Más borrachos que el mezcal

A veces todos los nombres abren puertas olvidadas, regreso por un momento a la persona que fui. Blues, punk, rock and roll, gasolina, litros de alcohol, ¿por qué debería temerte destino?, no eres ...
Más borrachos que el mezcal
Más borrachos que el mezcal (Arturo Fonseca)

Ciudad de México

Desde Calzada Guadalupe hasta Eduardo Molina cruza una de las calles más interesantes de la ciudad: Platino. El Hotel Panorama, con sus letreros originales, alza orgulloso sus angulados bordes, en la esquina de esa calle sobrevive, la competencia hi-tech es dura. Existió un tiempo en el que me gustaba entrar a los hoteles para fotografiar alfombras. Mi primer acercamiento con la fotografía fue demoledor, cimbró, me recordó la voz de B.B. King. La primera cámara que perdí con material grandioso sumió en una terrible depresión cualquier esfuerzo en mi vida, más de dos años me tomó aliviar la desesperación. Tuve dos maestros que jamás me enseñaron de forma técnica a tomar una fotografía, me mostraron cómo nace, Fernando Aceves y Baron Wolman; para Fernando la fotografía podía relatar historias, hablar a través de detalles poco convencionales, me animó a seguir explorando, estudiar bien la luz, aperrarme en las laterales para encontrar detalles asombrosos, coincidí con él en mi visión de la música: se trata de escuchar más negros que blancos hasta que uno muere. Baron me habló de su amistad con Janis Joplin, del Hotel Chelsea, cuando le pedí que me contara sobre Cash, no entendí nada, el ruido de la ciudad arruinó ese momento, también me habló de la extrañeza de Iggy metiéndose el micrófono en la boca mientras cantaba con The Stooges en 1969, hizo una secuencia hermosa de él en un festival en Michigan. Baron me envió por correo cinco fotos inéditas de Iggy, también una de Burroughs, “be strong, be happy”, jamás me dijo que nací para ser fotógrafa o escritora o artista, de esa forma suelen dañar algunas personas a otras, las personas que algún día podrían hacer algo con su vida difícilmente piensan que han nacido para hacer algo con su arte, piensan que no han nacido para nada, se vuelve costumbre robarle flores a la muerte, arrancarle un trago aterciopelado a la vida, nacieron para tumbarse en la oscuridad de sus diminutas habitaciones enloqueciendo de hambre mientras todos brindan en luminosas mesas.

Los años de correspondencia frecuente con Baron, esos días al sol transcurrían, a veces me pregunto si volverán, si me traerán aquella alegría despreocupada y nostálgica. Cuando Humberto Levet se fue a Chiapas, nos quedamos desesperadamente solos en Tlatelolco. La orfandad tocó una mañana de cruda, le abrimos, se instaló negándose a ir, destapó una caguama, nos quitó los pocos pesos que contábamos como oro. Tomó uno de los sillones imaginarios, se acomodó, cada noche al volver de Garibaldi nos esperaba, cruzada de piernas nos mostraba su torcida sonrisa, nos escupía recordándonos la ausencia de ese hombre que un día estrelló su puño contra un poste de luz tras beber litros de vino barato, las personas son sus cicatrices, cuídate de los que no tienen ninguna, huye de las muñequitas de porcelana. Pocos amigos como Víctor Lombard, el escritor más radical que he conocido, la persona más violenta cuando alguien le provoca, el tipo más inocente (sin culpa) y borracho que conozco, su amor por los perros genuino, nunca lo ha usado para ensuciarlo con poemas cursis. Los dos, sobreviviendo en la biblioteca del barrio, agua simple para aguantar el día de escritura, rodando por los supermercados, comiendo gratis en las dichosas pruebas o en algún puesto callejero. Ninguno considerábamos que nacimos para escribir, alguna vez nos confesamos algo: no hacer nada era lo más hermoso que alguien podría lograr. “Se murió, no era nadie”, tantas veces nos reímos en las piqueras diciendo esas palabras, como un conjuro, como una magia escabrosa sobre nosotros, llegamos a convertirlas en nuestro himno nocturno, “canto esta canción-borracho, borracho, canto esta canción para que todos me olviden”, hasta el hartazgo, los vecinos nos callaban. Los nombres no hay que mencionarlos si no deseas abrir puertas, eso me lo enseñó Élmer Mendoza, jamás lo olvidé. A veces todos los nombres abren puertas olvidadas, regreso por un momento a la persona que fui. Blues, punk, rock and roll, gasolina, litros de alcohol, ¿por qué debería temerte destino?, no eres más que un bad beat, un bank roll en ceros.

