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Martes , 21.08.2018 / 19:44 Hoy

Buenas y malas tentaciones británicas

Reportaje


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Los neologismos de origen burocrático–mediático como brexit no suelen tener una larga vida salvo cuando se vuelven históricamente trascendentes. Acuñado en 2012 cuando la crisis griega degeneró entre otras cosas en un posible grexit, la salida de la Gran Bretaña de la Unión Europea se veía entonces lejana aunque no improbable. Cuatro años después la realidad es otra y surgió el brexit, término que a George Orwell, por ejemplo, no hubiera sorprendido del todo.

Pese a su cercanía con el continente, a su presencia histórica como imperio y, en el último siglo, a su papel de potencia mundial —es la quinta economía del planeta—, parte de Gran Bretaña ha mantenido una cierta distancia respecto a sus vecinos europeos. Orwell lo advirtió hace cien años: “La insularidad de los ingleses, su empeño a no tomar en serio a los extranjeros, es una locura que debe pagarse duramente cada cierto tiempo. Y sin embargo juega su rol en la mística inglesa; los intelectuales que han tratado de quebrantarla han hecho más mal que bien. En el fondo, es la misma cualidad en el carácter inglés la que repele al turista y mantiene a raya al invasor”. Este sentimiento no parece haber cambiado mucho desde los tiempos en los que Orwell vivió como mendigo en París y Londres. La diferenciación respecto al continente ha sido, al fin y al cabo, un atributo del carácter inglés. Eso, y una pasión ferviente por la patria.

Además de convicción política, fue una certeza cultural la que inclinó la balanza a favor del Leave en el referéndum del 23 de junio. Si bien fue una votación cerrada, las nociones percibidas por Orwell tuvieron incidencia. La comunidad intelectual era partidaria, en su mayoría, de la permanencia en Europa; las posibilidades de una sociedad multicultural eran percibidas como amplias en comparación a las que puede ofrecer una sociedad aislada. Muchos intelectuales, dentro y fuera del Reino Unido, señalaron de inmediato el sentido de lo erróneo de abandonar Europa. Anish Kapoor fue de los más incisivos en sus declaraciones. “Estoy aterrado. Todos lo estamos. Después de la guerra, existía la idea de que podríamos tener un proyecto cosmopolita en Europa, y la Gran Bretaña fue un líder en este diálogo. Ahora acabamos de dar un paso hacia atrás, hacia la xenofobia, hacia la extrema derecha que da una voz a esta ideología en toda Europa y que significa que nuestro proyecto de unidad, de vivir juntos, puede terminar. Gran Bretaña parece haber caído en el abismo”. Retomando el aspecto identitario al que se refería Orwell, el artista de origen indio agregó: “Creo que el otro resultado de esta discusión y de esta pérdida de tiempo desde hace tres o cuatro meses en Gran Bretaña es que se trata de una discusión que ha dividido a nuestra sociedad entre los que quizá fueron a la universidad y tienen una cultura y una visión cosmopolita, y los que en general se ven a sí mismos como la base de lo que es la nacionalidad y la identidad británica. Pero es una falsa discriminación. Gran Bretaña es un país profundamente liberal, y de pronto henos aquí, atrapados en la estrechez de espíritu, el miedo y la división entre nosotros”.

Sin duda, Gran Bretaña —pero sobre todo Inglaterra— es un ejemplo de una sociedad multicultural que ha sabido enriquecer su cultura con las aportaciones de los inmigrantes que desde hace décadas han llegado para establecerse. Alguien que sabe perfectamente de ello es el escritor Hanif Kureishi, nacido en suelo inglés pero de padres pakistaníes. Su preocupación es principalmente de carácter político: “Se trató de una campaña muy sucia. Sobre todo me sorprendió el lenguaje utilizado, particularmente los discursos racistas y casi fascistas en relación a los inmigrantes y la inmigración. Es esencial recordar que la riqueza de la Gran Bretaña depende casi por completo del trabajo de los inmigrantes que vinieron luego de la Segunda Guerra Mundial. Mi padre vino de la India para trabajar aquí, soy hijo de inmigrantes y me sorprende la falta de gratitud de ciertas personas hacia todo lo que hemos hecho por este país. No estoy de acuerdo con las políticas económicas europeas, hay que decirlo, sobre todo con la manera en la que Alemania trató a Grecia. Por toda Europa, en Polonia, en Hungría, en Francia con Marine Le Pen, se está desarrollando una derecha dura. Por ello creo que es fundamental que un país progresista e informado como la Gran Bretaña permanezca en Europa”.

