Maiakovski

Poeta, dramaturgo, impulsor de innumerables esfuerzos individuales y colectivos para hacer de las manifestaciones artísticas un valor social.
Juan Bonilla, "Prohibido entrar sin pantalones", Planeta, México, 2014, 382 pp.
Juan Bonilla, "Prohibido entrar sin pantalones", Planeta, México, 2014, 382 pp. (Especial)

México

José Revueltas acertó en la caracterización de nuestros años. Al tiempo que las grandes revoluciones sociales se consolidaban, el siglo XX engendró la voracidad de un poder estatal, sin importar cuño ni aspiración, que consumió las mejores esperanzas. Tanto así que terminó engulléndose a sí mismo, echándose la culpa de todo mal, condenándose, o como lo dibuja novelísticamente Claudio Magris: estrangulado por el pañuelo rojo que se puso al cuello.

Una de las biografías que mejor se ajusta a esta experiencia es la de Vladimir Maiakovski (1894-1930). Poeta, dramaturgo, impulsor de innumerables esfuerzos individuales y colectivos para hacer de las manifestaciones artísticas un valor social, lo mismo en tiempos de la dictadura zarista, la revuelta bolchevique o el nuevo régimen. Devoto representante —también— de una de las vanguardias de principios de siglo: el futurismo.

En ese Maiakovski fue que Juan Bonilla (1966) fijó su mirada para escribir Prohibido entrar sin pantalones, novela (ganadora del premio Bienal Mario Vargas Llosa 2014) que recorre la vida de quien fuera considerado como “el poeta mayor del pueblo y la revolución” para terminar siendo no otro sino “el chico malo”. El poeta que supo ajustar los quehaceres artísticos a la vida pública, igual apasionado amante y viajero.

Como Lawrence, Dos Passos, Greene, Lowry y otros, Maiakovski fue hechizado por el México posrevolucionario. El país en el que también tuvieron cabida las vanguardias; el México de las exuberancias; de ahí el título de la novela (Maiakovski recuerda en sus crónicas de viaje el cartel Se prohíbe entrar sin pantalones a la Ciudad de México).

Señalado como trotskista, Maiakovski prosiguió su vida colocándose cada vez más en el sitio de lo políticamente incorrecto, “llevaba la tristeza montada sobre los hombros como un cadáver que tiene que cargar hasta encontrar el lugar sagrado donde enterrarlo”, en tanto el Estado y su encarnación personalísima se fortalecían cada vez más.

Hasta que, “todo zanjado, la barca del amor se estancó en la rutina”, el poeta se dispara con una Browning española un certero tiro en el corazón, “el lugar del futuro”, y confirmando lo que apenas unos días antes le habían comentado: aquello que te critiquen, practícalo, foméntalo, porque eso es lo más personal tuyo e intransferible que tienes.

Una imagen cierra Prohibido entrar sin pantalones. 750 mil personas pasando por el ataúd del poeta muerto; otra más, 100 mil presentes en el sepelio; una última, la del burócrata que al ver la película de las exequias dice: creo que hemos perdido un gran actor, el de muerto es sin duda alguna su mejor papel, el más convincente.