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Miércoles , 18.07.2018 / 16:17 Hoy

Brian Nissen: “Un artista debe cultivar la ambigüedad”

El artista conversa sobre el universo prehispánico, la década de 1960 que vivió con intensidad en México y los atributos lúdicos de la imaginación; a propósito de la publicación de 'Caleidoscopio'

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Guadalupe Alonso

Brian Nissen nació en Londres en 1939, justo antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial. “No fue culpa mía”, dice con el humor que lo caracteriza, “pero nací tres meses antes. En el cuarenta, cuando la invasión de Alemania era inminente en Inglaterra, sacaron a todos los niños del sur del país y los alojaron con familias del norte. Mi padre y mi abuelo alquilaron una casa en el norte de Gales, y los primeros años de los que tengo conciencia fueron ahí. Después de la guerra volvimos a Londres pero, como es costumbre en Inglaterra, los niños van a internados y a mí me tocó en el norte de Escocia. Me fui a los siete años. Era un lugar hermoso y hacía un frío tremendo. Ahí me volví tropical”.

Esta y otras historias están contenidas en su más reciente libro, Caleidoscopio (Lumen, México, 2017), memorias o flashbacks —como él los llama— en los que recrea lugares, gente y reflexiones en torno al arte. Nissen es un artista visual reconocido por su pintura y escultura, un artista original que recurre a diversas disciplinas. La música, la danza, la ciencia o el cine, van de la mano con su proyecto creativo, lo mismo que la escritura. “No me considero escritor, soy un escritor ocasional al que le gusta hacerlo, pero más que nada soy lector. Muy pronto leí a Dickens y desde chico lloraba con David Copperfield”. Se acercó, además, a Jane Austen, Julio Verne y Walter Scott, entre otros, además de a textos sobre biología e historia natural. “Los animales, los bichos, las formas siempre han influido en mi dibujo y escultura”.

Brian Nissen se ha lanzado a escribir. No en su lengua materna, sino en la que aprendió en las cantinas mexicanas. “Como mucha gente, pensé que no tenía capacidad para hablar otro idioma, y para mi sorpresa aprendí más pronto jugando dominó. Es la mejor escuela. El vocabulario es mínimo, hay que saber contar y aprender una docena de palabras y frases que se usan en el juego, como ‘mula de seises’ o ‘¿por qué te doblaste, pendejo?’. Esto me dio confianza para soltarme y así fue aumentando mi vocabulario. Uso modismos, albures y dicharachos en español; en eso no tengo problema. Sé que en inglés el libro podría estar mejor escrito, más matizado, pero mi intención no es ser literato”.

La vida de Nissen ha sido un periplo: de Londres a París, a Venecia, a Nueva York y a México. Fue aquí donde se formó como artista: tenía 24 años. “Lo que me marcó fue mi encuentro con el mundo prehispánico. Recién llegado a la Ciudad de México, salí de mi hotel en la calle Bolívar, en el Centro, caminé hacia Reforma y vi venir una manifestación, pero era de júbilo, no de protesta. La multitud seguía a un enorme vehículo de doble remolque que transportaba a un gran monolito: el dios Tláloc. ¡Imagínate la impresión! Me metí entre ellos y los acompañé hasta el Museo de Antropología, que apenas estaba por terminarse. Este fue mi primer encuentro con el arte prehispánico. Después estudié mucho para tratar de entender qué había detrás. Fue el encuentro con un mundo ritual, un mundo mágico. Luego descubrí la escultura de la Coatlicue, uno de los más imponentes monumentos del mundo, y fue una gran lección. La piedra está perfectamente tallada con sus ideogramas y sus formas, pero lo curioso es que está tallada con el mismo detalle debajo de los pies, lo cual me sorprendió. Pensé: ‘Nadie los va a ver, ¿para qué lo hacen?’. Y me di cuenta de que ahí reside el sentido de una pieza mágico–ritual, que no importa si la gente lo ve o no lo ve. Entendí el sentido del arte como un objeto dotado de poderes más allá de sus virtudes estéticas. Esta idea de crear un objeto poderoso que comunica y opera sobre otros me lo enseñó el arte prehispánico”.

