CRÓNICA | POR EUGENIA COPPEL

La banda sonora de la Línea 12

En el viaje de Mixcoac a Tláhuac, el trayecto de la famosa Línea Dorada, es posible escuchar desde un 'blues' hasta un narco-corrido.

México

En el viaje de Mixcoac a Tláhuac -el trayecto de la Línea 12 del metro- puede oírse desde un blues hasta un narco-corrido. Mientras tanto, Marcelo Ebrard se queja de que en la Cámara de Diputados nadie lo escucha. Por lo menos hasta mañana viernes, cuando el ex jefe de gobierno del DF finalmente expondrá sus argumentos ante la acusación en su contra por las fallas técnicas en la famosa Línea Dorada.

El tren, vacío y reluciente, entra a la estación de Mixcoac. Suena un piano con ritmos cubanos mientras se abren las puertas de color naranja y verde que llevan todos los vagones del sistema subterráneo. Pero en este vehículo todo es nuevo: la señalética, el piso que brilla y los asientos gris con amarillo acomodados en dos líneas paralelas. Hasta aquí no parece raro que la inversión final del proyecto haya sido de 24 mil 500 millones de pesos.

Al poco tiempo del arranque, la música ambiental se interrumpe para que una amable voz de mujer anuncie la llegada a la próxima estación: “Insurgentes sur; prepare su descenso”.

En este tren no se oye ni el barullo ni las grandes ofertas de los vendedores ambulantes, a quienes prohibieron la entrada semanas antes de la inauguración de la línea, el 30 de octubre de 2012. En aquellos días, las canciones que se escuchaban eran sólo vítores para el ex-jefe de gobierno: “Marcelo, amigo, el pueblo está contigo”.

En las pantallas sostenidas del techo se transmite una cápsula muda de divulgación científica sobre la memoria emocional. “¿Es posible bloquear los malos recuerdos?”, se lee en los subtítulos del video. Tendrían que responder los más de 430 mil usuarios que han visto sus días afectados por la suspensión de 11 estaciones de la llamada Línea del Bicentenario, desde marzo pasado.

Como Diana Castro, que en lugar de tardar una hora y veinte desde su casa -en la colonia Olivar del Conde- hasta su trabajo -en las Carnitas El Güero de Tláhuac- ahora debe calcular hasta 2 horas y media. O Graciela Pérez, a quien hacer sus compras tres veces por semana le toma 50 minutos de autobús en lugar de los 15 que tardaba en metro.

Pero en el tren que sí funcionan sigue la música, y ahora el Shazam (la aplicación que reconoce el nombre y autor de las canciones) dice que escuchamos Pablo’s Blues, de la banda holandesa Gare du Nord, seguida de Run on, del músico neoyorquino Moby.  

El que seguramente sea uno de los recorridos más amigables en la red de transporte capitalino termina abruptamente en la estación Atlalilco. Todos los viajeros bajan del tren y algunos suben hacia la calle en uno de los 51 elevadores colocados en la línea 12: la mitad de todos los elevadores que existen en la red de metro de la ciudad.

El siguiente paso para la mayoría es abordar una de las unidades del RTP (Red de Transporte de Pasajeros del DF), que continúan el trayecto del tramo averiado por la avenida Tláhuac, en la delegación del mismo nombre. Las mujeres se forman de un lado y los hombres del otro. Los autobuses -también naranja con verde, pero de tono opaco y desgastado- ofrecen un servicio gratuito con paradas en las 11 estaciones de metro que permanecen cerradas.

Pero la avenida Tláhuac no es el subterráneo. Y aunque no es hora pico, el tráfico no es poca cosa. Durante los primeros minutos, la banda sonora del recorrido la ponen los motores de los coches y los camiones que circulan por cuatro carriles.

Hasta que sube un hombre alto y flaco, con bigote y guitarra, y comienza su repertorio con No hay nadie como tú, de Calle 13: “En el mundo hay gente bruta y astuta…”, canta el músico callejero, que parece pertenecer al segundo grupo. Habla de luchas y de la policía. De igualdad y de paz. De Ayotzinapa, de la Matanza del 68, y de la gente sin conciencia que “le pega a las viejas”.

Advierte que hay que buscar el camino cristiano y reza una oración para introducir su siguiente tema: “protector universal líbrame de todo mal (...) / quítale el mal pensamiento /a todos los que de intento /me quieran asesinar”. Acto seguido, canta El asesino de Los Cadetes de Linares. Después La chispa adecuada, de los Héroes del Silencio y cierra con Lo dudo, de El príncipe de la canción: “Que total”, dice el músico-predicador, “si la vieja se quiere ir con otro, pues que se vaya”.

El autobús continúa por un paisaje saturado de todo menos de árboles. Microbuses, camiones de carga, puestos ambulantes, lonas, propaganda política, gente, moto-taxis, mercados de flores, Wal-Mart, graffitis, casas a medio terminar, tienditas de abarrotes, estéticas, vulcanizadoras, ferias de juegos mecánicos, el panteón civil San Lorenzo Tezonco.

El chofer detiene su vehículo en un puesto callejero para comprar dos kilos de mandarina. Y un comerciante sube más tarde a vender gelatinas en vaso desechable.

El paisaje urbano comienza a transformarse en campo. En el horizonte, aparecen los volcanes de Santa Catarina y la ruta termina en la nueva pero abandonada estación de Tláhuac: una construcción elevada de cemento blanco con vista a la sierra, por donde apenas circulan un puñado de personas para cruzar de un lado al otro.


En el autobús de regreso, el chofer apaga su estación de baladas románticas para dejar que otro músico callejero interprete unas melodías con guitarra y flauta andina: Pájaro chogüi y  La bikina, concretamente. Tras recolectar unos pesos se marcha y el conductor vuelve a su radio, donde suena la voz de Luis Miguel cantando “Reloj detén tu camino…

Los pasajeros, sea como sea, deben continuar con el suyo.