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Miércoles , 26.09.2018 / 08:37 Hoy

Biografía oculta de una biblioteca personal

La biblioteca de una persona la revela; es una radiografía del individuo que reunió los volúmenes que la conforman.

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I

La biblioteca de una persona la revela; es una radiografía del individuo que reunió los volúmenes que la conforman. Esos libros nos dicen con exactitud quién es esa persona, cómo es su entorno, cuáles son sus sueños, intereses, aspiraciones —manifiestas y secretas—, aficiones y querellas; evidencian el rostro que se oculta detrás de la máscara. Los estantes no saben mentir: develan los secretos más íntimos de su propietario y exponen su alma, no obstante lo que éste quiera aparentar. Todo libro forma parte del retrato general.

En su papel de universidad, eterno compañero, fuente de placer, caja de diversiones, espejo, abismo, símbolo de estatus, fraude o engaño, cada libro tiene una historia. Al elegirlo, pasamos a formar parte de él. Todos valoramos al volumen que se convierte en favorito, por su autor o tema, su encuadernación, el olor del papel, sus ilustraciones, la tipografía, o porque lo adquirimos en una fecha o en un lugar especiales. Quizá nos recuerda una visita a una de esas librerías que, por casualidad o destino, se convierten en auténtico afluente que nutre el río que es una biblioteca. También están los volúmenes que adoptamos al rescatarlos de alguna tragedia o de los escombros que deja atrás un amor malogrado. No falta aquel que nos obsequió un amante o el que de alguna forma selló nuestro destino; el que nos fue entregado por abuelos, padres o hermanos; el que inaugura o pone fin a una época determinada de nuestra biografía; el que cambió nuestro rumbo, nos produjo infinita tristeza o nos llenó de alegría; el que heredamos de alguien cercano a nuestro corazón o el que perdimos y aún no terminamos de llorar. Hay libros que odiamos. El contenido de estantes y bibliotecas constituye a la vez un retrato y un autorretrato imposibles de falsear.

II

En muchos casos una biblioteca personal implica un ansia por descubrir y redescubrir, por dialogar y debatir acerca de una infinidad de temas y puntos de vista. La falta de interés en el mundo también queda plasmada en el librero. Esa suerte de “jubilación” anticipada y mortecina del ser conlleva horribles consecuencias que van desde la ignorancia hasta el aislamiento demencial: el peor tipo de vejez, la más degradante forma de decrepitud, sin importar la edad que se tenga. Se puede ser viejo de niño o permanecer joven en la ancianidad. Alguien que pierde el don del asombro está, para decirlo de una vez, muerto en vida. Los libros representan exactamente lo opuesto: una ocasión para vivir y ejercer la libertad, conocernos a nosotros mismos y al otro; saber por qué estamos dispuestos a luchar o a morir. Los libros constatan que nadie lo sabe todo, no importa si alguien opina lo contrario o uno mismo lo crea. El rey siempre está desnudo, aunque todos sus libros estén encuadernados, intactos.

III

Cada volumen que se añade al estante alberga dentro de sí la posibilidad de ser la piedra fundacional de una biblioteca propia que nos complete y nos asombre; que nos nutra y nos enseñe cuánto nos falta por aprender y compartir. Al igual que las personas a las que amamos y los objetos que por algún motivo nos son queridos, las bibliotecas necesitan amor, cuidados, alimento, dedicación. Son múltiples los enemigos que enfrenta. La ignorancia es el primero, pero también cuentan los elementos. La humedad y el agua pueden destruir un libro y dejarlo reducido a una pulpa informe y nauseabunda. El viento, el fuego, la tierra son fuerzas destructoras. Las bacterias (cytophaga, cellvibrium y cellfacicula) rompen la cadena de celulosa y acidifican el papel volviéndolo quebradizo, atractivo para hongos e insectos. Existen más de 200 especies de hongos bibliófagos que dejan manchas oscuras y contagian fácilmente a otros libros. A su vez, los hongos son alimento para insectos, como el “reloj de la muerte” (stegobium paniceum) que atraviesa el papel y deja grandes huecos. En este grupo se encuentran también el pececillo de plata y las termitas a las que erróneamente se llama “hormigas blancas”: no están emparentadas. También existe el problema de la tinta. Las que son ferrosas tienden a oxidarse, decolorar y envejecer el papel. Más estables son las que usaron los chinos y los egipcios (hechas con goma arábiga, negro de humo y cola de pescado), aunque no comenzaron a emplearse en Europa sino hasta el siglo XV.