La estancia en México fue mágica y productiva en varios sentidos. Fue aquí donde conoció a las hermanas Pecanins, a Ana y Tere, las gemelas, y a Montse, quien pronto se convertiría en su compañera de vida. Las tres hermanas habían montado una galería, un centro que congregaba a toda clase de artistas. La ciudad de aquella época, con sus cinco millones de habitantes, facilitaba las reuniones con gente del medio cultural, donde Nissen embonó de inmediato. Así la recuerda: “El transporte era muy fácil, y la gente y los amigos se visitaban mucho. La vida de la farándula estaba en la Zona Rosa, la Roma, la Condesa, San Ángel y Coyoacán. El entorno en el que nos movíamos no era solo de pintores; había bailarines, músicos, cineastas y hacíamos cosas juntos. Era muy provechoso para un artista nutrirse de otras miradas y otras disciplinas, algo que en Europa o en Estados Unidos es más difícil. Lo que se aprende en cada disciplina son asuntos de estructura, del proceso de creación. Te das cuenta de que en la música o la danza es lo mismo. El lenguaje es distinto, pero el viaje es similar. El proceso de escribir es muy similar al de hacer una pintura, cómo la concibes, cómo la estructuras, cómo cambia sobre la marcha. Ha sido muy enriquecedor ese cruce de un medio a otro”.


Continuamos con los flashbacks que se reflejan en los espejos del caleidoscopio de Nissen. “Dos acontecimientos ocurridos en 1968 hicieron de este año un parteaguas para México: los Juegos Olímpicos y la matanza de Tlatelolco”, escribe en el libro. “Los juegos fueron muy bien organizados”, recuerda, “pero nublados por la masacre de Tlatelolco, la intimidación a los estudiantes y una reacción absurda del gobierno. México inventó la olimpiada cultural, eso fue muy importante. Curiosamente, me metí como diseñador de producción de una película que había financiado el gobierno sobre la paz. Era un proyecto del antropólogo Santiago Genovés, que había inventado no sé cuántas locuras con el gran mérito de que las realizaba. Trabajé más de un año en esto y aprendí mucho de cine. Entre mis grandes recuerdos se encuentra el haber colaborado con Gabriel Figueroa; trabajé diariamente con él durante ese tiempo. Finalmente, se terminó la película. La idea era estrenarla la noche anterior a la apertura de los Juegos, en el Estadio Olímpico, que fue tomado por el ejército, y se canceló la proyección. La película quedó enlatada”.

En otro momento de finales de los años sesenta, Nissen escribe: “Para coincidir con los Juegos Olímpicos, el Instituto Nacional de Bellas Artes propuso organizar una muestra magistral titulada Exposición solar. Muchos de los artistas invitados decidieron boicotearla como protesta por la violencia y la represión perpetradas por el gobierno. Acordaron hacer una exposición paralela, un Salón Independiente”. “Lo viví. Además, estaba muy involucrado porque hacía todos los catálogos, los carteles, toda la parte gráfica. En ese momento los artistas vieron la importancia que tenía armar un grupo, pero no estábamos conscientes, como hoy, del movimiento de la Ruptura —más bien de Apertura, apunta Nissen—, del salón como un acontecimiento histórico. Estábamos muy enojados por las decisiones que se tomaban desde las instituciones de la cultura oficial, por el maltrato del mal gobierno. Ese fue el motivo por el cual no quisimos colaborar con ellos. Hicimos el Salón Independiente por nuestra cuenta, con nuestros propios recursos y con mucho espíritu. Fue una aventura muy enriquecedora”.

El libro de Nissen, prologado por Juan Villoro, recoge, en capítulos cortos, las vivencias de un artista cuyo temperamento lo ha obligado a moverse entre distintas culturas. Londres, Nueva York, Barcelona y México conforman el mapa de una vida en la que se privilegia el trabajo, las lecturas, la familia y la celebración de la amistad. “Para empezar, todos en la familia Pecanins son creadores: la Betsy, que cantaba; la Beba, que pintaba; la Yani, también artista; la Marisa, que hace cine. Tanto es así que cuando nació nuestro nieto dijimos: ‘A ver si en esta familia sale un banquero o un abogado porque nos urge alguien que tenga los pies en la tierra’. Pues no, resulta que hoy es un gran pianista. Somos una familia de creadores”.

