Otra vez los bárbaros

Reseña.AdriánCuriel RiveraC
Otra vez los bárbaros.
Otra vez los bárbaros. (Especial)

Ciudad de México

Muertos hace poco Carlos Fuentes (1928–2012) y Gabriel García Márquez (1927–2014); después de que Julio Cortázar (1914–1984) haya sido homenajeado en innúmeras ocasiones; luego de que el colombiano y Mario Vargas Llosa hayan obtenido el Premio Nobel de Literatura en 1982 y 2010; tras la genial y provocadora Historia personal del boom (1972) de José Donoso (1924–1996) y de los profusos ensayos que Gerald Martin y J. J. Armas Marcelo dedican a sus autores predilectos, Gabo y Vargas Llosa, a lo que se suman la dilatada autobiografía del peruano y una montaña de bibliografía especializada acerca del fenómeno literario narrativo en español más importante del siglo XX, ¿queda aún algo por descubrir acerca del boom latinoamericano? Sin ir muy lejos, Jordi Gracia y Joaquín Marco publicaron en 2004 La llegada de los bárbaros, un interesante volumen colectivo, surgido en el seno de los círculos académicos barceloneses, que pretende zanjar de una vez el debate de la conflictiva recepción del boom en España para proponer en cambio una lectura desde la “normalidad”. Sin embargo, se antoja improbable una comprensión desapasionada de una historia que es todo menos normal, y que implica alianzas y deslealtades, política y negocios, ambición, genio y arte literario, por lo cual estudios recientes se resisten a esa domesticación interpretativa. Cito una obra de mi autoría, Novela española y boom hispanoamericano (2006), que analiza el auge del boom latinoamericano en las décadas de 1960 y 1970 de la pasada centuria bajo una perspectiva comparada con el progresivo declive de la novela socialrealista española, defenestrada por los mismos gurúes que la habían preconizado en la década de 1950, el crítico José María Castellet, el editor Carlos Barral y el escritor Juan Goytisolo —flamante Premio Cervantes—, en perjuicio de los autores de casa. En 2014, desde el ámbito del periodismo cultural, no de la academia, ha salido un nuevo y magnífico ensayo sobre el tema: Aquellos años del boom. García Márquez, Vargas Llosa y el grupo de amigos que lo cambiaron todo, del catalán Xavi Ayén (Premio Gaziel de Biografías y Memorias 2013, RBA, Barcelona, 2014).

Para explicar un universo que congrega tantos aspectos fascinantes, contradictorios y hasta excluyentes, Ayén debe partir de premisas similares a las que sirvieron de cimiento analítico a algunos de los más precoces y preclaros comentaristas del boom, como Ángel Rama y Luis Harrs. El boom puede interpretarse de muchas maneras: como una crematística caprichosa que recompensó a un puñado de autores privilegiados y relegó a la sombra a otros escritores con talento (el reduccionismo que se le ha atribuido como rasgo negativo); como un hito histórico en la modernidad literaria, como una maquinación comercial para explotar a un público muy amplio pero no especialmente crítico, en fin, como una genuina asonada estética al indagar sus autores en las potencialidades literarias del lenguaje y merced también a su obsesión por escribir la novela totalizadora. Lo cierto es que a raíz de la concesión del Premio Biblioteca Breve a Mario Vargas Llosa por La ciudad y los perros en 1962 (la obra se publicaría un año más tarde) y, sobre todo, de la aparición de Cien años de soledad de García Márquez en 1967, editada por la argentina —una de las paradojas del boom— Sudamericana, la industria editorial en español experimentó una metamorfosis sin precedentes al trasladarse los polos del mercado librero desde Buenos Aires y la Ciudad de México a Barcelona, curiosamente en el contexto hostil del franquismo tardío.

