando se publica, viene un crítico a decir sandeces; perder el piso en estas condiciones sería una idiotez; lo que pasa es que tus lectores solo te ven en tus momentos glamorosos, no tienen, naturalmente, acceso a la cocina del escritor, que es muy ardua y muy cabrona. Además, recuerda que fui un niño de pueblo, soy un provinciano de Veracruz y eso ha sido siempre, para mí, un antídoto contra la vanidad.

Dice Vargas Llosa, Jordi, que la creación comienza con la imitación. Botero sostiene, en el terreno de la pintura, que salvo Giotto, ningún artista plástico puede decirse ciento por ciento original. ¿Cuáles son tus influencias principales? ¿Intentaste o intentas ahora imitar a algún autor?

No podría, los grandes autores lo son, precisamente, porque son inimitables; más que de imitar, o de mis influencias, que sería incapaz de detectar, hablaría de escritores que me han deslumbrado a lo largo de mi vida de lector, como Onetti, o Balzac, o Nabokov o James Joyce y un largo etcétera. Tienes razón, no hay obra cien por ciento original, pero yo me he empeñado siempre en tener mi propia voz.

Por algunos pasajes de novela parece que llevabas una buena relación con tu hermano Álvaro Enrigue cuando niños. ¿Cómo es ahora, que él también es una celebridad literaria, con su Premio Herralde?

El hermano que sale en algunas de mis novelas es Juan Enrigue, Álvaro es mi hermano pequeño y siempre he tenido mucha conversación con él, compartimos una historia familiar y tenemos el mismo código genético, dos activos palpitantes que nos dan mucho de qué hablar y que son mucho más importantes que nuestras novelas.

Me has contado en otra ocasión, bebiendo unas chelas en la casa del “Indio” Fernández en Coyoacán, que eras muy feliz escribiendo literatura cuando recibiste aquella llamada del entonces canciller Jorge G. Castañeda, a quien no conocías, para invitarte al Servicio Exterior Mexicano. ¿Qué sacas de aquella experiencia, además de múltiples y divertidas anécdotas que has contado en corto algunas y compartido a tus lectores de MILENIO otras? ¿Lo volverías a hacer?

Sí, lo volvería a hacer. Toma en cuenta que a mi familia la rescató la diplomacia mexicana, el embajador que envío Lázaro Cárdenas a rescatar republicanos de los campos de concentración franceses. Cuando fui diplomático en Dublín sentí que cerraba un círculo, que pagaba una deuda. El Servicio Exterior Mexicano es una institución ejemplar, una de las más importantes, y combativas, del mundo; me volvería a enrolar encantado en sus filas. Y volviendo al principio de tu pregunta, también volvería encantado a beber cerveza en la casa del Indio Fernández.

En la era de la globalización, ya encarrerados en el siglo XXI, ¿hay una literatura mexicana por la temática o hay una literatura mexicana por la nacionalidad de sus autores o existen ambas? ¿Qué efecto tiene en tu obra, por otro lado, ser un escritor en la era de las redes sociales, tú que eres tuitero?

Soy tuitero porque el medio me divierte mucho, te informa de manera puntual y fugaz y participas escribiendo con la misma fugacidad, es un breve espacio de libertad donde las reflexiones sesudas conviven con el chacoteo. Sobre la literatura mexicana más bien tengo la impresión de que hoy la literatura en español se divide entre la que se hace en España y la que se hace en Latinoamérica; en España, en general, se escriben novelas realistas, poco dadas a la invención y a la exuberancia que tienen las novelas de este lado; yo después de leer un par de novelas de mis colegas españoles, necesito una dosis de ese bendito desparpajo con el que escriben mis paisanos.