[Cuento] Mientras brille una estrella

Fernanda Melchor (México, 1983), su más reciente libro es Falsa liebre.
Mientras brille una estrella
(Especial)

Ciudad de México

Lo pensó toda la noche y no pegó el ojo. Lo pensó toda la mañana y toda la tarde pero no se atrevió a decirles nada. Solo hasta que anunciaron la segunda llamada se decidió. Vestida ya con la túnica blanca, junto a los escalones del escenario, se volvió y les dijo que había cambiado de opinión, que ya no quería salir en la pastorela. Y tal y como lo había imaginado, a sus padres no les importó.

No, no vas a quedar mal con el padre Tulio, dijo él.

Y además ya gastamos en el traje, dijo ella.

Linda suspiró. No quería llorar ahí, enfrente de los pastores, del padre Tulio, de Lalo Landa disfrazado de San José, así que se resignó y comenzó a trepar los escalones del escenario. Todas las ángeles estaban ya en sus puestos, solo faltaba ella. Aún no se acostumbraba a las muletas y debía detenerse cada metro para recuperar el aliento, para acomodarse las almohadillas. Cuando al fin logró llegar a su sitio, el Arcángel San Miguel se volvió hacia ella, le echó una mirada a su pierna enyesada y gritó con afectada alegría:

¡Rómpanse una pierna, chicas!

Las ángeles olvidaron su dignidad celestial y patalearon de risa.

Tercera llamada, comenzamos, tronó el altavoz. El auditorio estalló en aplausos. El telón se levantó y la pista musical arrancó entre silbidos. Linda no podía dejar de mirar a San Miguel. La odiaba. Odiaba sus caireles castaños, sus dientes perfectos, sus pestañas espesas. Equivócate, le ordenó en silencio, tensando todas las fibras de su cuerpo. Equivócate, olvida tus líneas, corre a llorar tras bambalinas, como en los ensayos, cuando el padre te regañaba por bruta. Linda se sabía los parlamentos de toda la pastorela, podía salvarla, llevarse los aplausos, la admiración de Lalo Landa, su sonrisa casi divina. Con todo y muletas eres mejor que ella, diría él, y la tomaría de la mano y la llevaría al rincón aquel detrás del escenario, el que las chicas decían era perfecto para darse besos a escondidas, y entonces él la abrazaría y…

¡Mirad, es la Estrella de Belén!, chilló San Miguel.

Linda respingó: era su turno. Volvió la cara hacia el público, esa mancha luminosa, y farfulló: ¡Corramos a anunciar a los pastores la Buena Nueva del Señor!

Una lluvia de aplausos clausuró el primer acto. Los ángeles salieron en tropel, dejando a Linda a mitad del tablado. El padre Tulio había olvidado bajar el telón. Linda no podía ver los rostros de los espectadores pero sí alcanzó a escuchar sus risas nerviosas. Debía verse muy ridícula, pensó, tratando de huir del escenario con aquellas estúpidas muletas y la aureola tapándole los ojos.

Cuando alcanzó las bambalinas, se enteró que el padre Tulio había eliminado sus líneas, que solo volvería al escenario al final del último acto, para cantar el villancico en torno al Santo Pesebre. Linda hizo su mejor esfuerzo para llegar rápido al escenario, pero solo alcanzó sitio en la orilla, al lado del Burro, que nunca usaba desodorante, y desde ahí se dedicó a lanzarle miradas furibundas a San Miguel, que había logrado colarse hasta el centro y aprovechaba el tumulto para restregarse contra Lalo Landa.


Mientras haya en la tierra un niño feliz
Mientras haya una hoguera para compartir
Mientras haya unas manos que trabajen en paz
Mientras brille una estrella, habrá Navidad


¿Por qué dejaste que te quitaran tus parlamentos, Linda?, reclamó ella, ya en el auto.

Y vuelve la mula al trigo, rezongó él.

Son chingaderas. El padre Tulio me va a escuchar. El próximo domingo…

¿No ves que nada más quería ahorrarle la vergüenza?

Chingaderas.

¡Bueno, ya, carajo! ¡Me tienes harto!

El silencio duró pocos segundos, hasta que ella se volvió hacia Linda y le dijo:

¿Ya ves lo que provocas?

Linda no contestó. Hundida en el asiento, miraba la noche a través de la ventana, ese cielo que cada año se tornaba más anaranjado, y en donde cada vez era más difícil hallar el fulgor de una estrella.