Ataque de pánico en la Tapo

La central de camiones ubicada al oriente de la capital se ha convertido en el espacio físico de la crisis de mi existencia.
Ya en el camión, lo sé, todo va a ir bien. El movimiento me relaja.
Ya en el camión, lo sé, todo va a ir bien. El movimiento me relaja. (Ilustración: Alfredo San Juan)

México

Último camión a Nepantla. Es tan grande mi nostalgia. La idea de dejar Ciudad de México me deja exhausto. Sin ideas concretas ni energía para dar la cara, prender mi teléfono, responder correos de trabajo o trazar proyectos. En la Terminal de Autobuses de Pasajeros de Oriente (Tapo) siempre termino siendo este cuerpo triste controlado por abstracciones. Por suaves sensaciones de angustia y desgracia que sumen mis nervios en la quietud y el silencio. En el miedo.

Encontrarme aquí a un conocido es siempre el peor escenario. Entraría en pánico y el terror guiaría mis movimientos y sonidos. Basta el trato más ajeno con desconocidos —pagar el boleto o comprar un jugo de verduras— para que sienta —una sensación que ocurre muy dentro, bajo el corazón— aguijonazos de inexplicable confusión y una vertiginosa incertidumbre que representan los conflictos de mi alma. Aguijonazos que no sé por qué —tras ocultarse durante alegres meses de vida en la ciudad— me atormentan en la central de camiones. La central de camiones se ha convertido en el espacio físico de la crisis de mi existencia.

Ya en el camión, lo sé, todo va a ir bien. El movimiento me relaja. Ante el espectáculo nocturno de la ciudad que termina en la Ignacio Zaragoza —edificios con varillas sueltas en el techo que prometen pisos altos que nunca serán construidos; las estaciones de la línea morada del Metro, grúas de construcción y hoteles que presumen con un entusiasmo preocupante que ofrecen servicio de agua caliente— mis nervios salen del horror y experimentan una contemplación casi gozosa de sí mismos: de su naturaleza musical, de su historia tan ligada a la imaginación libre, de sus interminables posibilidades sensuales… Y entonces cada problema en mi vida deja de serlo para convertirse en figuras incompletas en busca de continuación. Y esta idea —inventar en tiempo real, con paciencia, sobre el cuerpo de mi destino— me pone contento. Sonrío e imagino panoramas posibles y llego a Nepantla libre y sereno, activo y profundo, listo para despertar a las 6 de la mañana y disfrutar de un nuevo día en la tierra cerca de los volcanes donde se siembran calabazas, mis papás tienen una casa abandonada, nació Sor Juana, me enamoré de una gata siamés que bauticé Sparafucille (el siniestro asesino a sueldo contratado por Rigoletto), no hay cajeros, los anarquistas tuvieron un periódico donde colaboró un adolescente Sub Galeano y abundan las víboras prietas.

Pero mientras esté dentro de la estación, nada dentro de mí tiene salidas. Sufro ante un reloj de letras rojas: 22:10. Sudo en mi asiento en la Tapo. Y me abrazo a mi mochila con el cuerpo doblado.