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Martes , 16.10.2018 / 20:03 Hoy

Bóveda de oro

Una versión a la medida de nuestros tiempos de El mercader de Venecia confronta de nuevo al amor y al deseo de venganza


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Mauricio Davison es Shylock, un hombre que carga la edad en la espalda, el rostro, la mirada, la voz, en todo su ser hastiado de recibir insultos, lastre que le ayuda a ser paciente ante la oportunidad de venganza. David Hevia es Antonio, un rico, aunque apesadumbrado comerciante, que arriesga a partir de su amistad amorosa, sus posesiones y una libra de su cuerpo cristiano como garantía de préstamo. A través de estos actores, ambos personajes laten, respiran como pocas veces sucede sin necesidad de luengas barbas, maquillaje, ni postizos. Mauricio Davison es el mejor Shylock que he visto y David Hevia el mejor Antonio de Venecia.

David Olguín traduce, adapta y dirige El mercader de Venecia con economía de personajes, diálogos y metáforas, que traslada a un universo sintético, contenido en equipo por Gabriel Pascal, diseñador de escenografía e iluminación, en un espacio que juega con el frío acabado metálico de una gran bóveda bancaria y una caja fuerte al piso, como elemento ancla de pasiones y viajes.

El semicírculo de la bóveda, que a ratos da la impresión de contenerlo todo, abre paso a Belmonte, el lugar de la naturaleza. La segunda parte de esta historia, que habla de cofres y enamorados, sucede ahí, sobre la arena, bajo un trozo de cielo azul.

Olguín y Pascal abren y cierran sobre la escena el círculo veneciano que va del odio entre judíos y cristianos a la venganza y la posesión del oro y en el siguiente plano al amor, que salva obstáculos, y fortalece la inteligencia de Porcia para paliar el rencor de siglos que pretende ejercer el judío al pedir justicia.

Como dramaturgo, Olguín conserva en su texto la tensión, complejidad y riqueza de las dos historias enlazadas en esta obra escrita probablemente entre 1595 y 1598. Su versión se libera de largas sentencias y aclaraciones para plantear ágilmente lo que acontece a los involucrados en una tragedia disfrazada de comedia.

Como director, Olguín ha debido conformar un elenco que requiere actrices y actores jóvenes, que si bien construyen buenos momentos, también necesitan realizar de manera individual un trabajo que evite tropezar con faltas de dicción, de significado, de verdad sobre el escenario, de “vividuras”, como decía Héctor Mendoza.

David Olguín supera las dificultades que impone nuestra realidad teatral al presentar una puesta en escena amena y atractiva que concentra la obra de Shakespeare sin restarle virtudes dramatúrgicas y aporta un interés renovado y una visión actual de la involución del ser humano.

Esmirna Barrios, Fernando Álvarez Rebeil, Simona Chirinos, Marisol Castillo, Emmanuel Varela y David Juan Olguín Almela, junto con Davison y Hevia, conforman el reparto de esta propuesta. Los personajes vestidos por Estela Fagoaga usan traje sastre, vestido casual, teléfono celular y algún peluquín, lo que evidencia aun más lo que nos parecemos.

El montaje nos enfrenta con nuestra incapacidad frente a un rencor de siglos, motor de nuestras acciones, mientras muestra que la confianza, la amistad, el amor, el dinero y el ingenio femenino pueden quizá desvanecer problemas sin solución a primera vista.

El mercader de Venecia, que nos habla desde hace más de 400 años de las diferencias religiosas y el odio que termina con el género humano, abre también la puerta hacia la esperanza amorosa y la amistad que por fortuna aún existen.

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