El arte imposible de José de la Colina

De libertades fantasmas o de la literatura como juego (Fondo de Cultura Económica, México, 2013) reúne varios textos espléndidos que José de la Colina.
De libertades fantasmas o de la literatura como juego (Fondo de Cultura Económica, México, 2013)
De libertades fantasmas o de la literatura como juego (Fondo de Cultura Económica, México, 2013) (Especial)

Ciudad de México

En un ensayo sobre José Alvarado, Gabriel Zaid escribió: “El artículo como obra de arte tiene una larga tradición en México. Manuel Gutiérrez Nájera, Alfonso Reyes, Salvador Novo, Octavio Paz, Jorge Ibargüengoitia, José de la Colina, José Emilio Pacheco, y muchos otros han publicado en los periódicos textos de lujo, como la cosa más natural del mundo”.

De libertades fantasmas o de la literatura como juego (Fondo de Cultura Económica, México, 2013) reúne varios de esos textos espléndidos que José de la Colina, con su prosa libre, “con mucha serpentina y muy rica en mirada laterales” —como anotó Alejandro Rossi en el prólogo de Libertades imaginarias, el antecedente y complemento del nuevo libro del escritor santanderino—, ha dado a conocer en diarios y revistas. En ellos están sus obsesiones y devociones: los fantasmas, el arte de Scherezada, las paradojas, las adivinanzas, las anécdotas; los nombres amados de Buñuel, Gómez de la Serna, Cervantes, y tantas otras cosas que no son sino celebración de la vida y la literatura. En una nota que lleva por título: “Al lector (si lo hay)”, De la Colina advierte que siempre deseó leer un libro que “fuese como una charla entre amigos y hablara de aquellos asuntos y aspectos literarios marginales o poco serios o generalmente considerados menores o de juego”. Como ese libro no existía, decidió hacerlo.

La conversación es un arte que José de la Colina ejerce a manos llenas, ya sea en sus libros y artículos o en las reuniones con sus amigos, en las tertulias de las que ha formado parte. Lo hace siempre con sabiduría y humor, una combinación casi imposible en un país como el nuestro, tan dado a la solemnidad y la pose.

De libertades fantasmas o de la literatura como juego es un libro ameno, ligero y profundo; divertido como una charla entre amigos, como una tertulia en la que se hacen confidencias y se cuentan chismes y se discute y se provocan risas que terminan en carcajadas.

El libro incluye una autoentrevista en la que De la Colina admite, con cierto pesar: “Soy uno de los escritores más cuantiosos de mi generación, solo que me vampirizó el periodismo”. Sin embargo, de las publicaciones periódicas han salido varios de sus libros, y éste —que no duda en considerar su favorito— incluye textos que aparecieron originalmente en diarios y revistas.

En esa conversación consigo mismo, De la Colina se revela como lo que es, un escritor en estado puro, como lo llamó Alejandro Rossi, un escritor infatigable y gozoso, que asume cada día su trabajo con renovada pasión: “A mí la cuartilla o la pantalla en blanco me desafía, pero no me asusta, y más bien me enamora”. Y de ese enamoramiento, de ese incesante placer de escribir surgen descubrimientos, anécdotas, confesiones, apostillas.

En su nuevo libro, De la Colina recuerda, por ejemplo, la ocasión cuando Luis Buñuel invitó a cenar a su casa a él, a su esposa María, a Octavio Paz y Marie Jo. Hablaron de los sueños y de cómo el cristianismo se opone a ellos, sobre todo porque son incontrolables. Buñuel, con su voz grave, recitó en latín un himno religioso que aprendió de joven. Traducido, el himno dice: “Aleja de nosotros los sueños/ y los nocturnos fantasmas;/ líbranos de nuestros enemigos,/ para que no manchen nuestros cuerpos”.

“Es Freud antes de Freud. Los fantasmas del deseo, la emisión involuntaria del semen durante el sueño, la polución nocturna…”, comentó Paz, entusiasmado, cuando Buñuel terminó de cantar. El mismo Buñuel que en otra ocasión dijo a De la Colina y a Tomás Pérez Turrent, que los sueños son el primer cine que inventó el hombre.

De libertades fantasmas es una inagotable caja de sorpresas. En él, De la Colina comenta uno de los libros menos apreciados de su venerado Cervantes: Los trabajos de Persiles y Sigismunda, historia Setentrional. Rememora la escena de la novela Si una noche de invierno un viajero, en la que Italo Calvino le hace un guiño y homenaje a Snoopy, el perrito creado por Charles Schultz que sueña con ser piloto y desea ser escritor. Aborda también el arte de la dedicatoria y el del íncipit, el origen de Pinocho, los libros fantasmas, que no han existido de manera física pero merodean en la mente de numerosos lectores, como el Necromicon o El acercamiento a Almotásim, imaginados por Lovecraft y Borges, respectivamente.

De la Colina muestra también, sin ambages, su devoción por Scherezada. Ella es —dice— “la doncella cuyo espíritu tiene mil y un años, tan solo armada de sus sueños y de su arte verbal, domina el fluir del tiempo, vence a la muerte y se erige en la protagonista señorial del cuento de cuentos. Las mil y una noches debiera titularse El libro de Scherezada”.

La erudición de José de la Colina es sorprendente. Se advierte en sus comentarios, en sus citas, en sus reflexiones, en cada juego que emprende en este libro entrañable, lo mismo cuando habla de Cri–Crí que cuando se mete a historiar la adivinanza, ese entretenimiento que hace cientos o miles de años se reservaba para los nobles y los sabios y decidía destinos y batallas. Por eso, para resolver los acertijos que preocupaban a los monarcas estaban los magos, los augures, los sabios. De libertades fantasmas es un libro que abisma e invita a cruzar todas las puertas y entrar al mundo inagotable de la literatura.