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Sábado , 15.12.2018 / 15:16 Hoy

Aziz Gual destaca el virtuosismo del 'clown'; es el mismo personaje toda la vida

¿Dónde termina el hombre y empieza el actor?, se pregunta el autor de esta entrevista. El intérprete busca expandir la conciencia mediante máscaras, risas y reflexiones


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A algunos hombres los disfraces no los disfrazan, sino los revelan.
Cada uno se disfraza de aquello que es por dentro.
—G.K. Chesterton


Primera llamada

Circo de los Hermanos Vázquez. Una tarde de sábado. Las risas de los niños retumban en el lugar. En el escenario, un par de payasos solicita un voluntario para su siguiente acto. Todos los niños alzan la mano menos uno, que está distraído viendo a La chilena, la niña que tanto le gusta.

—¡Tú, ven acá! ¡Pásale! —lo señala uno de los payasos.

El niño se levanta de su asiento, sorprendido, baja las escaleras y se coloca al centro del escenario. Nervioso, titubeante, se acomoda la playera. Los payasos le colocan un arnés sobre el pecho para subirlo a los lomos de un camello. Pero antes, mientras lo suspenden en el aire, empiezan a darle vueltas, cada vez más rápido. De pronto, uno de los payasos le baja los pantalones. Justo ese día, para su infortunio, el niño no se puso calzones. La multitud estalla en carcajadas. El niño intenta cubrirse, pero tendría que ser un contorsionista para lograrlo. La escena parece sacada de una comedia de situación. El niño se sube los pantalones, avergonzado. El acto termina entre aplausos. Algunas personas, de regreso a su lugar, lo felicitan por su “actuación”.

—¡Pero si fue algo trágico! Todo el mundo se burlaba de mí. Me sentí humillado y eso me hizo pensar que esos güeyes no eran payasos, sino unos abusivos —dice Aziz Gual, clown de 47 años, sentado en un restaurante en Coyoacán, mientras sumerge una cuchara en una sopa de cebolla.

La voz, a lapsos estridente, de un comensal que habla por teléfono, detrás de nosotros, lo distrae, lo saca de sus recuerdos. Aziz se levanta.

—¡Ponle pausa! Necesito cambiarme de lugar porque ese compadre no me deja ni escucharme a mí mismo —me dice con una inflexión en su voz similar a la que utiliza cuando se viste de payaso.

La luz tenue remarca su gesto de disgusto. Si su rostro fuese una máscara de trapo tendría los ojos pequeños incrustados al fondo de una cara regordeta, una nariz de punta redonda y la boca apenas delineada.

Aziz se queda en silencio. Empieza a improvisar. Deja de ser el niño ridiculizado en escena y se transfigura en un hombre molesto.

—Perdóname. Es que me distraigo un poco. No puedo disociarme del entorno.

—Y durante tus números, ¿esa peculiaridad no te juega en contra?

—No, al contrario. Lo que ocurre alrededor se vuelve parte del espectáculo.

Semanas después, en un ensayo de la obra Señor Clarini, me tocará ver cómo Aziz improvisa sobre el escenario. Le da un toque a algunas escenas, como aquella en la que —con pistola de agua en mano — mojará a tres o cuatro espectadores. Pero eso será después.

Ahora trata de concentrarse. Y me dice: “Cualquier acontecimiento inesperado es el mejor material para un clown. Lo más valioso es lo que no esperas, lo que te saca del plan. Uno busca meterse en problemas para que estos te revelen realidades humorísticas”.

Por un momento, pienso en qué haría Aziz, no el hombre sino el clown, con este “acontecimiento inesperado”.

¿Se levantaría de su asiento e improvisaría un número con tal de callar al ruidoso comensal? Puede ser. Por fortuna, antes de cambiarnos de mesa, aquel hombre termina su llamada.

