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Domingo , 22.07.2018 / 03:59 Hoy

Bellow: simple material humano

Ensayo.

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Roberto Pliego

Joseph, el indiscreto protagonista de Hombre en suspenso, lleva un diario con la intención de exponer sus dificultades mientras espera incorporarse a las filas del ejército. Vive una época de rudeza, no tanto porque Estados Unidos ha declarado la guerra a las potencias del Eje sino porque soplan vientos que solo favorecen a quienes heredaron "esa peculiar mezcla de esfuerzo, ascetismo y rigor". Por su disposición a la sinceridad, la sinceridad del llamado hombre de letras, Joseph parece condenado a meterse en líos y a vegetar en un desaliñado e inocente pasado. Tommy Wilhelm, otro especialista en dificultades, juega sus escasos ahorros a un improbable golpe de suerte en la bolsa de valores luego de fracasar en Hollywood, en el matrimonio y ante su padre, un médico retirado que solo puede dispensarle compasión y vergüenza. Carpe Diem es la novela de Tommy Wilhelm y es también la del calavera que al llegar a la mediana edad se sabe víctima de las más despiadadas fuerzas humanas y del mercado. Una vez que se instala en sus setentaitantos años, Artur Sammler tiene ya pocos deseos de encontrar la fuente de los acontecimientos, los porqués y la medida del mundo, y muchos de confiar en lo que el alma buenamente quiere. No obstante, en su cerebro bullen ideas sobre el Holocausto, la impunidad de los príncipes y los nobles, el cauce sanguinario de las revoluciones. Quiere deshacerse de la carga milenaria de adelantar una respuesta a lo que significa ser un hombre entre los hombres solo para exhibir su fracaso y reconocer que todos terminamos por saber las "condiciones del contrato". Augie March emprende una carrera, a la manera decimonónica, que inicia en la niñez y parece no concluir, todavía a grandes zancadas, con una gran incógnita en el horizonte pero con la certeza de que nunca podrá quedarse quieto. Esa "verdad como de regalo" —"bienes, armonía, amor y demás"— se antoja imposible. Después de cursar los magisterios de indistintos amos, de abandonar Chicago e instalarse en la Francia de la posguerra, Augie alcanza una suerte de iluminación: la fuga a tontas y a ciegas hacia adelante no es otra cosa que el intento, a veces triunfal, a veces vano, de afirmar su propia individualidad mientras guarda consigo, dentro del pecho y la piel, a "todos los personajes de la función". Albert Corde, un decano del periodismo que imita la vida de un rico empresario, se halla de pronto en el universo carcelario de la Rumania de Ceausescu, a la espera de que su suegra termine de morir o cuando menos de que su cuerpo deje de importunarle. Lo peor de todo es que entre Bucarest y Chicago no parece haber grandes diferencias: ambas se solazan en la degradación del gusto y en mostrar el rostro despótico de los matones. Así que da lo mismo en dónde ponga los pies. Billy Rose encabezó una sofisticada operación destinada a rescatar judíos de las cárceles nazis pero ahora no tiene ningún interés en estrechar la mano o responder las cartas de esos sobrevivientes. Está seguro de que su gesto magno perteneció al mundo del espectáculo y no al de la sobrevivencia del pueblo judío. Es, en pocas palabras, una encarnación de la vacuidad del heroísmo.

¿Qué tienen en común estos personajes, además de pertenecer a la extensa progenie de Saul Bellow? Son, quizá sin plena conciencia de ello, seres sin un lugar seguro en el mundo, anormalidades que avanzan a tientas mientras todo a su alrededor se yergue sobre suelo firme. Podrán inclinarse ante Proust o Virgilio, fundar instituciones dedicadas a preservar la memoria, dar conferencias sobre la caverna de Platón o proyectar una estatua de Churchill como telón de fondo, pero no dejarán de padecer una sensación de extravío cada vez que deban ocuparse de asuntos tan populares como atender una llamada telefónica o incrementar su cuenta bancaria. Los asuntos menores pesan tanto como la Caída y el recuerdo de la muerte.

Su desarraigo proviene paradójicamente de su condición norteamericana. Augie March inicia el relato de sus andanzas exhibiéndola no solo como carta de identidad sino casi como un estado natural de la existencia. Pero Augie no encuentra consuelo en Chicago. Necesita de la vieja Europa, con su autoestima herida, para sentirse por fin a lomos de su propia voluntad. "Verán —dice el narrador de La conexión Bellarosa—, yo no era mi padre, yo era un malcriado hijo americano. Sus estoicos ancestros pagaban sus penitencias en la cama". Y por encima de su condición norteamericana, o, mejor dicho, junto a su condición norteamericana, esos personajes enarbolan su consanguinidad judía. No importa que muchos celebren sacrificios al dios del dinero; algo demasiado profundo sigue en tratos con el Éxodo, la Diáspora, el Pogromo.

Norteamérica es la pujanza y, al mismo tiempo, la seductora vulgaridad. En la tierra de las grandes oportunidades hay cabida para las grandes preguntas sobre la composición moral del hombre del siglo XX, las grandes conquistas materiales y, por supuesto, los grandes fracasos. Pero ¿es en verdad un hogar? Cada vez que uno vuelve a las novelas y relatos de Saul Bellow se deja tocar por la sospecha de que la idea misma de hogar supone una carga descomunal. Estar es sinónimo de añorar o desear otra dimensión, quién sabe cuál, a condición de que tenga siempre las puertas abiertas.

De hecho, Norteamérica ofrece el aspecto de una vasta "fantasía colectiva" en la que, sin embargo, cada quien se las arregla como puede. Sus moradores hacen algo con ella. Es un elemento vivo, activo, de temperamento poco apacible. Por eso, frente a la estirpe de personajes en busca de sí mismos, Bellow ofrece también los trazos de quienes, a la manera del señor Eihorn, uno de los ángeles caídos de Las aventuras de Augie March, declaran a los cuatro vientos su conocimiento del mundo, el de los hombres de acción y el de las consecuencias.

Unos y otros conforman a final de cuentas el más fascinante material humano. Porque, en Bellow, todos cuentan: el matemático que ensaya una fórmula para ganar al póquer, la madre simplona, el alegre muchacho, el ladronzuelo, la hija del sastre, el epicúreo moderno, la mujer bohemia, el líder sindical, el catedrático sin gloria, el padre ausente, el sabio despilfarrador, la matrona entrada en carnes, el aprendiz de la Gran Política. Todos cuentan porque, como leemos en Ravelstein, su última novela, "El más simple de los seres humanos, ya que estamos, es esotérico y absolutamente misterioso".

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