En la Ciudad Condal, las obras de los americanos, originales o ya publicadas, recibían algún premio o el espaldarazo crítico y, contra toda lógica, como a través de un filtro, tornaban a Latinoamérica pero ya no como una pluralidad inconexa de títulos sino como un solo producto cargado de alto capital simbólico. Mucho de esto, a falta de mercados fuertes y de una crítica independiente, si bien en condiciones de globalización corporativa distintas, continúa ocurriendo en América Latina. Pero en las décadas de 1960 y 1970 significó la internacionalización de la “nueva novela o narrativa latinoamericana”, que al poco comenzó a ser traducida en Francia, Italia, Alemania y Estados Unidos. Operó entonces lo que Ángel Rama definió como un allanamiento sincrónico de la historia de la literatura, un escalonamiento invertido por el cual Borges, Rulfo u Onetti llegaron al gran público internacional a remolque de Vargas Llosa, Fuentes, Cortázar y García Márquez.

Es verdad que por esos años ediciones mexicanas de Juan Rulfo, Agustín Yáñez o Alfonso Reyes estaban disponibles durmiendo el sueño de los justos en polvorientos estantes de librerías madrileñas, como también lo es que las primeras ediciones de Rayuela (1963)y Cambio de piel (1967), obras clave del boom, se editaron fuera de España. En el primer caso, en Sudamericana, porque así lo quiso Cortázar. La novela de Fuentes, en cambio, a pesar de haber recibido el Premio Biblioteca Breve, hubo de aparecer en Joaquín Mortiz debido a la censura franquista, que no se suavizaría sino hasta la promulgación de la Ley Fraga Iribarne en 1966.

Tampoco se puede desdeñar el papel de semillero preboom, recalcado con agudeza por Ayén, que cumplieron ciudades como París y la Ciudad de México. Pero antes de la intervención editorial de Carlos Barral, y de las feroces contrataciones de Carmen Balcells y sus agresivas estrategias promocionales, la literatura latinoamericana se conocía en general de manera aislada y dispersa. No en balde Donoso menciona a los chasquis, aquellos amigos que llevaban las novedades literarias de mano en mano a lo largo del continente. Sintomático tanto de esa situación como de la posterior arbitrariedad en la recepción masiva a que alude Rama, es que Borges, ya traducido a otros idiomas, apenas se empezara a editar en España en la década de 1970. Y una anécdota inverosímil: Jorge Onetti, el hijo de Juan Carlos, quedó finalista del Biblioteca Breve de 1969, cuando su padre era desconocido en Europa. Otros factores se conjugaron para propiciar el estallido a gran escala de la narrativa latinoamericana, como sugiere su onomatopéyico mote. El fracaso de la novela Tormenta de verano del madrileño Juan García Hortelano, último relicto del objetivismo realista que, no obstante haber ganado el Premio Formentor de Novela en 1962, no suscitó ningún entusiasmo. La publicación, ese mismo año, de Tiempo de silencio de Luis Martín–Santos, texto singularísimo que anunciaba vientos renovadores dentro de la propia novelística peninsular. La obtención de sendos premios Nobeles por latinoamericanos, Miguel Ángel Asturias en 1967, Pablo Neruda en 1971. Las descalificaciones de escritores españoles como José María Gironella o Alfonso Grosso contra sus “hermanitos latinoamericanos”, que generarían una reacción adversa de ensalzamiento entre críticos y colegas connacionales, que terminaría siendo mayoritaria. La adscripción al experimentalismo en boga por parte de veteranos como Camilo José Cela, Miguel Delibes o Gonzalo Torrente Ballester. Por último, la sorprendente identificación del gran público ibérico con una literatura foránea pero escrita en el mismo idioma, que le hablaba metafóricamente de su realidad de un modo que no conseguían los valores locales.

