El atentado a "Charlie Hebdo"

Una masacre de este tipo suspende cualquier argumentación política, histórica y demás frente al espanto de la tragedia personal.
Reacción plagada de bravuconadas.
Reacción plagada de bravuconadas. (EFE)

México

Lo indiscutible: es escalofriante la mera idea de que entren dos encapuchados a las oficinas de una revista satírica y perpetren una matanza. Sin lugar a dudas, todo el horror y la indignación subsecuentes son completamente justificados. Una masacre de este tipo suspende cualquier argumentación política, histórica y demás frente al espanto de la tragedia personal.

Sin embargo, la historia y la vida continúan y no se detienen, y en las reacciones oficiales, mediáticas e incluso de la enorme mayoría de la población civil, se empiezan a manifestar altos niveles de odio contra los musulmanes, que probablemente desembocarán en una escalada más de la espiral de violencia y venganza infinitas en las que al parecer se encuentran enfrascadas las potencias occidentales y el mundo árabe.

Se invoca como principio sagrado la libertad de expresión, y es imposible no preguntarse en qué sentido es más sagrada para Occidente que las creencias religiosas de los musulmanes. En el propio Occidente, la libertad de expresión conoce claros límites. ¿No prohibió el gobierno británico a The Guardian la publicación de documentos clasificados que le habían sido filtrados, amparándose en una abstracción como la “seguridad nacional”? ¿Publicaría un periódico una caricatura ridiculizando sin piedad al presidente de alguna de las compañías que pagan por anunciarse ahí? ¿Criticaría con acidez un locutor de radio al dueño del consorcio mediático al que pertenece su estación? Entonces, si los límites a la libertad de expresión los pone la lógica del mercado y la ganancia, nos parece aceptable. En cambio, lo que resulta inadmisible es que dichos límites provengan de un cálculo político, de la intuición del aguante de burlas hacia estratos marginados y humillados, como son los musulmanes en Europa, que se convierten en caldo de cultivo para que individuos desequilibrados (los fundamentalistas) decidan vengar las injurias recibidas de formas atroces. Pensemos un instante: ¿tendría algún caso publicar en México una viñeta de la Virgen de Guadalupe siendo violada por los altos mandos eclesiásticos? ¿Contribuye en verdad a la democratización del mundo árabe dibujar a Mahoma diciendo, literalmente, que sus seguidores son imbéciles?

Lo más triste, después de lo espeluznante del atentado como tal, es ver una reacción colectiva plagada de lugares comunes, de bravuconadas, de una inmensa resistencia a todo tipo de análisis profundo o introspectivo, con lo que la espiral de venganza infinita sigue en marcha, recordándonos una frase de T. S. Eliot, que hoy parece más profética que nunca: “We would rather be ruined than change”.