Historias como El negro Bañolas, un pequeño cuerpo disecado de un nativo de Botsuana exhibido en el museo de ese pueblo cercano a Barcelona; la vida en el excéntrico barrio neoyorkino de Saint Mark’s Place, donde en el sótano del número 77 León Trotsky trabajó en el consejo editorial del periódico ruso Novy Mir; escenas de Rufino y Olga Tamayo en Nueva York, donde se ganaban la vida él dando clases de pintura, y ella de piano; los azarosos encuentros con el escultor Henry Moore y con la princesa Margarita de Inglaterra, además de otras aventuras al lado de Nicanor Parra, Luis Buñuel, Octavio Paz o Salvador Dalí, integran un compendio de anécdotas y escenas de vida reveladoras y cargadas de humor. “Uno de los problemas mientras escribía fue ponerme en el lugar del lector que no me conoce a mí ni a la gente de la que hablo. Eso me obligó a seleccionar incidentes que resultaran interesantes por sí mismos, o que fueran divertidos. Tuve una gran amistad con Carlos Fuentes, por ejemplo, pero no encontré un momento específico que pudiera cautivar al lector. En ese sentido, fue difícil barajar la memoria. Ahora bien, todo es tal como lo recuerdo, ningún relato está adornado”.

La segunda parte del libro, titulada “Mirar y ver”, aborda el territorio del arte, el entorno natural del autor. Aquí discurre sobre la ambigüedad que acompaña a todo acto de creación; la importancia de la observación, los vericuetos del erotismo en el arte. “El artista no solo debe convivir cómodamente con la ambigüedad; también debe cultivarla. Es el atributo especial de la percepción que permite el enlace inesperado de elementos dispares, lo cual puede generar ideas, efectos y prácticas nuevas y originales”. “Hacer el arte es meterte en el mundo de la ambigüedad”, afirma Nissen, “las cosas son y no son. Eso, por otro lado, me permitió entrar fácilmente en el espíritu de los mexicanos porque conviven con la ambigüedad en el día con día. ‘Ahorita vengo’, y nunca vuelven; ‘nos vemos mañana’, y pueden pasar meses. Así es la vida aquí: ambigua”.

Sobre la importancia de observar en el arte, Nissen se vale de las figuras de Sherlock Holmes y Harry Houdini. El primero, un detective acucioso; el segundo, un gran mago que controlaba el ojo de su público. “Nos pasamos la vida viendo sin pensar en lo que hay detrás de las cosas. Cada objeto tiene una historia qué contar, como la gente, y el artista debe aprender a ser un gran observador. Sherlock Holmes es un ejemplo maravilloso, alguien que sabe ver el más mínimo detalle y deducir la historia que está detrás. Houdini, por otro lado, tuvo la facultad de hacer que la gente viera una cosa sin darse cuenta de lo que estaba viendo. Esa es otra parte interesantísima de la observación: saber dirigir la mirada hacia aquí o allá. El arte está muy relacionado con la mirada”.

En “Ars amatoria: el ojo erótico”, un ensayo escrito en 2014 para el catálogo de la exposición con la que se conmemoró el centenario de Octavio Paz, Brian Nissen reflexiona sobre el arte como un juego: “Hacer arte es jugar. Uno aprende a mover las piezas, el color, las líneas, y todo esto lo pone en juego. El erotismo tiene que ver con la imaginación, la imaginación sensual que se alimenta del juego y el humor. A lo largo de los años he realizado mucha obra tomando en cuenta estos elementos. Creo que un buen cuadro contiene una dosis de erotismo, aunque no sea explícito”. Sin embargo, escribe Nissen en su texto, “a partir de los medios de comunicación contemporáneos, la pornografía en línea y los videojuegos, el sexo se ha vuelto un producto de consumo universal, y nuestra cultura está tan saturada de imágenes sexuales que el verdadero hechizo de lo erótico se ha ido apagando”.

Al girar el tubo del Caleidoscopio que Brian Nissen ha construido, el ojo de quien observa habrá captado infinidad de colores, texturas, formas diversas. En el centro de este juego de cristales, alguien nos mira. “El gran premio es poder llevar una vida creativa”, concluye el que está del otro lado.

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