Por supuesto, para completar el cuadro del boom falta el retrato del componente humano, la biografía de los cuatro escritores que conformaban lo que Donoso denominó el “cogollo” del boom: Vargas Llosa, García Márquez, Cortázar y Fuentes, grupo selecto —mafia según muchos— al que el chileno se autoincorporó hábilmente. En este rubro se inscriben las aportaciones más notables del estudio de Xavi Ayén, quien con una documentación apabullante, que incluye entrevistas personales y la consulta a archivos personales de Princeton (en particular del fondo Vargas Llosa), y con una sensibilidad para la crónica socioliteraria irreprochable, arroja nueva luz sobre los elementos aglutinantes de esa federación literaria cuyos miembros compartían ciudades (Vargas Llosa, Gabo y Donoso coincidieron varios años en Barcelona, ciudad asiduamente visitada por Fuentes y Cortázar), viajes, agente literaria, intereses económicos y una ideología a favor de la causa de la Revolución cubana hasta el escándalo del caso Padilla en 1971. En una sucesión de estampas inolvidables, quedan expuestos en sus hábitos y manías de trabajo, conocemos los bares y restaurantes que frecuentaban, sus amistades y fobias, su relación con la gauche divine barcelonesa, a un tiempo cosmopolita, provinciana y esnob; hasta nos enteramos del ginecólogo al que iban las esposas de Gabo y Vargas Llosa y del psiquiatra que salvó a más de un escritor del suicidio o que curó a Alfredo Bryce Echenique de una de sus constantes depresiones.

Un tema central en la aproximación de Ayén es el poder que los escritores del boom, en tanto personajes públicos, fueron acumulando de cara a los distintos países latinoamericanos que abanderaban pero también en el resto del mundo occidental. Una hegemonía cuyo efecto más evidente era la fama, pero que se manifestaba asimismo en su participación decisiva a la hora de consagrar a un escritor —como hizo Vargas Llosa con Marsé—; en su influencia en revistas como Mundo Nuevo, en cuya dirección, en una primera etapa parisina, estuvo Emir Rodríguez Monegal, antes de que lo acusaran de agenciarse fondos de la CIA. O en el peso de sus opiniones políticas, de las cuales no siempre salían ni han salido indemnes; basta recordar las embestidas de Haydée Santamaría y Roberto Fernández Retamar, desde Casa de las Américas, contra los “lacayos del imperialismo” Carlos Fuentes y Vargas Llosa, cuando la utopía social del castrismo empezó a derivar en la actual dictadura isleña y La Habana, entonces punto imprescindible de encuentro de los intelectuales latinoamericanos, degeneraría, a decir de Fuentes, en el Kremlin de la Literatura.

El libro de Ayén, en el fondo, constituye un maravilloso panegírico a aquella época y a sus estrellas protagónicas. Dedica también algunos capítulos a figuras satelitales, como el mencionado Bryce, Sergio Pitol o Álvaro Mutis. Una de las fotografías inéditas más logradas es la que destina a Carmen Balcells, una fuerza telúrica de la naturaleza que se presenta al desnudo en su bipolaridad, como un tiburón de los negocios y como líder sindicalista de los autores explotados por los editores. No hay que olvidar que fue ella, contra la encarnizada resistencia incluso de Barral, la primera en fijar límites temporales y geográficos de pago a las contrataciones de los manuscritos. Se la conoce como Mamá Grande, La Superagente o El Aullido de las Once, hora al parecer en la que se desencadena su autoritarismo, según una de sus ex colaboradoras. Balcells no se muerde la lengua al considerar a Gabo un genio y a Vargas Llosa el primero de la clase, lo que demerita a Fuentes dentro de sus predilecciones. Por las 876 páginas del libro de Ayén discurre otro personaje impagable, Fernando Tola, un villano tan villano, contra quien Jorge Herralde se da aires de pureza y se desgarra las vestiduras, que acaba siendo el malvado simpático de la telenovela.

Ayén considera que el boom concluyó definitivamente cuando el 12 de febrero de 1976 Mario Vargas Llosa propinó un sonoro puñetazo a Gabo a la salida del Palacio de Bellas Artes, como da fe una foto que Rodrigo Moya le tomó dos días después y que el periódico La Jornada reprodujo en 2007, en la cual se evidencian los estragos del golpe en el rostro del colombiano. En mi opinión, aun reconociendo que el boom no definió una poética sino una literatura de literaturas, el asunto obedece más bien a un inevitable cambio de canon estético. Quizá sea el único reproche que se le pueda hacer a Ayén: la falta de una reflexión más profunda desde la evolución misma de la tradición literaria latinoamericana. Peccata minuta; en cualquier caso, ha conseguido un trabajo espléndido.