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Lunes , 24.09.2018 / 12:45 Hoy

Bacon atormentado

Café Madrid


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Uno entra al vestíbulo del Museo Guggenheim de Bilbao y la sensación de haber encogido entra por los ojos y se apodera de la mente. Entonces, bajo enormes cortinas de cristal y planchas de titanio curvilíneas, avanzamos hacia las salas de exposición y, de pronto, es inevitable dejarse sacudir por una sucesión de cuadros existencialistas, mórbidos y retorcidos. Son el reflejo de la soledad y la ira de un pintor atormentado llamado Francis Bacon (1909-1992) y, al mismo tiempo, uno de los legados del arte contemporáneo más importantes.

Se exhibe aquí (hasta el próximo 8 de enero) la mayor parte de la obra del creador dublinés para demostrar la influencia de varios pintores españoles en ella. Bacon pasó los últimos días de su vida en Madrid, al lado de su último amor, José Capelo Blanco (a quien extrañamente no acostumbran nombrar en las crónicas de la prensa cultural, donde siempre se refieren a él como “un empresario español”). España era uno de los países que más le fascinaban por sus iglesias barrocas, las corridas de toros, las cuevas de Altamira, Lorca y Buñuel. Solía contar que decidió ser pintor el día en que visitó una exposición de Pablo Picasso en la galería parisina Paul Rosenberg, y que más tarde quedó deslumbrado al recorrer la colección permanente del Museo del Prado.

Así que ahora, 24 años después de su muerte, a orillas de la ría de Bilbao, sus cuadros están colgados frente o al lado de los pintados por clásicos como Picasso, Velázquez, Goya, El Greco o Zurbarán. No es que Francis Bacon haya imitado o copiado a los españoles que lo marcaron. Observó con detenimiento e interiorizó las obras que le interesaban para luego reinterpretarlas de forma descarnada. Por ejemplo: frente al Cristo crucificado con donante, de Zurbarán, está Tres estudios para una crucifixión, de Bacon, un tríptico de cuerpos abiertos en canal, como si estuviesen destinados a una carnicería. Y más allá, también para comparar, una de las 50 variaciones que Bacon hizo del retrato el Papa Inocencio X, de Velázquez, en donde incorporó un grito de horror inspirado en El acorazado Potemkin.

A diferencia de otros pintores, a Bacon no le interesaba captar el perfil posológico de los modelos de sus retratos, sino ahondar en las posibilidades de la figura (sobre todo las deformadas, las retorcidas y el oscurantismo que las envolvía). Por eso no quería que alguien posara ante él: les tomaba una foto y luego recurría ella. A eso se prestaron varios amigos y amantes e incluso él mismo. Pero también algunos rincones de España. De hecho, aquí en el Guggenheim de Bilbao se encuentra la última obra que pintó el artista al que el asma interrumpía constantemente. Se trata de Estudio de un toro, un cuadro de 1991 que recuerda al Minotauro de Picasso: “una suerte de autorretrato final, símbolo de algo eterno o una profecía de su muerte, pues Bacon se identificaba con el toro”, se lee en la descripción adjunta a la obra. Hay en esta exposición, además, una recreación en tercera dimensión del estudio de Bacon: atiborrado de objetos, variopinto y desordenado, era el refugio de un artista con fama de lobo estepario.

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