Baron no se consideraba un artista, tocó mi corazón con aquellas palabras sinceras, jamás le olvidé, cada vez que tomo una cámara trato de ver, igual que él, fue su consejo aquel turbulento año: 2003, recorrimos el Centro, también las orillas de la colonia Doctores (nuestro punto de encuentro), por Reforma cruzamos hasta Tepito, observamos las orillas olvidadas de Garibaldi, nos perdimos entre el griterío, caminamos hasta la Coliseo, ubicada en Perú 77, ahí nos quitaron una botella de tequila que llevábamos, terminamos en una conocida churrería del Eje Central con Aceves que nos encontró más tarde en Avenida Juárez. ¿Qué tiene que ver con la calle de Platino?, absolutamente todo, esa caminata me condujo aquella noche al hotel en el que terminé una novela que sería rechazada por una editorial grande, lo mejor que pudo sucederme. Estaba segura que alguno de los cientos de hoteles de la ciudad tendría ese toque del pasillo de The Shining. ¿Quieres sentirte dentro de una película vieja?, hospédate en el Panorama, abre la puerta en la madrugada, recuerda la escena de las gemelas, al niño en su carrito, pensarás que no deberías estar ahí, estás, ya estás ahí. He vuelto a esa calle después de muchos años, evitándola, algunos recuerdos se atraviesan, se confunden. Veo al Canica con su bicicleta rondando el puente peatonal armado hasta los dientes, con tan solo 13 años. Un peleador de perros detestable que un día amaneció muerto en la esquina del frontón. El taxista dice que es un barrio peligroso; pasan de las dos de la mañana. Ignacio tiene hambre, Jaime Martínez quiere una última cerveza, ¿quién soy yo para negarle algo?, sus escritos tienen una belleza extraña, palabras cortas como dardos, su risa invita a no morirse jamás. Congreso de la Unión está desierta, atravesamos por el túnel porque el autobús nocturno jamás pasó. Es muy común que los lectores sin hábitos imiten fórmulas viejas, la lectura es un placer que se convierte en hábito, pensamos que el adulto lector alcanzará a alguien que desde niño frecuentó libros, en ese adulto su afición por los chicharrones mientras juega videojuegos, saltará en cualquier momento, principalmente en la borrachera, mamarrachos insufribles citando a otros.

No puedo evitar escuchar que hablen siempre de los mismos escritores, sus clásicos se reducen a un par de escuelas griegas, el clásico romántico: Goethe, un alcohólico tormentoso como Lowry, un filósofo raro del este de Europa, un estadunidense underground, acaso un ruso como Fiódor, del que tantos hablan sin leerlo siquiera. No es lo peor, existen cosas peores, por ejemplo: sentirse más alemán que Goethe cuando no pueden pronunciar Nietzsche. Alguna vez corrigieron mi pronunciación cuando mencioné al Übermensch, “lo pronuncias a la francesa”, lo primero que me conmueve es que alguien que apenas masca 30 por ciento de español alardee con pronunciaciones “correctas” en francés o alemán, salvo que fuera su lengua materna, le respetaría un poco; no dije nada, cuando alguien se cree más borracho que el mezcal, no hay mucho por escuchar. Me alejo de los podridos sin estilo. Pienso en Víctor Ramos, institución nocturna, generador de dicha en la cantina La Esperanza, ha muerto, apenas hace un par de semanas estuve ahí, lleno de vida, enérgico, inolvidable, memorioso, ¿cuántos años me quedan?, abrir gavetas me lleva a la infancia marcada por los rusos, un inglés, un suicida alemán, no fue Werther, ahora me parece un idiota, cuando lo leí en la infancia me parecía grandioso morir de amor, nadie se muere de amor, ni la niña de Guatemala. Kleist me acompañó una tarde a tirar mi pistola en un lago artificial, desde entonces no concibo la vida a medias, ni la amistad, mucho menos el amor, si alguien quiere pelear conmigo o ser mi enemigo deberá comprar un revólver, duelo. ¿Te sientes Fausto?, cae, deslízate, muérete, contempla con gozo tu infernal caída, los tipos duros no gimotean, tu Gretchen es una vulgar mujer sumisa. Más borrachos que el mezcal, las botellas se los beben. Mi Hotel Chelsea espera en Platino. El suicido es liberación, no cadena, personas que se hacen cargo de su muerte, sin culpables. En alguna sucia y hermosa calle Baron Wolman dice: “No te hundas en el pasado, todo ocurre ahora”.

* Escritora. Autora de la novela "Señorita Vodka" (Tusquets)