En busca del escritor perdido

Federico Campbell fue un hombre que cultivó múltiples intereses y pasiones, en ello apostó la vida.

Ciudad de México

Federico Campbell fue un hombre que cultivó múltiples intereses y pasiones, en ello apostó la vida. Los viajes, la frontera, la mafia, la figura del padre y la ciencia, fueron temas que poblaron su quehacer literario. Entre estos hubo uno en el que coincidimos, su pasión por la literatura italiana, en específico por uno de sus autores. Y sobre este, tuvimos una interesante conversación que relataré enseguida.

Llegué a su casa una soleada mañana de octubre. Era el año 2009. Esperé en la calle unos diez minutos, cuando lo vi venir caminando desde la esquina. “Me he visto obligado a salir unas horas para des­pegarme de Internet, es tal mi obsesión que no hago sino navegar el día entero. Necesito una terapia para salir de esto”. Después de prepararnos un café exprés, nos acomodamos en la sala. Federico siempre gustó de una buena conversación y así, efusivo, comenzó a platicarme sobre sus andanzas en busca del escritor perdido. Me refiero al italiano Leonardo Sciascia, de quien tuvo noticias a través del crítico de cine, Tomás Pérez Turrent, quien había visto Cadáveres ilustres, una película de Francesco Rossi. “Está basada en la novela de un escritor siciliano, le dijo Turrent, creo que se apellida Sciascia, pero no sé qué novela es.” Al día siguiente, Fe­derico fue a la librería italiana, localizó cuatro o cinco novelas del autor y no las dejó hasta descubrir cuál era la que se ajustaba a la trama de aquella película.

Ese fue el principio de una larga historia. Tras escribir cientos de notas sobre libros de Sciascia, lo acechó la idea de ir a Sicilia, hacerle una larga entrevista, viajar con él por Sicilia y escribir un libro. Los dos escritores se encontraron en Palermo, en una galería de pintores. Sciascia, un señor de unos 65 años, se presentó de traje y corbata. Era un hombre tímido, un profesor de primaria jubila­do. Para Campbell fue sorprendente que alguien tan discreto, tan lento y silencioso, tuviera una pluma tan brava. “Era famoso por sus polémicas, tenía una pluma de acero, un estilete en la polémi­ca, pero en persona era encantador, tierno, muy ético.” Sciascia nació en un pueblo del sur de Sicilia, Racalmuto. Toda su vida está ligada a acontecimientos históricos. Nace en 1921, un año antes de la famosa marcha sobre Roma que organiza Mussolini. “Llegó a vestir la capa y la boina negras de los niños ballilla que eran como las vanguardias mussolinianas, estos que retrata Fellini en Amarcord. Pero él detestaba el fascismo desde entonces.” Sciascia crece en esta ciudad impregnada de mafia, de ahí su interés por el crimen organizado que volcó en la novela policiaca. “Pero él no hace novela policiaca en términos clásicos, sino una novela de ambiente judicial, de investigación, en la que el culpable no necesariamente recibe castigo, como sucede en la realidad, sobre todo en la mexicana, donde el crimen no se castiga. Entre sus temas fundamentales están el poder y la justicia. Sciascia recoge hechos olvidados para preservar, dice él, la memoria de situaciones en las que prevaleció la injusticia.”

Todo parte de la definición de Sciascia sobre la mafia: una aso­ciación de malhechores con fines de enriquecimiento ilícito y que actúa como una intermediación parasitaria entre la producción y el consumo, entre el trabajo y la propiedad, entre el ciudadano y el Estado. Y sirve, sobre todo, como una entidad gestora. “Es algo parecido a un sistema político como el del PRI, dice Campbell, un sistema clientelar que reparte favores y consigue gubernaturas, presidencias municipales, etc. Es decir, la corrupción se distribuye. La idea de Sciascia es que la mafia es, más que nada, un comporta­miento, una mentalidad, una manera de ejercer el poder. Cuando le pregunté: ‘¿Qué entiende usted por la sicilianización del mundo?’

Me dijo: ‘Una expansión de la cultura criminal siciliana. Primero, hacia toda la península italiana, después hacia Nueva York y Chicago, y hoy en todo el mundo.’ Ahora yo digo que estamos en la era de la criminalidad porque las organizaciones crimi­nales nunca habían sido tan poderosas, al grado de que actualmente muchos grupos criminales mafiosos son más fuertes que algunos países. Para Sciascia, la sicilianización del mundo tiene que ver con la desaparición del estado, al menos en los términos en que lo definían los enciclopedistas franceses. Lo que ahora existe son organizaciones criminales porque se gobierna, no en función del interés público o del bien común, sino en favor de intereses particulares y de grupo. De nuevo, es como el caso mexicano, donde se gobierna en función de ciertos grupos, ya sean los medios de comunicación o ciertos personajes y grupos de gran poder financiero.”

