Un profeta en la Mixteca oaxaqueña

En el ritual indígena de La Danza de los Diablos aparece con máscara y un atuendo caricaturesco; es parte de una tradición popular, la del tallado de figuras de madera, preservada por el artesano ...
El artesano Alejandro Vera.
El artesano Alejandro Vera. (Héctor Téllez)

Ciudad de México

Si los musulmanes vieran cómo se representa al profeta Mahoma en la tradicional Danza de Los Diablos, en Santiago Juxtlahuaca, Oaxaca, “ya nos hubiera caído una bomba atómica”, dice el escultor mixteco Alejandro Vera Guzmán.

Alejandro vive de la representación que se hace del profeta islámico durante las fiestas patronales de julio, que celebran a Santiago Apóstol, cuando los moros son derrotados por los cristianos. En uno de sus diálogos más poéticos, el moro Celín describe ese momento, que para el pueblo mixteco es una burla: “Mahoma, ¿dónde te has metido, cómo me has desamparado? La vida se me acaba y la espada me han quitado… yo tu ley no he de dejar, aunque me llevaran los diablos”.

La representación de este Mahoma lleva con una máscara negra con pelos de chivo en las cejas y con bigote y barba muy pronunciado; se trata de un personaje bufo, una caricatura que se hace del profeta en la Sierra Mixteca. Alejandro es uno de los escultores que fabrica tanto la máscara de Mahoma como las de los diablos que acaban con el Islam, como parte de la tradición oaxaqueña: “El diablo nosotros lo ocupamos para danzar y en el caso mío lo ocupo para comer, porque de ahí vivo”.

Sin embargo, esta representación estuvo a punto de perderse, pues hace más de 20 años La Danza de los Diablos se bailaba con máscaras de tela de luchadores, y solo los más viejos lo hacían con máscaras talladas en madera y pintadas a mano. Esta tradición de la Sierra Mixteca se extinguía, porque los escultores se estaban muriendo y no había artistas jóvenes que tallaran el tronco del sabino y copiaran las máscaras de los viejos grabadores. Para llevar a cabo el ritual, cada 25 de julio las máscaras deben distribuirse entre los danzantes, quienes también desempolvan sus trajes de chivarras (piel de chivo).

Desde 1992, cuando Alejandro Vera ganó el concurso Nacional de Artesanías “El encuentro de dos mundos”, se dedica a tallar y a coleccionar máscaras viejas para rescatar las técnicas y los materiales antiguos. Ahora es uno de los tres artistas que continúan con la tradición de las máscaras talladas, uno de los mayores atractivos en La Guelaguetza.

“Hago máscaras porque cuando era niño siempre me gustó bailar en las danzas de nuestros pueblos; nosotros entonces no teníamos la posibilidad de comprarnos una, porque antes era un lujo y no cualquiera la tenía. Entonces salíamos a bailar con máscaras de luchadores y el gusto era bailar. Pero siempre mi sueño fue tener mi máscara propia y para ello mi papá me platica que las empecé a hacer de cartón”.

Los diablos de Alejandro Vera lo han dado a conocer en México y el extranjero, además de otras máscaras de madera que se usan para danzas como la de Los Rubios, Los Chilolos y El Macho. De los diablos contabiliza más de cinco mil, pero de sus manos también aparecen santos. El año pasado concursó con artesanos oaxaqueños para tallar un Nacimiento navideño que se enviaría al Museo del Vaticano; lo ganó, y su obra fue vista por cerca de tres millones de personas, entre ellas el papa Francisco.

“Cuando me dijeron que iba a hacer yo el Nacimiento, los del Vaticano tenían un lineamiento: tenía que ser un Nacimiento de tipo europeo, muy apegado al tradicional que se conoce; pero a finales de agosto vinieron autoridades del estado y me dijeron que decía el gobernador (Gabino Cué) que se tenía que hacer un Nacimiento oaxaqueño y no lo teníamos que hacer europeo. ‘Los artesanos tienen que hacer lo que saben hacer’, me dijeron; entonces lo que hice en ese momento fue comenzar a copiar a toda la gente del pueblo, a los niños, a unos bigotones, y a copiar lo que somos los mixtecos y la gente de Juxtlahuaca”.

El pasado 10 de diciembre, Alejandro viajó al Vaticano y conoció personalmente al papa Francisco en la Plaza de San Pedro a propuesta del propio Pontífice, ya que al ver el Nacimiento quedó muy satisfecho por las facciones “tan expresivas” de los personajes y quiso conocer al maestro mixteco; el encuentro duró algunos minutos, pero Alejandro sintió que todo el trabajo de los artesanos oaxaqueños fue bendecido.

“Estaba muy nervioso, incluso ni le besé la mano al Papa. Lo que pasa es que en el momento que lo vi me quedé impactado, porque estás con la persona posiblemente más conocida o más famosa del mundo, así que me quedé impactado y me saludó con mucha fuerza. Entonces me felicita... Yo llevaba un Cristo en madera natural y cuando se lo entregué lo besó y sentí que había bendecido a todos los que trabajamos en esto”.

