“Los barcos son como la vida”: Gabriel Macotela

El artista plástico mexicano celebra sus 60 años con dos exposiciones y la próxima inauguración de su mural en la Universidad Nacional al tiempo que se declara fiel al “real arte, a la autenticidad".
Gabriel Macotela
Gabriel Macotela (Raúl Cuellar)

Ciudad de México

Hace algunos años Gabriel me contó la historia de un gran barco: una noche en alta mar imaginando la extensa línea que divide el horizonte en dos planos igualmente negros hacia el infinito, el miedo metafísico a la inmensidad oceánica y su atracción infantil por el cuarto de máquinas. Las historias que cuenta resultan siempre extraordinarias, creíbles, como cuando habla ruso o alemán. No han sido pocas las ocasiones en las que, al terminar sus emocionados discursos en ruso, le pregunten por la región exacta del dialecto en el que se expresa con tanta vehemencia.

La casa taller de Gabriel Macotela es de alguna manera ese enorme transatlántico. Sus ventanas son las escotillas por donde se asoma cual orgulloso capitán cada vez que alguien toca el timbre buscándolo. Al abrir la puerta sale a recibir siempre como si viniera de pasar cientos de horas en el cuarto de máquinas e invita a pasar para continuar arreglando algún incierto desperfecto vestido para tal ocasión. La colonia Roma es para Gabriel —me gusta imaginarlo así—, un acotado paraíso donde su nave ha encallado voluntariamente. La ciudad es ese inmenso mar donde navega feliz.

No recuerdo ahora cuándo nos conocimos, el momento preciso. Sin embargo sé que hemos sobrevivido solidariamente a uno que otro naufragio, pero sobre todo, hemos compartido también muchas venturosas alegrías.

Artista de corazón grande y nobles causas. De ese enorme barco-corazón suben y bajan amigos permanentemente al pasar los días y los años, que ahora son 60 recién cumplidos. Por ese motivo lo visito y retomamos nuestro permanente diálogo.

Sesenta años Gabriel. ¿La nave va?

Va y no. Primero porque ya entra uno a la juventud de la vejez, así se llama ahora. A los setenta ya empieza la vejez. Entonces nada, no me he dado cuenta, como tú y yo, que se nos va la vida impresionantemente rápida. No sé, hay gente que lo asimila bien, otros mal, otros regular o de la chingada, y nosotros lo tomamos con humor, como tú comprenderás.

Siempre rodeado de amigos, la amistad…

Una amistad importante para mí eres tú. ¿Puedo decirlo, lo vas a escribir así como lo digo? Como Rogelio Cuéllar, Alejandro Escalante. Los pintores que crecimos juntos: Eloy Tarcisio, Roberto Parodi, Santiago Rebolledo, René Freyre, Jesús Reyes, Vicente Rojo Cama, Alberto Castro, El Fisgón, Irma Palacios, Ilse Gradwohl, Magali Lara, en fin, toda la generación, fuimos y somos amigos. Aunque seamos distantes a veces, creo que hemos sido felices de crecer juntos. De joven uno no se da cuenta tanto de eso. Todo es padre, pero luego empiezan los problemas de las relaciones de pareja, las separaciones. La pintura, que es un trabajo terrible, difícil. Tratar de vivir de eso, los maestros, la gente adulta maravillosa que he tenido, que hemos tenido. De pintores, de galeristas y de amigos que nos han ayudado. Es muy complejo tratar de resumirlo.

No has parado de trabajar.

Como todos los pintores, yo creo que nunca paramos ¿no? No es una obligación, pero es como una disciplina mística, casi religiosa de creer en lo que hacemos e insistir.

Tal vez es una cuestión generacional, pero creo que nosotros, a diferencia de los jóvenes de ahora, hemos afrontado nuestra vocación de una manera muy romántica.

Me encanta el romanticismo y estoy de acuerdo contigo. Quieren vender rápidamente, carísimo, en dólares, exponer en las mejores galerías, museos. Ser promovidos por un dealer, por un curador, una institución y tal. En muchos casos se me hace trágico, porque no hay respeto al real arte, tal vez sea pretencioso decirlo así, pero yo creo en eso: en el real arte, en la autenticidad, en la poética de lo que hacemos. Y muchos jóvenes se olvidan de eso. Creo que es una cuestión del momento, de esta terrible dizque contemporaneidad, en la que no creo para nada, y del mundo que hemos creado.