IV

Hay bibliotecas que nacen muertas porque nadie las toca. Otras crecen poco a poco, maduran y, si se tiene buena fortuna, continúan su vida a lo largo de los siglos. Pero las que resultan más desoladoras son las que se pierden por abandono que, a mi parecer, es la más cruel forma de traición. Hace poco vi en libropatas.com fotografías estremecedoras de bibliotecas sumidas en el olvido que se encuentran en casas, hoteles, castillos, villas, la ciudad de Prpyat en Chernobyl, o la Biblioteca Mark Twain en Detroit, cerrada desde la década de 1990 debido a problemas económicos. ¿Y los libros? Permanecieron allí. Lo más trágico es que, decenas, cientos de ellos —derribados, sucios, húmedos, enmudecidos por la indiferencia o la crueldad y el cataclismo—, guardarán para siempre la belleza y la sabiduría que ya nadie conocerá.

En el mundo en que nos ha tocado vivir las imágenes resultan estremecedoras. Pertenecen a una época, la nuestra, en que no hay posibilidad de permanencia: todo es desechable, todo es para hoy y no tiene mañana. En nuestro planeta —tan interesante y convulso; tan hermoso y feroz—, lo que fue ya no es, no será. Las fronteras se diluyen, los polos se derriten, los océanos se elevan, poblaciones enteras emprenden una migración que no halla destino ni bondad. Hoy, como nunca antes, un solo individuo tiene la potencia destructiva de un ejército: el terrorismo unipersonal llegó para quedarse. Todo y todos estamos sujetos a desaparecer de la faz de la Tierra.

No dejan de sorprender las eternas contradicciones de la Historia: los grandes avances científicos y tecnológicos, la exploración del espacio, el desciframiento del genoma humano, conviven con el fundamentalismo más abyecto y retrógrada, con la destrucción de los pilares de la civilización en una virulenta campaña por erradicar todo rastro de belleza y humanismo; se alternan la aparente libertad que nos brindan los medios de comunicación y los transportes modernos con la caótica parálisis del terror que no anuncia hora ni lugar: puede ser París, Estambul, Nueva York o cualquier otro sitio. Hay objetos que debemos proteger a toda costa.

V

Siempre habrá quien llega por primera vez a un libro, a un autor. Esa vitalidad es la esperanza y la fuerza que impulsan al rescate y cuidado de una biblioteca, una cultura, una civilización. ¿Por qué leer a Cervantes o a Shakespeare si sus obras tienen 400 años? ¿Por qué importan los clásicos que escribieron en la más lejana antigüedad? ¿Por qué habría de alarmarnos una biblioteca abandonada aquí o en el fin del mundo? ¿Por qué deben existir los libros?: porque estamos reflejados allí, en esas páginas, no importa que hayan transcurrido mil años o que mañana la raza humana decida emigrar a otro planeta. Todo volumen tiene algo que aportar, por mínimo que esto sea. Los libros muertos son historias truncas, una esperanza por siempre cancelada, una posibilidad que ya nunca será: niños muertos en la infancia. Las bibliotecas abandonadas son dolorosos cementerios. Con su desaparición se extinguen una época, un fragmento de la Historia.

Lo primero que condena la barbarie son los libros. No hay nada más terrible que la imagen de una pira de volúmenes “prohibidos”. Vuelto cenizas, un libro devorado por las llamas es una esperanza sepultada. Muy distinto es el caso de los libros moribundos, solos y polvosos. Ellos, al igual que nosotros, antes de exhalar su último aliento, aguardan en lenta agonía a que los rescate una mirada, una caricia, una voz que los haga suyos y les devuelva la vida. Salvarlos es salvarnos a nosotros. Quizá con ellos podamos construir una nueva biblioteca de Alejandría o una más modesta, más personal, que guarde entre sus páginas la huella de nuestra lectura. Tal vez nos atrevamos, inclusive, a poner nuestro nombre en la guarda.

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