Leonardo Sciascia fue un escritor siempre aten­to al acontecer de la historia, a las palpitaciones políticas de la sociedad. “Cada escritor es un mundo, es una sintaxis personal. Sciascia fue un hombre de ideas, más que de invención literaria. Supo armar una novela que no es propiamente policiaca en el sentido tradicional, sino una pa­rodia de novela policiaca, así como el Quijote es una parodia de la novela de caballería. Él solía citar a William Faulkner cuando decía que la no­vela policiaca era una conjunción de la tragedia griega y la novela norteamericana. Sciascia decía: ‘Después de morir, me gustaría que se dijera que hice una novela policiaca que era una mezcla de Luigi Pirandello y la novela policiaca tradicional’. Porque finalmente, lo que está en el fondo de su literatura es el tema de la identidad.”

Cuando Sciascia publica sus dos novelas sobre la mafia, El día de la lechuza y A cada quien lo suyo, se comenzó a decir que era un “mafiólogo”. Aquello no le gustaba. Él decía: “Soy un escritor italiano que conoce muy bien la realidad de Sicilia y piensa que este rincón de Italia podría ser una metáfora del mundo moderno.” Para alejarse de esa etiqueta, comienza a escribir novelas basadas en hechos reales olvidados. Entre éstas destaca La desaparición de Majorana, basada en un hecho real: la desaparición del científico italiano, Ettore Majorana, en 1938. A finales de los años 30 los mejores físicos del mundo eran italianos, proce­dían del Instituto de Física de Roma. Es el caso de Enrico Fermi, Premio Nobel 1939, que escapa a los Estados Unidos por la persecución de judíos durante el fascismo. Fermi terminaría haciendo la bomba atómica junto con Oppenheimer en El Álamo, Nuevo México. Fermi, el maestro de Ma­jorana, decía que en la historia de la ciencia había ejemplos notables, pero muy pocos como Newton, Galileo o Einstein, y que Majorana pertenecía a esa categoría, la de los genios. “Majorana desaparece cuando solo tenía 33 años, en una época en la que había una especie de trata de científicos —cuenta Campbell— y se temía que la Unión Soviética o los Estados Unidos los secuestraran para sus investigaciones sobre la bomba atómica. En un principio se creyó que se lo habían llevado los nazis, los soviéticos o los norteamericanos. Se sabe que había estado en Nápoles trabajando en una escuela secundaria de la que huyó atemorizado por lo que había descubierto: la fisión nuclear, es decir, la separación del átomo. Él no da a conocer este descubrimiento, pero hay pruebas de que fue él quien le entregó el estudio a Heisenberg, el físico alemán que da a conocer la fórmula de la bomba atómica. Majorana no quiere seguir investigando, se da cuenta de que la ciencia significa también la destrucción de la humanidad.”

El detonador del libro de Sciascia, fue el encuentro casual con un cura quien contó que en su convento había vivido un gran científico. Era un convento cartujo donde los monjes guardan voto de silencio. Sciascia visita este convento, recorre los jardines y el cementerio. “Resulta que los cementerios de un convento cartujo tienen cierta disposición: junto al padre más viejo se coloca al muerto más joven y así se organizan las tumbas. Entonces, por un muerto enterrado en los años 50, Sciascia deduce que la tumba de al lado es la de Majorana. En fin, es un misterio. Después de muchos años, alguien le dijo a Sciascia que Majorana vivía en Argentina. Y a mí, alguien me dijo que todos los sábados, Majorana iba al cine club del CUT, aquí en México. Un sábado fui a buscarlo.”

Muchos le preguntaron a Federico cuál fue su motivación, por qué andar buscando a un escritor en Sicilia. En realidad tenía una razón muy íntima. De muy joven estuvo en Sicilia, en un pueblo llamado Crocifisso (crucifijo). “Ahí había mafia, dice, los niños ya guardaban la ley del silencio, la omertà. No podías denunciar nada porque te morías. En aquel verano del 62, viajó a Messina, Taormina y Siracusa, acompañado de una amiga. “Tengo recuerdos muy sentimentales de esa época. En el fondo sí tenía una motivación para ir a Sicilia en busca del escritor perdido. Entonces voy a Sicilia a conocer a este hombre con el cual me había identificado literariamente. Y es que a lo largo de mi vida, he pasado por varios enamoramientos literarios: Jean–Paul Sartre, Francis Scott Fitz­gerald, Cesare Pavese y después di el sciasciazo. Me enamoré de la literatura de Leonardo Sciascia porque era el tipo de libro que yo quería escribir respecto a México.”

“Cuando lo vi por última vez en un hospital, en Milán, me regaló sus obras completas. Su esposa comentó que el tercer tomo saldría hasta el próximo año. Sciascia dijo, casi llorando: ‘Sí, pero será pós­tumo’. Ya estaba condenado a muerte, como todos, aunque no tenemos fecha. Supo que la muerte, tras el sufrimiento de la enfermedad, se tornaba en es­peranza, en algo deseado. Murió el 20 de noviembre de 1989, el mismo año en que se publicó mi libro La memoria de Sciascia. Su lápida reza: ‘Nos acordare­mos de este planeta’. Esa es la historia.”

A Federico Campbell le llegó su fecha. Sin embargo, este planeta y sus amigos lo recordaremos siempre.