Me parece absurdo haber celebrado el nuevo milenio cuando el mundo está destrozado ideológicamente. Hay más pobres que nunca en la historia, más injusticias, más muertes, guerras. Celebramos el milenio como si hubiéramos llegado dizque civilizadamente a construir un mundo padre y no es cierto. Hay continentes enteros, África, Asia, América Latina… de pobreza y de una clase política apoderada, adueñada del mundo. ¡Hemos producido mega mega ricos y mega mega pobres! Yo no tengo porqué celebrar el milenio, se me hace un mundo muy triste. Supuestamente deberíamos de haber aprendido de filósofos, artistas, creadores y no hemos construido nada. Hemos creado un mundo muy injusto, terrible. México ni se diga, ¡imagínate! La política mexicana asquerosa, en todos los partidos, ¡todos! Muertos, desaparecidos, periodistas, mujeres, migrantes. No quiero ser pesimista pero no me queda más que ser pesimista. Es como una frase tuya que me gusta mucho, ¿la puedo decir?, que podría aplicarla al mundo: “Más vale solo que bien acompañado”.

Aosto, mes de tu cumpleaños 60 trae ahora afortunadas coincidencias en proyectos.

Todo coincidió en agosto. El mural que hice en la UNAM que ya casi lo termino. Todavía no hay fecha de inauguración porque el Rector no sé qué día puede. No inaugura solo el mural, inaugura el edificio donde está el mural, de la nueva Facultad de Medicina, que es de estudios forenses. Nunca había hecho nada en mosaico, que es un material padrísimo. Fui a la fábrica en Cuernavaca, estuve ahí dibujando, estoy feliz. Hice una especie de cabeza, de un hombre o mujer. Mide siete por siete metros. Luego la exposición que inauguro el próximo 24 de agosto en Espacio Machado y la que presenté el pasado 14 en Casa Trosky, la escenografía que se inauguró con música de Aarón Castaneda, un poema de Mardonio Carballo y dos bailarinas.

Platícame de cuando conociste el mar.

En Guadalajara, de niño, me llevan mi tío Walter y mi tía Paz a Chapala y yo pensé que era el mar, para mí era el mar, pero no había olas. Le pregunté a mi tío ¿esto es el mar? Algo parecido, me respondió. Como el chiste yucateco del papá que lleva a su hijo al mar, a Progreso y le dice: ¿Ves toda esa agua? ¡Pues abajo hay más! Ya después me llevó mi tío a Manzanillo, al puerto. En las vacaciones iba con mis primos y mis tíos a Melaque, a Puerto Vallarta, San Blas, Barra de Navidad, Cuyutlán. Me acuerdo mucho de Cuyutlán por la famosa ola verde. Llegábamos a un hotelito de madera y por la noche no dormíamos por la pinche ola verde, ¡y cada cinco minutos temblaba todo! Yo salía en la noche, con la luz de la luna veía la ola. De niño te impresiona mucho la fuerza de la naturaleza. Me acuerdo que había señoras que se metían amarradas con un mecate. Ponían un palo en la playa, grande, enterrado y con cuerdas de barco se amarraban para que no se las llevara la resaca. ¡Nos sentábamos en vértebras de ballena! Eran las sillitas del restaurante del hotelito de madera, en Melaque. Recuerdo un día que me metí amarrado también, porque me vigilaban. Había una mancha amarilla espumosa, como del tamaño de este cuarto. Y mi tío Walter y mi tía Paz: “¡Salte hijo, eso es popó de ballena!”, entonces salí así todo lleno de amarillo, con moscos. ¡Era diarrea de ballena! Pero yo estaba feliz.

Háblame de los barcos.

Yo creo que los barcos son como la vida, y no quiero hacer una metáfora simple. Yo creo que es eso el hombre, un poco ¿no? Un ser metido en una máquina en medio de un océano en soledad y a la deriva. Somos un poquito así en la vida. Pero también es absurdo decirlo porque hay gente muy feliz que tiene una vida simple y ellos dirán otra cosa muy diferente. Inclusive no conocerán un barco ni se subirán a él ni les tocará una tormenta en el mar del norte. Todo es tan relativo, como creo que es la vida. Y la poesía nuestra, creo, la encontramos no sé de qué manera, con naturalidad, no forzada ni pretenciosa. Sobre todo no pretenciosa, creo en eso, mucho. Más una mística religiosa, confusa porque no soy creyente, soy agnóstico pero batallo entre eso y no sé qué, con todo. No creo tener explicaciones de todo, ni pretendo. Así es la vida cotidiana, dura.

A mí me encantan los barcos porque de niño mi tío Walter me llevaba a Manzanillo. Era alemán, ingeniero de máquinas, entonces iba a los cargueros del puerto a ver los motores y yo fascinado con los barcos y pensaba ¡que felicidad vivir en un barco de éstos! Entrar a los camarotes, a los comedores y esto y aquello. Entonces fue una idea romántica para mí, preciosa y sigue siendo extraordinario. Empecé a dibujar barcos y sigo hacienr marinero.