En la obra de Julia Kristeva, el papel de la cultura ocupa un sitio preponderante. No es de extrañar que su postura sea más sociológica que política. Afincada en París desde hace cincuenta años, su pensamiento ahonda en la identidad, en su valor para cada ser humano. “El punto central es repensar la identidad europea. Creo que la primera cosa que revela este referéndum es la necesidad de no denigrar las identidades nacionales. Me parece que en Francia, a partir de nuestra versión del universalismo, consideramos muy pronto que la identidad nacional es un arcaísmo peligroso. Creo que la identidad nacional es un antidepresivo que hay que tomar muy en serio, no llevarlo al extremo pues, como todos los antidepresivos, puede volvernos maniacos y llevarnos a la guerra y al integrismo religioso, pero es una dimensión necesaria de la identidad personal y de las identidades colectivas. […] Esta dimensión de la cultura europea es en extremo importante: problematizar las identidades. Cosa que aún no logramos hacer porque nosotros, los intelectuales y los políticos y los que tienen que ver con la identidad y la política europea, hemos olvidado la dimensión cultural”.

Alguien que conoce bien la dimensión cultural de la Gran Bretaña es el fotógrafo Martin Parr. Durante décadas ha fotografiado a las clases desfavorecidas de su país y montado exposiciones y escrito libros memorables al respecto como Think of England o The Last Resort, en los que el foco de atención es esa clase media–baja orgullosa de saberse inglesa. Convencido del europeísmo, Parr realizó un trabajo fotográfico alrededor del referéndum para ilustrar e interrogar a las clases sociales escépticas respecto a Europa: ganaderos, agricultores, granjeros, gente sencilla de provincia. Según Parr, “la mayoría de los productores rurales estaba globalmente a favor del Remain, si bien no era demasiado entusiasta”. En el resultado adverso, Parr observó “un asunto de clase: las ciudades ricas como Londres o Bristol votaron por la permanencia en tanto que las comunidades rurales y la clase obrera eligieron lo contrario”. Saberse ingleses y parte de un imperio añejo les bastó a muchos de ellos para olvidarse de Europa.

El brexit tendrá repercusiones que quizá hoy en día aún no pueden vislumbrarse con claridad. Lo económico y lo político polarizan la atención, pero no son los únicos sectores afectados. La cultura es un rubro que padecerá por la sencilla razón de que la Gran Bretaña y Europa serán dos entidades políticas diferentes a partir de 2018. El proyecto de una Europa unida convalidó la posibilidad de un cosmopolitismo en el que era posible que un artista escocés, por ejemplo, tuviera su domicilio en Glasgow, un puesto de enseñanza en París, galerías en Viena y Madrid, y exhibiciones en museos de Berlín o Bruselas. En cuestiones prácticas, este modus operandi es menos complicado burocráticamente hablando si está dentro de la Unión que fuera. Sin duda, las fronteras geopolíticas son un obstáculo para artistas y público. El teatro es un claro ejemplo al respecto. En los últimos 20 años, experimentó una bonanza en Londres y en Glasgow, pero no debido a que fuera un fenómeno estrictamente local sino por el hecho de que el público europeo se hizo cada vez más presente en la Gran Bretaña. En general, con la Unión Europea existía un tráfico bidireccional: artistas británicos apoyados por público del continente y viceversa. Con la decisión tomada el 23 de junio, esta sinergia desaparecerá.

El resultado del referéndum parece representar un punto de inflexión en la historia universal. El economista y escritor Jacques Attali vislumbra un panorama sombrío: “Siempre pensé que los británicos rechazarían el brexit. La salida de la Unión Europea será un suicidio para la Gran Bretaña. En la historia existen casos de naciones que se han suicidado, pero no creo que sea la tentación de los británicos. De cualquier modo, este resultado dejará huellas profundas. Una idea se está arraigando: Europa no es irreversible”.

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