Una aventura visionaria

Joaquín Díez–Canedo (Director del FCE de 2009 a 2013).
Joaquín Díez–Canedo
Joaquín Díez–Canedo (Javier García)

Ciudad de México

La creación del Fondo de Cultura Económica fue una aventura visionaria, hecha en el momento justo, con gente de enorme talento. Su historia está muy ligada a la historia del país, se funda en una época en que surgen otras instituciones importantes como Pemex, el Seguro Social y el Banco de México.

Al principio, el Estado no tenía conciencia de que el FCE era algo suyo; la tuvo después, cuando corren a Arnaldo Orfila. Luego fue comprendiendo que el Fondo debe tener mucho campo de acción, mucha autonomía, que es una gran institución que en todo el mundo se reconoce como algo de México.

Para un editor, dirigir el Fondo de Cultura Económica es la máxima aspiración, una distinción que yo agradecí muchísimo —Consuelo Sáizar abogó para que yo la sucediera en el cargo, lo cual le reconozco en todo lo que vale—. Es una responsabilidad muy grande, pero la asumí con gusto porque es la cima de una trayectoria editorial en México.

Como director del Fondo, para mí —que soy un técnico— lo importante fue afinar algunas cosas que ya había empezado Consuelo, hacer que se consolidaran, que fueran avanzando gradualmente. Me preocupaba que las filiales en conjunto funcionaran bien, que fuera creciendo su facturación —de 6 pasamos a facturar 15 millones de dólares—. ¿Por qué sucedió esto? Porque había gente profesional al frente de ellas, porque había claridad en reimpresiones, en el envío de libros, en todo.

Me tocó madurar el tema del libro electrónico, que ya había comenzado a desarrollarse con Consuelo. Dejé el Fondo con casi 500 libros electrónicos y una tienda en línea muy bien estructurada.

En México, el Fondo fue el primero que comenzó a hacer libros electrónicos, el que capacitó gente para hacerlo; ese know how ya está resuelto. El Fondo no está amenazado. Si ese llega a ser un asunto importante, ya sabe cómo obtener los derechos para los libros electrónicos, cómo producirlos, cómo comercializarlos. Eso que a nadie le importaba —las filiales de las trasnacionales estaban esperando que sus matrices les dijeran qué hacer—, el Fondo lo hizo para darles otra plataforma a sus autores y satisfacer la demanda de la gente que busca libros electrónicos.

Me parece fundamental la presencia del Fondo en el mercado editorial. Ha estado ahí desde hace ochenta años y ahí tiene que quedarse. Tiene sus lectores, tiene sus autores, tiene sus librerías. El Fondo es un activo que no es de los que trabajamos en el Fondo, sino un patrimonio del Estado mexicano. Su función es normativa y compensatoria, arreglar las cosas que están mal. Por ejemplo, la colección La ciencia desde México. Todo el mundo publica a Stephen Hawking o a los grandes divulgadores norteamericanos, pero quién publica autores nacionales. Nada más el Fondo, y la UNAM, de pronto.

Después de 80 años, el Fondo todavía tiene mucho qué hacer. Es una institución que ha sido y es importante, porque se ocupa de cosas que a otros no les interesan. Cuando nadie traduce a un autor, el Fondo lo hace y luego se descubre que es un autor básico. Cuando de repente sale un Nobel desconocido, resulta que el Fondo tiene una traducción de él desde hace veinte años. Esto se debe a los profesionales de la edición, al consejo editorial que funciona en el Fondo.

El Fondo le impone a la gente que trabaja en él su filosofía, su tradición. Esto es bueno y por eso creo que el Fondo cumplirá muchos años más.


*Versión a partir de una entrevista realizada por JLMS.