El arte de robar

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Dimitry E. Ribolovlev y su esposa Elena.
Dimitry E. Ribolovlev y su esposa Elena. (Valery Hache/AFP)

Ciudad de México

Durante años el cine y la literatura han dejado ver su debilidad por los ladrones de altos vuelos. Mientras más sofisticados mejor. Mundanos, elegantes, políglotas, aficionados a las buenas viandas y a los vinos caros aparecen a menudo en las letras y las imágenes poniendo en juego todos sus recursos para seducir a los ricachones ingenuos, pretenciosos y muy confiados. Muchos de estos personajes de ficción tienen su modelo en la vida real. Aunque a veces es al revés. Pero quienes los inspiran no siempre tienen una vida tan envidiable, mucho menos cuando las cosas les salen mal a partir de un encuentro inesperado que termina por llevarlos a la comisaría más cercana.

Yves Bouvier y Dmitry Evgenevich Rybolovlev parecen este tipo de personajes en momentos en que su vida está más bien complicada. Ruso de esos acaudalados que andan comprando cosas caras por el mundo, Rybolovlev amasó una fortuna considerable en el negocio de los fertilizantes y con la caída del viejo régimen soviético. Radicado en Montecarlo y con una formación de médico, posee a sus 48 una de las fortunas mayores de todo el mundo. El año pasado desfiló por los medios, que daban cuenta del final de su vida conyugal al lado de Elena, su esposa durante 23 años, después de siete años de jaloneos legales. Tras un divorcio que muchos consideran el más caro de la historia quedó obligado a entregarle a su ex prácticamente la mitad de su fortuna, más de tres mil millones de euros, y una pensión de un millón y medio al año, además de un buen número de muy exclusivas propiedades inmobiliarias y algunas obras de arte de la bien nutrida y valiosísima colección familiar.

En esas andaba Rybolovlev, feliz y furioso al mismo tiempo, cuando se topó en una fiestecita de fin de año con Sandy Heller, un reconocido experto en la compra y venta de obras de arte. Mientras charlaban, Heller le comentó sobre la venta de una pintura de Modigliani a un comprador con domicilio en Mónaco que había pagado sin chistar unos 75 millones de euros. Con Bouvier como intermediario, el ruso había comprado un Modigliani, pero le había costado unos 20 millones más. Pronto cambió sus sospechas por una certeza: Bouvier, que le había asesorado durante 10 años para adquirir las obras de su colección, le birló como si nada una millonada en una sola operación. Ni pensar en lo que se habría embolsado el distinguido comerciante en el curso de una década. Sin mucho averiguar, pudo establecer que Bouvier le había robado más de 60 millones en la reciente compra de un Da Vinci.

Indignado, Rybolovlev salió disparado rumbo a los tribunales y le echó encima a su asesor una pesada querella legal. Otros clientes ayudan en estos días a engrosar el expediente judicial de un personaje que parece de ficción, hasta ahora muy querido, respetado y admirado por las mayores fortunas del mundo, tan confiadas como ignorantes. Igualito que en las novelas y las películas.

*Profesor-investigador de la UAM-Iztapalapa