[El Santo Oficio] La cultura y el ladrillo

Presentan un proyecto cultural y en realidad están presentando un plan de obras, donde alguna constructora se va a llevar una cifra obscena del gasto global.
El Centro Cultural Mexiquense, en Toluca.
El Centro Cultural Mexiquense, en Toluca. (Jorge Carballo)

El cartujo deambula por el monasterio, gesticula, abre desmesuradamente los ojos, habla solo. Piensa cuánto gastan los gobiernos municipales, estatales y federal en infraestructura cultural y cuáles son los logros, si acaso existen, y eso lo enloquece.

En su constante peregrinaje por el país, ha visto construcciones faraónicas casi vacías, solo habitadas por unos cuantos, abúlicos y aburridos, burócratas. Y sin embargo, cuando se anuncia su edificación o se inauguran, apantallan y hasta propician aplausos de intelectuales, artistas y escritores quienes las miran con ojos de hambre, como posibles chambas o espacios para mostrar su trabajo, lo cual no está mal, por supuesto, aunque quién necesita paredes inmensas para colgar unos cuantos cuadros o salas gigantescas para lecturas, conciertos o escenificaciones entre un puñado de amigos.

El monje se pierde en estas disquisiciones después de leer un artículo de David Trueba en El País, en el cual si se sustituyen dos palabras (“mexicano” en vez de “español” y “México” en lugar de “España”), parece escrito para nuestra cada vez más infausta realidad. El autor de Vivir es fácil con los ojos cerrados, dice: “Confieso que cuando escucho hablar a algún político (mexicano) sobre cultura me echo a temblar. En primer lugar, porque usan las mayúsculas enfáticas, como si la cultura no tuviera lugar en el aula humilde de un colegio rural o sobre el hule de la mesa donde una abuela le cuenta a su nieta cómo conoció al marido. Tengo la sensación de que ellos asocian en demasiadas ocasiones la cultura con el ladrillo. Presentan un proyecto cultural y en realidad están presentando un plan de obras, donde alguna constructora se va a llevar una cifra obscena del gasto global. Así (México) está lleno de centros vacuos, de locales polivalentes que no valen para nada, de infraestructuras infrautilizadas y mausoleos de la cultura, que es donde la cultura va a morir por aburrimiento. Por suerte, el empuje personal, la pasión y las vocaciones, que siguen aflorando sin temor al naufragio, salvan cada año la papeleta, la dignidad de la cultura en el país del desprecio”.

Centros culturales inmensos en vez de bibliotecas de barrio, obras espectaculares no para promover la cultura sino para lucirse y lucrar en su nombre, como lo hacen quienes llenan el país de esculturas horrendas sin ninguna consulta sobre la utilización del espacio público.

Y sin embargo, como dice Trueba, con tantas cosas en contra prosperan vocaciones como las de los mediadores de lectura; en todo el país, en las salas de sus casas, bajo los árboles o toldos agujerados, en panteones, en carretillas convertidas en librerías ambulantes, con apoyo o sin él, ellos fomentan el amor por los libros, por el conocimientos, por las fantasías de tantos autores, sin necesidad de reflectores ni de grandes titulares en la prensa. Eso, sin duda, reconcilia al humilde monje con la vida.

Queridos cinco lectores, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.