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Domingo , 19.08.2018 / 03:34 Hoy

Barbet Schroeder: “No me gusta el cine militante”

El venerable W. explora la maldad con rostro humano, impredecible y siniestra en su más terrible dimensión


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Ashin Wirathu es un influyente monje budista en Birmania. Desde hace varios años lidera una violenta persecución contra la minoría musulmana, cuyos resultados se traducen en cientos de muertos y decenas de miles de desplazados. En El venerable W., el realizador le da voz al líder religioso para cerrar de este modo su trilogía sobre el mal.

Con El venerable W. cierra la trilogía sobre el mal. ¿Por qué decidió concluirla de esta manera?

Todo comenzó con General Idi Amin Dada, un documental de 1974. Aquella película fue delirante, no podía creer lo que estábamos filmando. Aprendí a mirar al mal con cara humana e impredecible. Si no nos ocupamos de verlo de cerca, no podremos reconocerlo. Por eso en El abogado del terror, y ahora en El venerable W., me enfoqué en un personaje central alrededor del cual hacer un planteamiento dramático.

¿Con un documental se plantea incidir en la realidad?

El documental es un reflejo de la realidad y, por tanto, se busca incidir en ésta. Sin embargo, me gusta encontrar los elementos dramáticos del personaje; solo así consigues una dimensión humana. No me interesa hacer una película a partir del tema, prefiero trabajar sobre personajes.

En este sentido, el monje budista Ashin Wirathu supone una revelación.

En 2015, universidades como la de Yale hablaban de un posible genocidio en Birmania propiciado por monjes budistas. Al investigar al respecto descubrí a Ashin Wirathu, su principal instigador.

En la película muestra un dato sobre la percepción de la presencia de los musulmanes en el mundo, y es considerablemente mayor de lo que se calcula.

Así es. En Francia, el porcentaje de musulmanes es de siete por ciento, mientras que en el imaginario se cree que es de 33 por ciento. En Estados Unidos, su presencia es de uno por ciento, en tanto que en el imaginario colectivo se cree que es de quince por ciento. Incentivar este tipo de fantasmas infunde miedo. Mi película es, a final de cuentas, una reflexión sobre el alcance de la promoción del odio sobre ideas falsas.

En su película vemos a Wirathu exponerse a sí mismo como un personaje siniestro.

A lo largo de esta trilogía he usado la misma técnica. No me interesa juzgar, prefiero dejar que el personaje hable porque así la verdad saldrá tarde o temprano. No me gusta el cine militante porque induce una forma de pensar. Sin duda mi cine es crítico, pero creo que consigo más impacto a partir de rastrear la verdad del personaje y de los hechos.

¿De qué manera cambió su percepción de la maldad con esta trilogía?

Aprendí, como decía Dostoievski, que la maldad es parte de la humanidad. No es algo inhumano, al contrario, es muy humano.

La imagen alrededor del budismo es la de una religión mesurada; sin embargo, usted muestra que incluso en su interior hay extremismo.

Se ostenta como una religión escéptica y sin sitio para el fanatismo, pero la realidad es que en aras de la protección del budismo algunos creen que se vale cualquier cosa y que el fin justifica los medios. Hay muchos tipos de budismo, el del Dalai Lama es más fantástico; en cambio, el theravada, profesado por Wirathu, es más puro y cercano a la tradición de la palabra del Buda. Curiosamente, los países que más lo profesan son Birmania y Sri Lanka, sumamente extremistas.


gonzalezjordan@gmail.com

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