Atomizar hasta la muerte

Con el advenimiento del neoliberalismo se produjo paulatinamente la materialización del sueño de Margaret Thatcher.
“La economía es el método; el objetivo es cambiar el corazón y el alma”, decía Thatcher.
“La economía es el método; el objetivo es cambiar el corazón y el alma”, decía Thatcher. (Andrew Winning/Reuters)

México

Uno de los fenómenos más notorios del vendaval político bajo el que parecería transcurrir nuestra época es el notorio declive de la importancia de los partidos políticos, al menos en el sentido tradicional del término. Si en un principio los partidos aspiraban a representar (incluso aglutinar) a sectores enteros de la sociedad (los trabajadores, por ejemplo), ello implicaba casi por extensión lógica que la plataforma del partido coincidiera con la defensa de los intereses del sector en cuestión. De ese modo, en los entornos estructurados a partir de dos grandes partidos se producía en distintas variantes la lucha entre izquierda y derecha, donde las clases antagónicas competían por poner en práctica el programa que correspondía con la defensa de sus intereses.

Pero con el advenimiento del neoliberalismo se produjo paulatinamente la materialización del sueño de Margaret Thatcher (“La economía es el método; el objetivo es cambiar el corazón y el alma”), hasta llegar a la situación actual de sociedades muy fragmentadas, donde a lo sumo se estructuran grupos de acción política principalmente a partir de identidades específicas (de género, sexuales, raciales), pero rara vez hay una confluencia de distintos grupos oprimidos, pues la atomización es tal que cada cual se ocupa principalmente de lo suyo. Se da  el caso paradójico que ha señalado George Monbiot: la legitimación ideológica del sistema imperante es tal que millones de personas hacen suyo un credo que, en automático, los convierte en perdedores y en excluidos, al grado de que “un estudio realizado reveló que los ciudadanos de Estados Unidos con pocos ingresos tenían más probabilidades de creer que la desigualdad económica es legítima y necesaria que aquellos con unos ingresos elevados”.

Ante este panorama, nos encontramos con el caldo de cultivo perfecto para el advenimiento de líderes demagogos, estridentes, que han encontrado en el insulto, la mentira y la teoría de la conspiración un mensaje que apela a las vísceras de los millones de marginados que son para efectos prácticos un residuo de la maquinaria corporativo-neoliberal que nos gobierna. En lugar de una plataforma coherente que proponga políticas específicas para favorecer a determinados grupos, el odio funciona como factor aglutinador de movimientos basados simplemente en el miedo a lo desconocido y la justa ira que produce la más absoluta desposesión. Y el discurso antipolítico transmite brevemente la ilusión de que con la llegada de un ciudadano común al poder (no importa si es un multimillonario o un ex banquero), ahora sí las cosas serán diferentes, a pesar de que las estructuras económicas continúen siendo las mismas que produjeron la ingente desigualdad en primer lugar.

Más que líderes carismáticos, se impondría la necesidad de programas alternativos, coherentes, que coloquen el dedo en la demencia corporativa y consumista que produce un estado de cosas en el que los ocho individuos más ricos del mundo tienen una riqueza equivalente a la de la mitad inferior de la población mundial, es decir, 3 mil millones de personas.