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Domingo , 21.10.2018 / 02:14 Hoy

Bailar, reconstruir y levantarse

La mañana del 19 de septiembre de 1985, la Ciudad de México vivió un terremoto devastador

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Treinta y dos años después, la tarde del 19 de septiembre, volvimos a experimentar un temblor intenso.

La experiencia de 1985 hizo que la gente saliera a las calles y, como ahora, rebasara a los organismos institucionales. Quienes hacían danza aquellos años no fueron la excepción y sumaron sus esfuerzos al impulso colectivo de solidaridad.

La comunidad de la danza, además de sumar su apoyo físico en las horas inmediatas al desastre, coordinó esfuerzos para visitar los campamentos de damnificados. Agregó a las brigadas de apoyo un recurso cuya capacidad de reconstrucción muchas veces pasa de largo y puede ser fundamental: el recurso del arte.

El discurso que posee el arte constituye, en muchos sentidos, una herramienta capaz de reflejar las sensaciones de vulnerabilidad a las que nos sentimos expuestos y tender un lazo de empatía que poco a poco y, desde lo más profundo, nos reconstruye.

Es cierto que danza en la calle se venía ejecutando desde hacía tiempo, principalmente por la falta de acceso a otros espacios, por experimentar nuevos lugares para la representación y por una latente necesidad de bailar y mostrar las coreografías a públicos más diversos y amplios.

La diferencia sustancial a partir de 1985 fue la vinculación de esta inquietud dancística con las asociaciones de barrio, hecho que le imprimió una naturaleza específica y determinó radicalmente su sentido.

Dicha vinculación surgió de la colaboración que los bailarines aportaron en las movilizaciones de los primeros días posteriores al terremoto, en las acciones de primeros auxilios y rescate, proceso que continuó dando funciones en los campamentos de damnificados y que redondeó su ciclo creando múltiples obras que reflejaron y asimilaron distintas perspectivas de aquella experiencia individual y colectiva.

“En aquel entonces nos dábamos cuenta de que formábamos parte del pueblo y que había que organizarse para conocerse”, dice Cecilia Appleton a propósito de aquellos días.

Compañías como Barro Rojo encontraron en la danza su lenguaje natural para hablar “del conflicto que generó el sismo como un hecho social”.

La danza tiene nuevamente la oportunidad de vincularse con su sociedad y levantarse con ella.

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