Y los recuerdos, poco a poco, como una sonrisa que se dibuja lento en un rostro, salen a flote. Cuenta Aziz que esa noche, tras la función de circo, se refugió en el baño de su casa. Ahí dentro colgaba un cuadro de Emmett Kelly, payaso del famoso circo Ringling. La mirada de Kelly, entre nostálgica y generosa, lo hacía sentir arropado. Pero estaba confundido. Se abrió un abismo entre ambas imágenes: la del clown frente a él y la de los payasos del circo. Entonces, se preguntó: “¿Qué significa ser un payaso?”.

Segunda llamada

Aziz Gual conoció el circo sin pagar boleto. A los cinco años, el Circo Kroni se instaló en un terreno baldío ubicado enfrente de su casa, el mismo que él utilizaba como patio de juego. Todas las tardes, previo a las funciones, sus hermanos lo llevaban de la mano y, juntos, se escabullían por las faldas de la carpa. Todavía recuerda —dice — el olor del aserrín. A pesar de que tuvo una niñez solitaria, era un niño gracioso que se ganaba el afecto de las personas cercanas.

“Me convertí en payaso porque descubrí su principio fundamental: que la gente te quiera. Hasta la fecha me preocupa generar empatía con el público, por eso trato de no transgredir su espacio íntimo. Ellos deben de invitarte a ser parte de ese espacio”, afirma.

A los 13 años, Aziz se inició en el teatro, en el Foro Cultural Coyoacanense, bajo la batuta de Mariella Flores y Maricela Lara. Ellas lo impulsaron a convertirse en comediante. “Me dijeron que nunca sería un galán de telenovela”, dice entre risas.

Aziz, cuenta, no podía interpretar a los personajes sin conciencia del espectador, sin transgredir la cuarta pared. “Busqué acomodo en los circos, pero me rechazaron por no venir de familia circense”.

En los años 80, Marcel Marceau visitó México, y Aziz se inscribió en uno de sus cursos. Con él, trabajó el lenguaje silente, pero descubrió que eso tampoco lo satisfacía, pues él quería dirigirse a los espectadores, dialogar con ellos.

Entonces, Anatoli Lokatchouk pisó suelo mexicano y echó raíces. Aziz encontró, en sus talleres, el sitio ideal para desarrollarse. Anatoli, al evaluarlo, le dijo: “La lógica que tú tienes se llama clown. Y eso es lo que tú eres”. Estuvo con Anatoli cierto tiempo hasta que, años después, llegó a México el Circo Ringling.

“Antes del circo, pasé por la liga de improvisaciones, participé en montajes de tragedias griegas y estuve un rato con los carperos en el Teatro Santa Cecilia.”

Hizo audición en el Ringling y se quedó: le dieron una beca para estudiar en el Clown College del Circo Ringling Bros, en Florida.

“Me fui y después de dos meses me hicieron audición para entrar a trabajar al circo y me dieron un contrato de dos años, que me querían alargar, pero me negué porque a pesar de que es un trabajo padrísimo suele ser bestial”.

En el Ringling estudió las técnicas de circo y clown con prestigiados maestros de la alta escuela del circo ruso, como Tatiana y Yuri Velov. Allá aprendió a dominar técnicas circenses como el malabarismo, monociclo, zancos, trapecio estático, cuerda vertical y pantomima, entre otras. Yuri Velov, cuenta, le dijo en su graduación: “Tienes alma de payaso. ¡Tú eres, de verdad, un payaso!”.

Tiempo después se fue a Europa, a estudiar una especialización en clown en L’Ecole du Cirque Espace Catastrophe de Bélgica.

“En Europa se trabaja una comedia menos física y más psicológica, más interior y eso me pareció muy interesante. Esa corriente me hizo descubrir otro tipo de humor, el que parte de la transgresión”.

A su regreso a México, montó espectáculos y recorrió casi todo el país. También, con diversas obras, se presentó en festivales nacionales e internacionales, como el Cervantino y puso en escena los espectáculos como De risa en risa y Huraclown, en el teatro El Granero; La bola risa, en el Julio Castillo, y Humor en cubos, en el Teatro de la Ciudad de México.

