FCE: Batallas culturales

Por los 80 años del Fondo de Cultura Económica.
Fondo de Cultura Económica.
Fondo de Cultura Económica. (Cortesía)

Ciudad de México

Las batallas culturales del Fondo circulan por ocho décadas de la historia de México. En ellas está el registro de la apuesta por el libro, el impulso a la educación universitaria, la construcción de una vida pública, la defensa de la libertad de expresión, el latinoamericanismo y el laicisimo cultural. A principios de los años treinta, Daniel Cosío Villegas identifica, junto con otros intelectuales, que México requiere economistas, sablea a diestra y siniestra en pos de recursos, nadie cobra un centavo en el arranque, los libros se hacen sobre las rodillas. En tal precariedad, la decana institución cultural del siglo XX en México se asienta en las bases de dos predecesores ilustres: el Ateneo de la Juventud y la cruzada educativa de José Vasconcelos, que incluye la publicación de 17 obras de la cultura universal con un tiro de 25 mil ejemplares: los clásicos verdes, en alusión al color de sus portadas.

México olía a pólvora, el censo de 1921 documentó que la población había disminuido de 15 millones 200 mil habitantes a 14 millones 300 mil. De ese total el 62% era menor de 15 años, el 70% habitaba en zonas rurales y el 75% era analfabeto. La apuesta de Cosío Villegas era una desmesura pero el azar de la historia pone de su parte: el Fondo recibe al exilio español y la editorial alcanza proporciones inauditas. El Fondo gana la primera batalla.

Arnaldo Orfila Reynal asume la dirección en 1948, cuya primera sede en el exterior había fundado en Buenos Aires, y le otorga al Fondo proporciones latinoamericanas. La cruzada, hacia el mar abierto de los lectores, cristaliza en dos colecciones icónicas, Breviarios y Colección Popular. La impecable faena del argentino orilla a la Junta de Gobierno del sello a ratificarlo. De manera natural, la irrupción del socialismo latinoamericano y de las gestas revolucionarias en el mundo encuentra cobijo en el FCE. En 1961 el Fondo publica Escucha, yanqui, de Charles Wright Mills. El panfleto, loa a la revolución en Cuba, confronta a Estados Unidos desde la dimensión simbólica. México también es tema de reflexión para Orfila Reynal, que en 1964 lanza Los hijos de Sánchez, de Oscar Lewis, retrato de las condiciones de pobreza en la Ciudad de México. La Sociedad de Geografía y Estadística, instrumento de Gustavo Díaz Ordaz, denuncia al Fondo con el argumento idiota de que el libro denigra a México. La polémica es quizá la más importante en la historia cultural del siglo XX mexicano y es tal el repudio que el fallo de la PGR confronta al autoritarismo presidencial: “La opinión pública no ha generalizado un juicio condenatorio sobre el libro de Lewis y sería difícil, en tales condiciones, hablar de que se ha ultrajado a la moral, si hombres llenos de cualidades intelectuales y de valía social se han pronunciado en defensa del libro y contra la pretensión de que al autor y a los editores se les sancione penalmente”. Díaz Ordaz, sin más, ordena el cese de Orfila. La respuesta es inmediata: nace Siglo XXI Editores.

El Fondo perdía una batalla, la perdía México, pero luego de la penosa gestión de Salvador Azuela vuelve a sus bases. En su breve periodo, Antonio Carrillo Flores reconstruye el vínculo con la comunidad intelectual y nombra a Jaime García Terrés director de La Gaceta. Francisco Javier Alejo López y Guillermo Ramírez Hernández retoman el paso durante el echeverriato y blindan al sello con los nombramientos de Alí Chumacero como gerente de producción y de García Terrés como gerente editorial. La designación en 1978 de José Luis Martínez como nuevo titular es el retorno a los orígenes. Lo sustituye en 1982 García Terrés y el Fondo se orienta hacia la línea literaria e intelectual de Octavio Paz, por cuestiones de afinidad. En el salinato, Enrique González Pedrero es director durante un año, realiza un diagnóstico que revela las flaquezas. Lo sucede Miguel de la Madrid, quien concreta la evaluación: la desmesura en el programa de contrataciones es tal que se requerirían seis años para concluirlo, el inventario de libros en bodega alcanza los 13 millones de ejemplares, las prestigiosas filiales vegetan en crónicos números rojos. El Fondo enfrentaba una nueva batalla: la de la eficiencia.

En 2000, Vicente Fox tira al PRI y designa a Gonzalo Celorio director del FCE pero luego de un año es sustituido por Consuelo Sáizar, editora con una amplia red de contactos en la comunidad cultural y vinculada a la líder del SNTE, Elba Esther Gordillo. A pesar del desastre financiero de las filiales, Sáizar apuesta por los centros culturales, lo que implica cuantiosos gastos de inversión. Le parece también que el Fondo debe competir con el Instituto Cervantes y busca que se ocupe de la enseñanza del español, se convierta en una distribuidora internacional y paladín de la diplomacia cultural. A Sáizar, nombrada presidenta del Conaculta, la sucede Joaquín Díez–Canedo, quien concreta la transición digital de la editorial. En 2012 el PRI regresa a Los Pinos y José Carreño Carlón es nombrado el nuevo titular del FCE.

El Fondo cumple 80 años. El ideario original sigue vigente y los retos son, básicamente, de instrumentación, en el contexto del imparable cambio tecnológico. La manía de los centros culturales es un dispendio pues no contribuyen a lo esencial: la venta de los libros, más viable a través de Internet. Es verosímil, realizada esta faena, que el Fondo se consolide como distribuidora de otras editoriales, para lo cual basta una sobria red de oficinas. Si el Fondo aspira a darle a su latinoamericanismo un empujón más, debe hacerlo junto con la Secretaría de Relaciones Exteriores y el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, puntales en la difusión de la cultura de México en el exterior. Solo así se justificaría que se abriesen o consolidasen centros culturales en donde se requiera, y no solo por la pompa de la imagen. Lo confirma el centro cultural del FCE en Guatemala, el más modesto y el más relevante, pues es el recinto de tal índole más importante de ese país, con quien compartimos frontera y problemáticas como la migración.

Hay un aspecto crucial que la consulta organizada por el Fondo en esta conmemoración no registra, según se infiere de la información en medios, y que le corresponde por naturaleza y a resultas de su evolución: la discusión de los grandes problemas de México y América Latina. Cosío Villegas asentó que los latinoamericanos no nos conocemos, y seguimos sin hacerlo. El Fondo tiene, por su jerarquía intelectual y ética y por una llana cuestión de congruencia con su origen, que contribuir a la reconstrucción del diálogo público, derivación natural de la vida pública que Cosío Villegas fundó. El cómo debería ser parte de tal conversación.

Esa es la nueva batalla del Fondo; esa es su tierra firme. Ojalá la inicie.


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*Gerardo Ochoa Sandy es autor de 80 años: las batallas culturales del Fondo, e–book publicado por el naciente sello editorial Nieve de chamoy.