El nacimiento de 11 piezas y un metro con 20 centímetros de altura, llamado La Guelaguetza, fue trabajado en su taller de solo seis metros cuadrados y en compañía de su familia que aprende de él y lo apoya en su oficio: su esposa Blanca es la que le da los acabados finales a los trabajos y la que pinta algunos detalles; sus hijos Blanca y Alejandro son los encargados de lijar la madera y aprender el oficio para que continúen con la tradición.

Una máscara comienza con un pedazo de madera que al paso de los días, “unos cuatro”, comienza a tomar forma de diablo, Mahoma o de Rubio y que es pintada para darle los toques finales. Los trabajos de este escultor son únicos y tienen la característica de que son expresivos desde que se talla en la madera, es decir, las expresiones no solo se hacen con la pintura, sino desde el grabado de la madera.

Sus trabajos han estado en galerías de España, Alemania, Estados Unidos y ahora el Vaticano, pero Alejandro insiste en que su arte está en todos lados, “hasta en la basura”.

“Un día volteo a la basura y veo que hay algo, era una máscara mía que estaba rota y quemada, y en lugar de enojarme me dio gusto, porque Alejandro Vera está en todos lados, desde las galerías hasta el basurero municipal”.

Su familia vio el talento de Alejandro para tallar la madera desde muy joven, y su padre lo envió a estudiar a la Ciudad de México. Como cualquier persona ajena a la ciudad no sabía por dónde empezar, hasta que se inscribió en un taller de manualidades del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) con puros viejitos jubilados, pero debido a sus aptitudes, “el maestro me dijo que mi trabajo era para San Carlos, pero yo no sabía qué era eso”, hasta que investigó y se inscribió en el taller de la maestra Leticia Moreno Buenrostro que le enseñó a perfeccionar su técnica.

A raíz de su desarrollo ha ganado dos premios, en 1992 obtuvo el primer lugar en el concurso Nacional de Artesanías “El encuentro de Dos Mundos” y en 2009 obtuvo el tercer lugar en el Concurso Nacional Gran Premio de Arte Popular y Leyenda. Lo que le ha valido aparecer en el libro Los Grandes Maestros del Arte Popular de Oaxaca.

El escultor mixteco trabaja por inspiración y sin bocetos, y con una lista de espera que cubre trabajos hasta julio de este año. Sus máscaras cuestan de seis mil a 12 mil pesos. De hecho, le han propuesto hacer 100 máscaras al mes y volverse rico, pero él solo aspira a rescatar su tierra, sus tradiciones, los sonidos del Juxtlahuaca viejo y enseñar música a los niños de la región. “Lo máximo que hacemos a la semana son dos, una o incluso ninguna, porque a mí me gusta trabajar cuando tengo esa necesidad de expresarme, hay semanas que no tengo inspiración y no sale nada”.

“Hay personas que me encargaron 100 máscaras al mes, incluso me iban a empezar a mandar los adelantos, pero yo no soy máquina sino una persona que trabaja por gusto y no para llenarle la colección a alguien o por ser famoso. Si tú me quieres depositar lo de las 100 máscaras no hay problema, pero yo te voy a entregar dos por semana”.

A la fecha, sus máscaras y esculturas en madera no le terminan de convencer; su teoría es que cuando sienta placer por una de ellas y esté satisfecho “hasta ahí se acabo mi creatividad”. Asegura que trabaja por inspiración y cuando empieza una obra con una idea la termina con otra diferente, pensando que la próxima tendrá lo que desea, lo que hace que su trabajo y sus imágenes de diablo sean infinitas. “Por eso la imaginación no tiene límites y menos mis diablos, los diablos en los que creo”.



RECUADRO


Nació el 24 de enero de 1972. Escultor y músico tradicional. Desde mediados de los ochenta comenzó con el tallado de madera para hacer máscaras tradicionales. La primera que vendió fue en 1987 con un costo de 150 pesos. El valor actual de una de sus Máscaras es de 15 mil pesos. Las máscaras que vende son para coleccionistas y para los mismos danzantes de la sierra Mixteca. Estudió grabado en madera en la Academia de San Carlos de la Universidad Nacional Autónoma de México. En 1999, ganó el tercer lugar en el Concurso Nacional de Máscaras “Las caras de México”. Primer lugar en la rama de máscaras en el Concurso Nacional de Artesanías “El Encuentro de Dos Mundos 1992”, organizado por el Conaculta, INBA y Fonart. En 1997, obtuvo la nominación al premio nacional de Ciencias y Artes en el ámbito de las Artes y Tradiciones Populares. Sus exposiciones han sido montadas en el Antiguo Colegio de San Idelfonso y en países como Estados Unidos, Alemania y España. Desde 2012, fue incluido en el libro Grandes Maestros del Arte Popular de Oaxaca.