Cuenta una anécdota curiosa sobre su estancia en el viejo continente: “En Turquía, por llamarme Aziz y llevar un espectáculo de payasos, las personas eran muy generosas. Resulta que mi nombre es sagrado allá, pues significa el amigo profeta.

Y sí: Aziz Gual es su nombre real, aunque parezca un pseudónimo, esa forma con la que los artistas se ocultan, se desdoblan, se convierten en otro.

Tercera llamada

Centro Cultural del Bosque. Una tarde de jueves. El ensayo de la obra Señor Clarini (que se estrena en el Helénico el 21 de noviembre) está a punto de terminar. En ella, Aziz interpreta al personaje principal: Ricardo Bell, un clown inglés que llegó a México en 1869 y fundó el Circo Orrín, uno de los espectáculos más exitosos de la época. A Bell también se le conoce como el payaso de Porfirio Díaz.

Escenas antes, Aziz, camuflado en Bell, recita un monólogo mientras se maquilla el rostro. “Para algunos el maquillaje es el camuflaje de sus mil caras, es el rostro de su incomprensión, de la ignorancia de sí mismos: es un disfraz que oculta su verdadero rostro. Para mí no. Para los verdaderos payasos, para los que somos libres del cautiverio de la vida, para los que amamos la risa más allá del tiempo y del espacio, el maquillaje es la encarnación del alma en la materia. La máscara del monstruo enharinado revela la voz de una luz creadora, de esa sustancia que, desde mis coronarias, viaja por el estómago, las vísceras, y trastoca el corazón de cada espectador. ¡No soy yo! ¡No soy yo! Es el alma del clown. Son tan solo unas pinceladas de alquimia milagrosa. Es un acto de resurgimiento cada vez…”.

Escenas después, Aziz, con la cara pintada, enmascarado, se desploma sobre una silla. Es el momento climático de la obra. En el piso de duela queda la huella del payaso: su traje, el polvo blanco y el agua con la que mojó a los asistentes.

El público, integrantes de la producción y acompañantes de los actores, luce conmovido. Se espesa el silencio. Y en eso, se quiebra la cuarta pared:

“Ya rompí mi pantalón, mano”, dice Aziz. Y las risas provocan que el aura triste, que había quedado flotando en la sala, se esfume.

Ignacio Escárcega, director de la obra, se levanta y se acerca para dar sus apuntes a los actores. El ensayo termina.

Escárcega pudo haber elegido a un actor, pero quiso que el personaje de Ricardo Bell fuese interpretado por otro clown. Aziz se acerca y, con el maquillaje aún embadurnado en la cara, explica la diferencia entre un clown y un actor: “El actor interpreta muchos personajes. Y todos se basan en el texto. El clown se hace un virtuoso porque interpreta un personaje toda su vida. Puede interpretar otros, sí, pero nunca se despoja de su piel, como Chaplin cuando la hace de Hitler. La materia prima del clown reside en sí mismo, en sus actitudes y defectos.

Aziz Gual interpreta a otro clown: Ricardo Bell, pero sigue siendo Aziz. Es un juego de espejos. O, mejor dicho, un juego de máscaras: una encima de la otra.

Epílogo con máscaras

“La vida de los clowns es así: les pasan cosas porque son vulnerables”, escribe Hernán Gené, autor del libro La dramaturgia del clown (Paso de Gato, 2015), en un ensayo titulado “Un ejército de payasos”. Y ejemplifica su punto refiriendo una escena de la película Tiempos modernos, en la que Chaplin recoge un pañuelo rojo que acaba de caer de un camión que pasa por la calle. Chaplin corre detrás de camión y agita el pañuelo para llamar la atención del chofer. Cuando dobla la esquina, se topa —por casualidad— con una manifestación de obreros. Chaplin, sin querer, encabeza la manifestación, agitando el trapo rojo. Llega la policía y lo encarcela por liderar a los quejosos.

