La balsa de la escritura

Cuánto de vida puede contener un diario personal. De vida condensada en una persona. De vidas imbricadas en los materiales que componen un ser.
Wendy Guerra, "Todos se van", Bruguera, Barcelona, 2014, 288 pp.
Wendy Guerra, "Todos se van", Bruguera, Barcelona, 2014, 288 pp. (Especial)

México

Son muchos los temas —marcadamente sensibles— que aborda la narrativa de Wendy Guerra (La Habana, 1970). Lo hace en su novela más reciente, Negra, que puede leerse como un pulsante recorrido por la negritud y la feminidad isleñas. También en Todos se van, su ópera prima ahora en nueva versión editorial, que le mereció el Premio de Novela Bruguera hace ocho años. Debe ser a partir de la libertad que la narradora se regala al momento de escribir —alternando géneros y nunca ceñida a un esquema preconcebido— que sus resultados destacan marcadamente en el aluvión de nuevos títulos con el que solemos despedir los años. Considere el lector los títulos referidos, sin olvidar Nunca fui Primera Dama y Posar desnuda en La Habana, a fin de completar una personalísima visión de la Cuba de las últimas cuatro décadas, solo posible desde la determinación de Guerra: una autora que desde su país escribe para el mundo.

Cuánto de vida puede contener un diario personal. De vida condensada en una persona. De vidas imbricadas en los materiales que componen un ser. Todos se van es sencillamente esto: el diario de una niña-adolescente que se enfrenta al mundo. Un universo nunca idílico sino el que le tocó en suerte: la misma realidad que abraza a sociedades enteras. Desde ahí —la infancia que se transforma en patria, dixit Baudelaire—, la bella Nieve descubrirá las cuestiones más mundanas, y las interiores y profundas. Los claroscuros distintivos de una edad, aunque con marcada preferencia por lo oscuro, exaltación de una autora que se confunde con el personaje, apoyada en la voz de Eliseo Diego: Sobre el infierno de la adolescencia pasaremos como sobre ascuas, pues solamente un pobre diablo querría detenerse en el infierno.

“Pertrechada” en los ambientes artísticos, Nieve (contradictorio nombre en la geografía isleña) presenciará cómo paulatinamente todos comienzan a irse. Hará suyos todos esos “últimos días de una casa” (Dulce María Loynaz) y asumirá junto a unos cuantos más —demasiado jóvenes para ser juzgados, demasiado crecidos para ser perdonados—  los “muros de agua”. El machismo amenazante, la política que agobia, las leyes trazadas desde el pánico. Aunque eso sí, siempre volcada a la balsa que le representa la escritura en los mares de la calamidad. “Estoy en La Habana (…) no hay posibilidad de llegar a ningún sitio. De este lado sigo escribiendo mi Diario, invernando en mis ideas, sin poder desplazarme, para siempre condenada a la inmovilidad”.

Escritura habitada, tocada, vivida.