Esa pinche austeridad

La austeridad es una ideología un tanto severa, incluso "hardcore", que, en efecto, dado un cierto presupuesto debe de tomar decisiones acerca de cómo mejor ejercerlo.
Eric Schmidt, una de las cabezas de Google y malabarista fiscal.
Eric Schmidt, una de las cabezas de Google y malabarista fiscal. (Jonathan Ernst/Reuters)

México

En el mundo contemporáneo, principalmente en países como México, de manera periódica se anuncian asuntos un tanto inevitables, como si se estuviera dando un parte meteorológico, que los ciudadanos tenemos no solo que asimilar como mejor podamos sino que, de nuevo, prácticamente tenemos que agradecer a las autoridades su magistral manejo de contingencia. En una ocasión es el desplome de la divisa, en otro la caída de los precios del petróleo o la producción de barriles, y la siguiente vez se nos regaña explicándonos que el gasto de las pensiones es tan elevado que vuelve imprescindible meter una nueva tijera en el gasto educativo o en la salud, esas nimiedades de las cuales la mayoría de la población depende, para su desgracia, del gasto gubernamental para tener acceso a ellas.

Lo que el dogma de la austeridad obvia por sistema es que es absolutamente falso que no existe otro camino. La austeridad es una ideología un tanto severa, incluso hardcore, que, en efecto, dado un cierto presupuesto debe de tomar decisiones acerca de cómo mejor ejercerlo. Lo que no se dice es que no es como si el monto de la recaudación fuera un asunto dado por un factor externo, sino que es producto de un tipo particular de pacto social, en donde como parte de la ideología dominante de los tiempos se asume que el deber como ciudadano o como corporación es pagar el menor monto de impuestos posible. Incluso cuando a gente como Eric Schmidt, una de las cabezas de Google, se le cuestiona sobre los malabares fiscales de su empresa, mediante los cuales termina por pagar una cantidad irrisoria de impuestos respecto de sus beneficios, puede declarar con cinismo autocelebratorio: “Se llama capitalismo”. Imposible no vincularlo con una declaración en la misma dirección del mismísimo Donald Trump, cuando en uno de los debates con Hillary Clinton declaró que el hecho de pagar los menores impuestos posibles lo convertía en una persona “inteligente”.

Y ni siquiera se trata de reciclar un argumento altruista donde de pronto el amor al prójimo se convirtiera en una motivación a considerar a la hora de ponderar la contribución a lo que, queramos o no, compartimos entre todos. El asunto es más bien que, justamente, eso que compartimos se ve empobrecido, en detrimento de quienes parten de situaciones más desfavorables, por el dogma que postula que la tarea del individuo es quebrarse la cabeza para contribuir a lo común con lo menos posible. La austeridad se vuelve inevitable simplemente porque participamos de un pacto donde se asume que aportar a lo colectivo es prácticamente una cuestión para imbéciles, pero en ese mismo postulado ciframos nuestro malestar, pues el resultado es que vivimos en sociedades definidas por el individualismo egoísta, donde ventilamos nuestras desgracias específicas en las redes sociales, como si no tuviéramos nada que ver con el infierno colectivo que, encima, atestiguamos de manera creciente en tiempo real y documentado por nuestros dispositivos inteligentes, como si la miseria compartida fuera una maldición frente a la que no tuviéramos nada qué oponer.