Esas situaciones que le pasan a los clowns en la ficción, parecen replicarse en la realidad. En un momento de la conversación con Aziz, un hombre entra al restaurante y empieza a cantar, desentonado, Gavilán o paloma, de José José. Aziz continúa con la conversación, frunce el ceño. Hablamos, pero con ruido de fondo.

Trata de no distraerse, sorbe de su taza de café, saca su teléfono y me muestra un video, que subió a su canal de YouTube, titulado Bestiario del gesto o metáforas de una identidad interior. En él aparece Aziz a cuadro, sobre un fondo negro, enfundado en una máscara de trapo. Suena, de fondo, una música de piano triste, algo melancólica. Aziz empieza a quitarse la máscara, pero debajo de esa aparece otra, y luego una más.

Son rostros que evocan tristeza. La pieza, silente, transmite a su vez cierta asfixia presente en los ademanes, en el lenguaje corporal.

Aziz se quita todas las máscaras hasta quedar con su rostro original, de carne y hueso, el que también trata de arrancarse, agarrándose del cuello o jalando y abriendo sus comisuras con los dedos.

—Es interesante la metáfora: ¿Quiénes somos cuándo nos quitamos la máscara? —le comento.

—Y no termina ahí, este es sólo un fragmento. Luego se va quitando la ropa y, en el estómago, en todo el cuerpo, trae máscaras de sí mismo.

—¿Quién elabora tus máscaras?

— Yo las hago y también las pinto. He fabricado más de 50. Pero ya no quiero interpretar máscaras mías.

Aziz tiene un proyecto en puerta, en el cual interpretará máscaras fabricadas por maestros de la pintura, como Manuel Felguérez, Gustavo Arias Murueta y Gabriel Macotela. Pretende que dicho proyecto culmine con la edición de un libro, del que ya tiene un título: Máscaras de trapo de México para el mundo”.

Días después me dirá: “El mejor humor es aquel que no tiene fronteras. Y no necesariamente tiene que ver con la palabra, sino con la mirada, con la narración corporal, humana. Por ejemplo, el fenómeno humano de la contradicción: un hombre que quiere algo, pero no lo obtiene. Y tienes que entender sus conflictos a través de sus movimientos”.

—¿Cuáles son los temas que te interesa explorar en escena? — le suelto después de un par de silencios.

—Me interesa hablar del despertar de la conciencia, que los espectadores recuperen su sentido de sus vidas. Es decir, que somos algo más que la piel, que la máscara.

Aziz se enfunda ahora en el traje del clown reflexivo, filosófico. El payaso, como me dijo minutos antes, se tiene que meter en problemas, incluso si son interiores.

“Yo sé hacer reír, pero para qué carajo lo hago. ¿Para qué sirve? ¿Por qué lo hago? Busco, a través del humor, que la gente despierte. Verte a ti en el payaso que está en escena. Hago lo que hago para responderme preguntas. No estoy agobiado por hacer reír todo el tiempo. Más allá del ejercicio de la risa, esto se vuelve un tema existencial.”

Habla sobre “la trampa del deber ser” y se enfrasca en un monólogo sobre el tema.

—¿Te preocupa, como artista, la posteridad?

—No. Y tampoco me importa la fama. Soy consciente de que no soy permanente. Dentro de 100 años nadie de los que estamos sentados aquí existirá y lo más probable es que nadie nos recuerde. Esa consciencia te atormenta o te libera.

La charla termina con esa sentencia. El hombre sigue cantando el repertorio de José José. Estamos en el escenario de la vida real. Y en este mundo de no ficción, como decía Oscar Wilde, una máscara nos dice más que una cara.

La última pregunta me la formulo a mí mismo: ¿Dónde termina el hombre y empieza el payaso?

erickbaena@gmail.com

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