El búfalo de Rosa Luxemburgo

El balance de la vida es un déficit, su pecado original que la obliga a vivir de muerte y a crear sufrimiento.
Rosa Luxemburgo.
Rosa Luxemburgo. (Especial)

Ciudad de México

El dolor del animal que es asesinado, escribió Schopenhauer, es más grande que el placer de quien lo come. El balance de la vida es un déficit, su pecado original que la obliga a vivir de muerte y a crear sufrimiento. Es un pasivo que se puede reducir, pero no eliminar, como lo presuponen los ecologistas y los activistas en defensa de los animales, también porque nuestros recónditos primos, de los que nos hemos proclamado amos y señores, no son solamente el perro o el gato de la casa, las bestias que podemos observar y acariciar, sino también todas aquellas especies que pasan desapercibidas y que no pueden despertar afecto en nosotros. Si el mundo ha sido un matadero de millones de seres humanos, la cifra crece todavía más si hablamos de animales; es un edificio que ha sido amasado con sangre. Las religiones reclaman una redención que no solamente tiene que ver con el hombre sino con la creación entera: “Todo lo creado —dice San Pablo— condenado a no tener sentido, sufre y grita como una mujer que está pariendo”. El judaísmo expresa una conmovedora deferencia hacia el dolor animal: en El esclavo de Isaac Bashevis Singer, Jacob, al mirar las vacas que están destinadas al matadero, piensa que también para ellas debería haber salvación y recita el Kaddish, la oración fúnebre, para la pequeña mariposa blanca que solo vivió un día y sin pecado.

Si acaso existe un pecado mortal, éste es la cruel e imbécil añadidura de sufrimientos gratuitos a aquellos que son inevitables. Incluso en lo que respecta a los animales, como el de esa ternera de ojos “grandes y llorosos” que, en un pasaje memorable de La Storia de Elsa Morante, tiene un “oscuro presagio” de su suerte.

La carta que Rosa Luxemburgo —pocos meses antes de ser asesinada a causa de su filiación comunista, en 1919, con las culatas de los fusiles de los cuerpos francos parafascistas— le escribe desde la cárcel a la esposa de Karl Liebknecht (líder comunista espartaquista que posteriormente moriría asesinado con ella) es un documento de altísimo valor moral. Karl Kraus, el irónico vengador de la humanidad ultrajada, al publicar la carta en su revista Die Fackel, publicación con la que él solo luchaba contra la guerra y el horror del mundo, escribió que ésta debería ser incluida en los libros escolares. Kraus no era ni comunista ni socialista, era un conservador, un espíritu aristocrático, satírico y religioso que defendía a las víctimas de toda violencia; y tampoco compartía el pensamiento marxista–libertario de Rosa Luxemburgo, una de las más grandes figuras del movimiento internacional, pero sabía que las clases dominantes no eran menos feroces que los tribunales revolucionarios y que los patrones estaban listos para cualquier abyección con tal de seguir siendo los amos. Aborrecía la violencia revolucionaria, pero sabía que a menudo aquellos que, justamente, se escandalizaban de ella, callaron acerca de las damas de la alta sociedad que se deleitaban presenciando los fusilamientos, aun de niños, de la Comuna de París. “Que el Diablo se lleve la praxis del comunismo”, escribía, pero que “Dios lo conserve como constante amenaza sobre las cabezas” de esos que para salvar sus dominios, mandan, sin pestañear, a multitudes a la guerra, a la masacre y a la muerte.

Aprisionada y encaminada a su fin, pero intacta en su alegría de vivir —precisamente porque está lista para perder su vida y, de esta manera, salvándola, según el proverbio del Evangelio—, Rosa está tan abierta al mundo como para sufrir e indignarse ante el sufrimiento de un búfalo que ve en el patio, golpeado sin razón hasta sangrar, sumiso y estupefacto por esa crueldad que no logra entender. Los ojos del animal moribundo, escribió Rossana Rossanda, poseen un estupor inadmisible. Ajena a todo sentimentalismo de sociedad protectora de animales, Rosa Luxemburgo aferra en el mudo dolor de la bestia ese llanto de otro mal y de toda vida que Umberto Saba (en un poema famoso, “La capra”) aprehende en el balido de la cabra atada. Ese búfalo está más cercano a Dios que la grosera y aristócrata terrateniente húngara que insulta a Rosa Luxemburgo y que Kraus se lamenta de no poder coger a latigazos al igual que a ese búfalo, así como los mugidos de los bueyes que son llevados al matadero son más humanos que los de los bestiales fanáticos de los estadios, que no merecerían un destino mejor. El papel de dueño de lo creado que el hombre se asigna, escribe Marco Rispoli, es “falaz”; querer ser patrones es querer ser siervos y entregarse a la fusta, como ese animal que en un aforismo de Kafka se azota él mismo “para volverse patrón”. Escribía Giacomo Noventa, gran poeta católico y clásico anticonformista: “Mi me credevo —Un ómo libero/ E sento nascer— In mi el parón”.

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*Tomado de Il Corriere della Sera

Traducción: María Teresa Meneses